Para acabar de una vez con la cultura del miedo. Notas sobre NegraBlanca y otros empoderamientos post-15M

(texto escrito con Helena de Llanos y publicado en Horizontal)

 

Imaginemos una gran máquina de hacer cultura.

Imaginemos una máquina imparable de producir valor cultural, de abrir convocatorias, de celebrar eventos, inaugurar exposiciones, simposios, etc.

Imaginemos ahora un diminuto rincón de ese sistema: un ayuntamiento rural, con su nuevo centro cultural, que se terminó de construir justo en el año de la llamada “crisis”, el 2008. Pero ahora el flamante centro cultural está vacío. “No hay dinero”, claro. Bueno, habrá que hacer algo para llenarlo, así que se lanza una convocatoria “low cost”: se usará el centro como “residencia de artistas”. Básicamente se deja que los artistas vivan allí, y se les pide a cambio un par de frases sobre su trabajo, para ponerlas en el informe de actividades o en la web, es decir, en lo que antes se llamaba “el prospecto”. Ya en el ‘84, en los inicios de la solidificación de la actual máquina cultural española, Rafael Sánchez Ferlosio había escrito, indignado: “la única función real de los actos culturales es que hayan llegado a celebrarse, y el prospecto es su testimonio perdurable”.

Pero lo que pasa es que, en 2012, para algunos jóvenes tener un sitio donde dormir y donde poder concentrarse en un proyecto artístico es más que suficiente. Parados o precariamente empleados, becarios o estudiantes eternos, obligados a vivir al día ante la debacle de las expectativas laborales de toda una generación, se han encontrado valorando las cosas de otra manera. O, según lo resumió el slogan de la organización “Juventud sin futuro”, se han encontrado “sin casa, sin curro, sin pensión: SIN MIEDO”.

Y sí, la verdad es que probablemente era necesario vencer unos cuantos miedos para hacer lo que hicieron los jóvenes que obtuvieron la “residencia de artistas” en el Centro Negra, Espacio de investigación y creación contemporánea de la localidad de Blanca, Murcia, en 2012. Llegaron y pusieron unos carteles por todo el pueblo que decían: “¿Hacemos una peli? Si te apetece que hagamos una peli entre todos, ven al MUCAB el lunes 15 de octubre a las 7:30 y verás como hay mil formas de participar.” Cuando llegó el día, las personas que acudieron (mujeres y niños en su mayoría), se quedaron muy sorprendidas de que no se les dijera qué película había que hacer. “No, no, eso lo tenemos que decidir entre todos.” Tras un momento de perplejidad, fue como si se abriera una presa: “¡uy, será por historias!, con todo lo que hemos pasao”, decían las señoras mayores. Mientras, los niños y niñas ya estaban escribiendo y dibujando las suyas.

Así, artesanalmente, se empezó a tejer lo que acabaría siendo la película NegraBlanca. Salió lo que podía salir, lo que estaba allí, latente en las ganas de contar de quienes llegaron a Blanca y de quienes en el pueblo se animaron a hacer la película. Pero había que poder. Había que poner en marcha miles de sutiles inteligencias colectivas para hacer una película capaz de dar espacio a las historias de crímenes y de misterio que se les ocurrieron a los niños, a la memoria del trabajo manual, de la pobreza y la violencia que arrastraban las mujeres mayores, a los deseos de hacer cine comunitario que traían las jóvenes de la ciudad. Pero también al presente neoliberal de un pueblo de 6,000 habitantes al que, como a tantos otros, le acababa de explotar una gran burbuja de especulación económica en la cara. Un pueblo, por lo demás, que ofrecía a la película sus impresionantes paisajes de piedra y árboles frutales, los ecos de su pasado morisco, y la presencia de sus trabajadores migrantes marroquís, su pequeña parte vieja casi derruida y su, no uno, sino dos recién construidos centros culturales, su casi desaparecida y un día floreciente industria del esparto, y sus escasamente resueltos conflictos políticos añejos, sus fantasías colectivas eternamente latentes y sus desbordantes leyendas, historias, rumores, maledicencias, esperanzas, solidaridades, pálpitos y trucos de magia.

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No era nada fácil, y por eso digo yo que me parece que había que meterse unos cuantos miedos en el bolsillo para poder. Lo “normal” es que esas cosas no se hagan, que cada cual se quede en lo suyo: los artistas a su arte, y los demás, a admirarlo. Y cuando digo “yo”, digo un tipo que creció en un pueblo también de árboles frutales, bastante más al norte, que nunca pisó Blanca, pero que siguió el proyecto a distancia con mucha ilusión. Lo seguí con emoción, sí, desde otro remoto rincón de otra monstruosa máquina de producir valor cultural: la universidad privada norteamericana, que me ofrecía el empleo que no había podido encontrar en España. En ese rincón había coincidido con Helena de Llanos, la “artista residente” en el Centro Negra, que es quien empezó esta historia, y quien ahora más o menos acepta que la llamemos “detonante” o incluso “motor” del proceso. El 15M nos sorprendió a Helena y a mí en ese rincón norteamericano, y allí compartimos la carcajada en la cara del miedo que supusieron para muchas personas los movimientos globales de las plazas, desde el 2011 hasta hoy. Sin duda espoleada por la potencia del 15M –y también por su trabajo con el colectivo Cine Sin Autor–, Helena se inventó “¿Hacemos una peli?” y se marchó a Blanca en el 2012. Abrió una presa para después tirarse de cabeza al agua y bucear ahí un buen rato, sin salir apenas a coger aire.

Y no se trata de idealizar el coraje de Helena, igual que cuando hablamos de lo que ha podido y puede hacer la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH), por poner un ejemplo no tan lejano como pudiera parecer: no estamos idealizando el coraje de personas como Lucía Delgado y las otras 5 activistas que fueron “detonantes”  y “motores” de la primera PAH.

Se trata de contar cosas concretas. Procesos que arrinconan al miedo. Y de los muchos miedos que había que meterse en el bolsillo para acometer NegraBlanca, dos me parecen centrales. Primero, el miedo a ponerse en la posición del “artista”, o en general, de aquel que produce cultura. Segundo, el miedo a hacerlo junto a aquellos a quienes no se les reconoce legitimidad para ponerse en esa posición.

Son muchas décadas de “grandes intelectuales” y de “grandes nombres”, de las “plumas más brillantes”, de las “cabezas más lúcidas de este país”. Son muchas ediciones de suplementos culturales de El País, de ARCO, de los Goya. Y el miedo no es solo a no ser lo suficientemente “artista”, lo suficientemente “genio”, lo suficientemente “inteligente”. Casi a veces parece que el miedo es más aún al posible ridículo que acecha a quien se aleje de esas figuras e instituciones del valor cultural. El miedo a no estar de vuelta de todo, el miedo a resultar ingenuo, a resaltar entre la espesura del cinismo imperante. A no haber leído lo suficiente para poder hablar, a no saber tanto como “los que saben”, a no ser lo suficientemente sofisticado, a no estar al día de lo que pasa en el mundo y en sus capitales culturales. El miedo a verse confundido con ese famoso monstruo llamado “la gente”: “es que la gente de este país es idiota”, “la gente lo que quiere es ganar dinero”, “la gente está abducida por la tele”, “la gente no lee”.

Qué, ¿te vas a un pueblo de Murcia a hacer una película con “la gente”?

En la película, hay un río, y una voz en off que dice:

“¿Cómo empezar una historia? / ¿hasta donde hace falta recordar? / La piedra nace con el mundo /El mundo ¿quién es? / El mundo es solamente una persona que va a terminar este mundo./ Hasta el fin del mundo. / Hasta el fin del mundo. /Un día moriremos no para dormir, /Sino para sacar la cuenta del pasado. /¿Cómo estamos en este mundo? /Una cuenta que nadie vivo puede sacar.”

Vemos las piedras, los frutales. Un posible origen geológico incontaminado es rápidamente desmentido por una precaria marca de pintura sobre la roca milenaria: alguien ha escrito “Blanca no vota”. La voz en off que recita esas frases es una voz extranjera al castellano. Eso, de alguna manera, no puede sino desmentir también cierta solemnidad inevitable. Pero además, antes ya, sobre el fondo del río, hemos oído muchas y plurales voces, acentos diferentes, registros léxicos claramente diversos hablando sobre la película. Ciudad y campo, jóvenes y viejas, educación formal o informal, escritura y oralidad. Todo ha resonado ya en esas palabras desde el principio, lo sabemos muy bien; nos hace falta muy poco para saberlo.

Porque en realidad, ¿quién no sabe que toda esa pantomima de “la cultura” es precisamente eso, un teatrillo? ¿Quién no sabe que si uno desvía la mirada de ese decorado orquestado por la gran máquina de fabricar eventos y productos culturales se va a encontrar no con un desierto, sino con una infinidad de materias vivas y en constante transformación? No es solo el pasado, las historias pendientes, sino todo lo que se está constantemente trabajando en lo cotidiano: una serie de historias y nociones que van constituyendo quiénes somos, qué es este pueblo de Blanca, dónde estuvieron y están sus límites, sus tesoros, sus potencias y sus agujeros negros. Si apartamos la vista del teatrillo de la cultura oficial nos encontramos con todo ese trabajo olvidado, que ahí está en marcha.

Hay un horno de leña, en la película, que conecta directamente por vía magia-cine con uno eléctrico. En un lado, el del pasado: las mujeres del pueblo hacen pan con sus manos, mientras cantan canciones populares, vestidas con ropas de otros tiempos. En el otro, el del presente: un panadero se va a jubilar y comenta con sus clientas la suerte que tiene por haber cotizado en la seguridad social, cosa que ellas no pudieron hacer cuando trabajaban haciendo esteras de esparto. “Haberlo exigido.” “Los jefes nos hubieran puesto en la calle.” “Ahora vuelven otra vez esos tiempos, que no van a cotizar por nadie.”

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Esas mujeres son un pilar fundamental sobre el que se asienta todo este otro trabajo, toda esta otra cultura, y podríamos decir toda esa otra especie de realidad paralela que conocemos muy bien, que está ahí delante de nuestras narices, pero tan devaluada que a veces parece que no existe. No cotiza. Pero ahí está: cuando Helena se presentó en Blanca, un grupo de mujeres al que en el pueblo llaman “las atrevidas” enseguida se apuntó al experimento, y la película fue posible en gran parte por ellas. Pero, ¿tan especial es Blanca? No quiero hacer sociología barata, pero sé muy bien que en todos los pueblos hay algo parecido a unas “atrevidas”, que en todos los pueblos hay mujeres que montan obras de teatro, que no dudan en empezar a hacer yoga a los 60 años, que traen comida y bebida a la plaza para hacer meriendas populares, que cantan en un coro y que, en fin, se apuntan a no quedarse en casa solas y a probar cosas nuevas juntas. Que se animan y se atreven. Por eso en Blanca las llaman “las atrevidas”.

Pero no son solo ellas. Si apartamos la vista de la televisión y del suplemento cultural, ¿qué pueblo (o qué barrio) no está lleno de gente que tiene “ganas de hacer cosas”, y de gente que las hace? Y para hacer esas cosas, hay historias, hay materiales que están ya allí, si los quieres usar. Se dice que desde el castillo de Blanca, “en tiempo de los moros”, se construyó una galería subterránea que lleva hasta el río. Se cuenta también que los moros tenían una máquina de hacer dinero escondida en alguna parte. En todos los pueblos hay también una o varias casas encantadas. En la de Blanca, si abres la puerta ves un asesinato que está sucediendo allí dentro eternamente, una y otra vez. Hay también un tipo que camina con un negro nubarrón sobre su cabeza, al que las lenguas maldicen y que habita los confines del pueblo. Porque los pueblos están llenos de habladurías y de maledicencias también, claro que sí. Y de heridas abiertas. Cuando los niños de Blanca empezaron a desarrollar sus historias de crímenes para la película, algunos adultos pensaron que estaban basadas en los crímenes reales que habían sucedido durante la guerra y el franquismo. ¿La realidad supera a la ficción? Más bien la realidad está construida con historias, y un pueblo, ¿no será al fin y al cabo las historias que es capaz de contar?

“¿Hacemos una peli?” potenció capacidades y cambió lo que Blanca cuenta de sí misma. Y por tanto lo que es. Dio a luz a una versión posible de Blanca: NegraBlanca. Hasta el siglo XII, Blanca se llamó Negra, por la peña Negra. Y es que otra de las cosas que descubres cuando dejas de mirar hacia las “grandes luminarias de nuestra cultura”, es que la cultura que no es ese teatrillo del prestigio. La cultura que se sostiene cotidianamente y no a base de “grandes eventos” o “grandes nombres” se hace con el cuerpo. Y que ese cuerpo no solo es blanco, ni “europeo”, ni de “clase media”. Ese cuerpo, además, necesita comer y ser cuidado para vivir, aquí y ahora, y por eso nada de esto es una especie de “folklore” que podamos arrinconar en el pasado.

Tampoco la memoria es solo la famosa “memoria histórica”, que tan afanosamente se ha dedicado a comercializar la inmensa máquina cultural. Se trata también una memoria del trabajo manual, de la subalternidad femenina, del hambre. “Como éramos ocho y no teníamos para harina, la cogíamos de la que tiraban a los marranos.” Una memoria bien presente y con efectos bien reales sobre el presente. Recreando el trabajo artesanal de esas estereras que fueron “las atrevidas” cuando eran jóvenes, nos topamos con las manos sangrantes de las estereras en activo (algunas de ellas visten un hiyab). Cuando la gente de Blanca traía ropa supuestamente antigua para las escenas ambientadas en el pasado remoto, la sorpresa es que muchas prendas eran en realidad solo de unas décadas atrás. El proceso que había puesto en marcha “la peli” había descabalado el tiempo. De pronto Blanca era mora otra vez, por sus calles corrían niños con chilaba, Blanca era republicana y franquista otra vez, Blanca era pre-capitalista otra vez, campesina, artesanal, comunitaria y caciquil y al mismo tiempo naufragaba en el maremoto neoliberal.

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Blanca había abandonado por un momento, gracias al experimento, el camino recto y teleológico de la Modernidad. La promesa del paraíso en la que se funda el capitalismo, que a su vez sostiene la cultura oficial, se había desvanecido por un momento. La máquina de hacer dinero y de producir prestigio cultural (y miedo) se había encallado. Como en el 15M, como en las plazas ocupadas, había hecho falta una cosa un poco rara (eso de quedarse a vivir en la plaza, eso de que hagan una peli los que no hacen pelis), para que el otro mundo que estaba allí latente apareciera, cobrara valor. Un mundo en el que cada cual trae lo que tiene, y entre todas se va construyendo la vida. En este mundo hacer una película es pasarse tardes ayudando a hacer los deberes a un “actor”, es que un peluquero se anime a ofrecer gratis unos peinados antiguos complicadísimos, es que personas que nunca pensaron que podrían estar en la misma habitación se hablen y tengan que tomar decisiones juntas, es procurarse alimento y cobijo colectivamente tanto como cámaras e iluminación, es que una mujer de pueblo a sus 70 años deje de pensar que no ha hecho nada en su vida, y diga que ahora se da cuenta de que ha hecho muchísimas cosas. Es una transvaloración. Algo parecido a esa “Spanish revolution” que nadie esperaba en 2011.

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Pero, finalmente, es más fácil hablar de Podemos. Es más fácil apresurarnos a hablar de las figuras emergentes de una nueva cultura. Hacer una lista de los nuevos políticos, de los nuevos intelectuales y de los nuevos artistas que van a ocupar el lugar de los que la crisis del 2008 se ha llevado por delante. Es más fácil constatar la emergencia de nuevos académicos, como Luis Moreno-Caballud, que se encarguen de convertir el 15M en un tema adecuado para la máquina de producción cultural. Los “nuevos nombres”. De ahí la duda que me asalta cuando me proponen publicar artículos como este, en los que nos arriesgamos a ser tragados por la máquina de miedo y de desprecio que es a menudo la cultura de los intelectuales y de los artistas. Y si me animo a hacerlo, es justamente porque me jode que, por lo menos cuando se habla del 15M, no aparezcan experimentos como NegraBlanca. Me animo porque pienso que si cuelo por aquí las historias de las que se animan, a lo mejor otros se animarán también.

Sin purismos, pero al mismo tiempo sin confundir las cosas. El 15M no es Podemos, y eso no significa que el 15M sea algo “puro”. Significa que hay cosas que sí se pueden conseguir sin representación en las instituciones políticas. Otras, fundamentales, vitales, no. Sin “máquinas electorales”, sin “grandes ideólogos”, sin campañas mediáticas se pueden poner en marcha procesos de empoderamiento colectivo que no, no son solo para jóvenes privilegiados de clase media. Lo hemos visto en la PAH. Procesos que sostienen vidas.

Sin necesidad de reproducir el exceso de autoridad individual que nos ha legado la cultura burguesa –y que el capitalismo explota–, sin necesidad de reproducir prácticas narcisistas, jerárquicas, patriarcales, tan enraizadas en las figuras del intelectual y el artista, se pueden poner en marcha procesos de experimentación con formas de vida: “cultura”. Negrablanca no está sola. Hay todas las dificultades y contradicciones que quieras, pero en los últimos años han surgido posibilidades para otras prácticas culturales, otros “empoderamientos” alrededor del 15M. Haré una lista rápida, corriendo así todavía más el riesgo de reducir a “nuevos nombres” estas prácticas, de convertirlas en mercancía empaquetada y lista para la máquina. Pero lo haré porque me llena de alegría la existencia de estas prácticas, y pienso que a otra gente le puede pasar igual si las lee aquí, y que a lo mejor, si no las conoce, va en su búsqueda.

Me llena de alegría que haya existido un colectivo musical como Orxata Sound System, que mezcla música tradicional valenciana con cumbia y dembow y que canta “omplim la vida de vida, un cos que vibra, juntes no tenim por!”. Igual que me llevé un alegrón cuando encontré el libro de relatos El sur, de Silvia Nanclares, en el que leí: “Todos fuimos adiestrados para servir y ser servidos por el capital. Para perpetrar convenientemente el fin de la Historia.” Me fascina ver como aún con todo en contra hay quien consigue estar a la altura de su tiempo; ser un grupo de música o ser una escritora y aún así ser a la vez otra cosa, no dejarse asfixiar por las expectativas de la figura del artista y del autor. Como María Salgado, la poeta que ha hecho vibrar el ruido del 15M como si fuera un mundo entero, capaz de hacernos existir por vía de un lenguaje lo suficientemente concreto y extraño. O el Niño de Elche, Le Parody, Pony Bravo y otras muchas que con la poesía y la música destrozan las barreras entre lo “popular” y lo “experimental”. Como otros proyectos que deliberadamente han trabajado para alterar las infraestructuras de la autoría y el prestigio narcisista: Fundación Robo en la música, o el propio Cine sin Autor en el audiovisual, o experimentos de relato oral colectivo como Somos CocaCola en Lucha. Y como otros colectivos experimentales, capaces de romper con la maldición pedagógica y la pasión por la desigualdad: Zemos98, el Seminario Euraca, la Escuela de Afuera

Y como otros muchos que seguro no conozco. Ojalá que este texto sirva entonces, por lo menos para cambiar eso: estoy en morenocaballud@yahoo.es, si me queréis contar algo que me alegre la vida.

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Luis abre este texto invitando a imaginar. Para cerrarlo extiendo la invitación hasta los recovecos de un valle encantado, el valle de Ricote. Uno de los pueblos que lo habita es Blanca, que junto con otros tres municipios da forma al último asentamiento morisco que permaneció en la península allá por inicios del siglo XVII. Blanca antes se llamaba Negra y aunque no se han encontrado documentos que atestigüen los motivos del cambio, quizás los caballeros de la Orden de Santiago, acérrimos defensores de la cruzada cristiana, tuvieron algo que ver. Ese sustrato morisco está más vivo de lo que parecería, está en los canales de irrigación que alimentan las huertas, llenas de albaricoques, melocotones y chatos en verano, de limones, naranjas y mandarinas en invierno. Está en los callejones de la zona vieja y está en el safaá, pan tradicional marroquí que venden recién hecho en la carnicería halal, a 50 céntimos de euro. Y está en Ammar, un hombre argelino de unos 45 años que vive en Blanca desde hace 15, al que conocí por pura casualidad.

Le explico por qué estoy en el pueblo, y le invito a que se una al proyecto y a que suba a La Negra cuando le apetezca. Ese fin de semana proyectamos una película (creo que era La aldea maldita, dirigida por Florián Rey en 1930, el mismo director que hizo una segunda versión más a gusto del régimen en 1942), y Ammar asistió. Recuerdo que no lo vi ni oí entrar; a mitad de la película me giro y lo veo en una esquina, lejos, apartado del resto, me dirijo a él con un gesto de la mano para que venga, pero responde con el brazo que no. Terminada la película, tampoco se acercó al pequeño grupo ni intervino en la conversación, pero al final, cuando las demás se fueron, se quedó un rato y estuvimos charlando. Así comienza su participación en el proyecto y una amistad que dura hasta hoy. Su condición de extranjero inmigrante y de persona sola en Blanca lo acercó más a nosotros, era de los pocos que se animaba a subir las cuestas que nos separaban del pueblo para llegar hasta La Negra, pero no asistía a las reuniones generales; decía que a la gente del pueblo no le gustaba. La primera vez que se animó a venir a una sesión de grupo, llegó un poco bebido, en parte para ser capaz de afrontar la situación. Al principio, algunas personas estaban algo incómodas con su presencia, poco a poco la cosa se normalizó. Un día una de “las atrevidas” consideró oportuno comentarme: “que digo Helena, que el moro, que por qué viene a las reuniones, que qué pinta él en la película.” “Pinta lo mismo que tú y que yo”, respondí, añadiendo algo vago sobre ser inmigrante, y seguimos adelante con el trabajo.

Ammar comenzó a participar desde su lugar discreto, cariñosamente respetuoso, habitando un perfil bajo que se transformaba en alto cuando bebía un poco. Siempre con ideas en la cabeza y dispuesto a echar una mano. A veces tomábamos unas cervezas al final del día, arriba en la montaña, y ahí Ammar se desplegaba en toda su potencia. A base de esos encuentros y de otros a plena luz del día, charlas por el río escuchando la música de su país por un pequeño altavoz que funcionaba con la batería de un Nokia de los antiguos, se fue creando un vínculo emocional importante. A menudo daba ideas para el guión, y si teníamos paciencia para escuchar su respuesta, su español es muy suyo, exponía delicadas apreciaciones que mejoraron la película. Casi nunca conseguía trabajar a cambio de dinero, siempre había algo en el aire pero no llegaba a concretarse, lo que permitió que pasara muchas horas en la oficina cinematográfica que teníamos en la montaña. Ammar tenía tiempo y ganas de hacer una película. Un día llegó con sus zapatos de cuero hechos a mano y su turbante; Irene Núfar seleccionó algunas ropas de Madrid, y así fue apareciendo el hombre que todo lo ve: un ser atemporal de origen árabe, que transita entre tiempos y espacios, que protege y facilita el camino de los distintos personajes por callejones moriscos, campos de limoneros y calles paridas por el desarrollismo franquista, entre sueños, soñando.

Durante la fase de montaje de la película, los últimos 2 meses aproximadamente, Ammar se sentaba junto a Miguel Ángel Rodríguez o junto a mí, o más atrás, un poco aparte, y miraba las pantallas, a veces comentaba algo o escribía en un papel, y así fue componiendo las palabras que harían de entrada y salida al mundo de NegraBlanca. Fuimos grabando su texto, matizando juntos y volviendo a grabar, así mientras nosotros hilábamos imágenes, él las devolvía (o resolvía) en palabras: un día moriremos no para dormir, sino para sacar la cuenta del pasado. ¿Cómo estamos en este mundo? Una cuenta que nadie vivo puede sacar.

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Efectivamente, NegraBlanca se fue elaborando como un pan o una alfombra de esparto, sin parar y con las manos, en un proceso que nos llevó nueve meses de cine-vida. No teníamos capital, solo unos pocos ahorros que nos gastamos en transporte, comida y discos duros, pero bien mirado, esto facilitaba inmensamente la gestión de presupuestos. Contábamos con la tecnología necesaria y nuestra energía, y podíamos permitirnos no cambiarla por dinero. Hablo yo, Helena, que se crió en ciudad capital, que poco conocía de la vida rural, y que llegó a Blanca sin apenas prejuicios sobre lo que podía encontrarse, o si acaso con prejuicios favorables, confundida por la cultura- espectáculo, escéptica ante las instituciones, curiosa y emocionada ante la idea de hacer una película con mucha gente, desde esa gente.

Hubo de todo, tomaduras de pelo por parte del ayuntamiento en la figura del alcalde-cacique, que constantemente me decía que sí, mirándome a los ojos. Hubo aprendizajes sobre un tipo de prestigio que articula las relaciones del pueblo con el poder local. Hubo enfados, malentendidos y cansancio, hubo un grupo de personas que por llamarse “artistas” y llegar al pueblo subvencionados por el Ministerio de Cultura acapararon los espacios destinados a la creación. Pero a la lucha por el control de los imaginarios se le escapa la gente que no para de hacer cultura. Se trata justo de eso. Para mí NegraBlanca constata que cuando hacemos cultura hacemos política, y si no que le pregunten a Sansi, en la película el leñador repudiado por las habladurías, que un día de rodaje, entre toma y toma, nos mira y dice: “Si fuéramos capaces de organizarnos y de ponernos de acuerdo para las cosas de la política igual que estamos haciendo aquí con la peli, anda que nos iría mejor a todos.”

Intercambio, interdependencia, escucha, experimento, relatos, conflicto, creatividad, historia, memoria, imaginación. Es precisamente la comunidad la que dota a “¿Hacemos una peli?” de la capacidad de existir. Nuestro método fue variando con el día y a día, trabajamos y nos relacionamos (nos cuidamos) en comunidad, lo cual tiene unos efectos, y pone en juego unos afectos, que son siempre políticos: la horizontalidad posibilita (¿hace que emerja?) una pedagogía del compartir y un entender el arte como motor-mecanismo de transformación social. Intentamos evitar la jerarquía tradicional todo lo posible, lo cual no implica que desaparezca la organización y la asignación de tareas, ni que esquivemos la realidad: es dificilísimo negociar y compartir el poder. Sin embargo, me resulta igual de evidente que la horizontalidad tiene repercusiones, algunas acaso inconscientes, en el modo en que nos pensamos y nos vivimos, afectando en formas insospechadas e imprevisibles a nuestra experiencia de lo real y a la vida de lo común.

Me cuesta fijar esta experiencia en palabras porque tiendo a pensar que el ejercicio se convertirá en una auto-palmadita en la espalda, una simplificación, una zona equívoca que evito a través del mero hacer, y de mostrar su resultado. El proceso de “¿Hacemos una peli?” puede seguirse en el blog que acompañó la andadura (hacemosunapeli.wordpress.com), y NegraBlanca puede verse online o descargarse (https://vimeo.com/112402824). ¡Buen viaje!

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La confluencia desde abajo ya ha ocurrido: el caso de Ahora Alto Aragón en Común

(artículo publicado en Rebelión)

No sé si habéis oído hablar de la confluencia que tuvo lugar en Huesca para las pasadas elecciones generales, Ahora Alto Aragón en Común (AAAeC). Probablemente no, y si me dejáis, me gustaría preguntarme por qué.

A 5 años del 15M, intento no dejar nunca de recordarme a mí mismo una de las sensaciones más potentes y sorprendentes que viví en ese momento. No es un cosa mía particular, la he contrastado en muchas conversaciones con personas que me dicen que también la sintieron. Fue la emoción de encontrar a tanta gente que de una forma u otra “estaba en lo mismo”, “pensaba igual”, “se juntaba”. ¿De dónde había salido toda aquella gente? ¿Dónde habían estado antes todas esas personas que aparecieron en las plazas, en las redes, en las calles, en las asambleas, en la simpatía generalizada que recibió el movimiento? ¿De dónde habían salido todos aquellas nuevas amigas y amigos?

De esa sorpresa nació una experiencia de confianza en la posibilidad de tener algo en común con la inmensidad de desconocidos que nos rodea. No sé para vosotras, pero para mi desde el 15M ya no es lo mismo pasear por la calle, ir a un parque público, entrar a comprar en el supermercado, tomarme una caña en un bar. Sé que puedo estar rodeado en ese mismo momento de gente que pasó por las plazas, que se emocionó o se indignó, o que por lo menos dijo “ya era hora de que esta juventud hiciera algo”. Más que nada, lo que no puedo ya dar por hecho es que la persona que está a mi lado clavándome el codo en el vagón de metro, la que me molesta con la radio demasiado fuerte, la que se cruza en mi camino haciéndome dar un traspiés, sea alguien con quien no puedo hablar o entenderme. Incluso, ¿por qué no?, un potencial compañero o compañera.

En mi asamblea del 15M (algo peculiar, por ser una de las que hicimos los emigrados en ciudades de todo el mundo, pero en realidad no tan diferente a las demás), había gente con la que a lo mejor nunca hubiera pensado que podría tener nada que ver. Gente a la que tal vez nunca hubiera mirado a la cara; esos “bultos” que van por la acera, esas sombras a veces casi hostiles en las que nos convierte la “prisa urbana” (eufemismo para evitar decir: “el capitalismo”). Y sin embargo, con esa gente compartí algunos de los momentos de complicidad más intensos de mi vida.

He hecho el esfuerzo de no olvidar esa sensación en estos cinco años, porque me parece que había allí una lección que necesitaba y sigo necesitando. No se trata de idealizar, ni de caer en el “buenismo”. Pero sí de una liberación: quitarse de encima ese prejuicio tan arraigado –en la izquierda, en el mundo de “la cultura”, en España- de pensar que “el común de los mortales” o es estúpido, o, cuando menos, es un ser esencialmente ajeno, algo de lo que uno necesita apartarse para existir. Esa idea de “la gente” como una especie de masa informe de la que hay que desconfiar. La idea de que uno no es “la gente”, de que de la gente se habla siempre en tercera persona. Creo que para muchas el 15M fue liberarse de ese prejuicio.

Sí, somos la gente.

Yo crecí en un pueblo de la provincia de Huesca, Fraga, en el que se habla catalán, pero toda mi familia es de Caspe, pueblo castellano-parlante de la provincia de Zaragoza. Ese cruce de lugares y lenguas, desde luego no contribuyó mucho a que me sintiera de algún sitio durante mi infancia y adolescencia. Si a eso le añades que me marché a los 18 años para vivir en Barcelona, luego Madrid y desde hace ya trece años en Estados Unidos, pues imagínate. Esa deslocalización, esa diáspora en la que andamos no sé ya si una generación o varias, no ayuda nada a ponerle cara y sacar de ese mito de lo informe a “la gente”. ¿La gente de dónde, si uno no consigue dejar de estar de paso?

Con el 15M, para mi sorpresa, volvió esa afinidad y esa identificación con “la gente”, y con ella volvió para mi también un lugar, Huesca, el lugar donde había crecido. Entre el caos de hiper-actividad y sobre-información del momento, me llegaban signos muy buenos de lo que pasaba en la provincia pirenaica, señales de un 15M oscense muy potente, de asambleas en los pueblos, de nuevos encuentros entre gente a la que le valió de mucho encontrarse, y de renovada energía para quienes no se habían conformado con la identificación del mundo real con el neoliberalismo.

Después, en el momento en que la energía del 15M empezó a canalizarse en gran parte hacia lo electoral, de nuevo era de allí de donde, con mayor sorpresa aún si cabe, llegaban las mejores noticias. En Huesca estaban consiguiendo eso que en principio parecía que iba a ser tan fácil pero que luego se volvió de pronto tan difícil: crear una herramienta electoral capaz de estar a la altura de las exigencias del 15M. La herramienta se llamó, y se llama Ahora Alto Aragón en Común (AAAeC), y ya otras compañeras y compañeros han contado con precisión su breve historia: aquí y aquí. Sí, se trata de una “confluencia desde abajo”, con primarias abiertas, con presencia importante de las redes ciudadanas del 15M, no manipulada por decisiones de partidos, y que encima logró acabar con el imperio del bipartidismo en una provincia de 3 diputados como es Huesca, presentándose en coalición con Podemos, pero con un cabeza de lista independiente.

Lo que yo quiero añadir es simplemente una pequeña reflexión sobre por qué quizás no hemos oído hablar más de este caso, que podría haber sido exhibido a diestro y siniestro como una pequeña pero significativa victoria. ¿No será que una vez más, volvemos a creer con tanta fe en la incapacidad de “la gente” que llegamos hasta a negar lo que tenemos delante de nuestros propios ojos? Esa famosa “confluencia desde abajo” de la que tanto se habla y que tan inalcanzable parece, ya sucedió. En las pasadas elecciones, en Huesca, una provincia, sí, pequeña. Pero, ¿más que un problema de tamaño no será que Huesca es un lugar demasiado apto para ser identificado con esa masa informe e insignificante que sería “la gente”, para ser identificado con esos bultos incapaces que supuestamente nos rodean? ¿No será que no vemos a Huesca y a AAAeC porque no queremos mirar a la cara de la gente, es decir, a nuestra propia cara?

A 5 años del 15M, mi agradecimiento a lxs compañerxs de AAAeC por recordarnos que sí es posible hacer las cosas desde abajo, también en el plano electoral, y que aunque la política institucional esté llena de compromisos eso no significa que nos tengamos que conformar con una política de “grandes líderes”, ni que tengamos que ponernos a hablar de repente como políticos profesionales, ni que pensemos que tenemos que “darle a la gente lo que quiere”, porque lo que quiere la gente lo decidimos entre todxs nosotrxs.

 

 

 

 

 

 

 

¿Podemos volver a emocionarnos?

Hace unas semanas, un Pablo Iglesias visiblemente cansado le decía en una entrevista al filósofo Santiago Alba Rico que Podemos había perdido cierta capacidad de emocionar, y les pedía a quienes habían mantenido la frescura que contribuyeran aportando nuevas historias. Alba Rico, a su vez, reconocía la dificultad de transmitir mensajes políticos adaptándose al lenguaje de los medios de masas: “tener que decirlo todo en 10 segundos”.

Se ha hablado mucho de la relación de los líderes de Podemos con los medios y no quiero entrar a valorar aquí sus estrategias. Parto del reconocimiento al trabajo de las compañeras y compañeros. Pero sí quiero contribuir a recuperar algunas historias que creo que pueden todavía emocionarnos, especialmente si nos damos la oportunidad de no contarlas en 10 segundos.

Pienso en varios momentos recientes en los que la Voz del Telediario iba por un lado, y las voces de los “cualquiera” iban por otro. El pásalo de los teléfonos móviles tras el 11-M, el clamor de los primeros días del 15-M -ausente en las portadas de los periódicos-, los últimos momentos de la campaña municipal, particularmente el #EfectoCarmena que recorrió las calles y las redes de Madrid ocupando una frecuencia imperceptible para los dos o tres grupos mediáticos que gobiernan el estado (de opinión) español. Momentos en los que las calles y las redes dicen una cosa, y los medios de masas, otra.

Era esa misma mujer, Manuela Carmena, la que le espetaba en esos días a una periodista conservadora en pleno prime time: “no me hagas preguntas de sí o no, eso era en el catecismo”; la que una y otra vez se negaba a contestar a preguntas estúpidas y malintencionadas, poniendo en evidencia su estupidez y su mala intención, aunque le llevara más de 10 segundos. Y la votaron muchas madrileñas. Porque, como muy bien sabe Alba Rico (guionista de La Bola de Cristal), se puede hacer televisión sin necesidad de actuar como si la gente fuera idiota. Algo así le oí decir a Santiago Auserón en el mitin de cierre de campaña de Barcelona en Comú: “estamos hartos de que nos traten como si fuéramos tontos”. Se puede, entonces, como hizo Ada Colau en Madrid, acabar otro mitin crucial con una cita oculta al filósofo Spinoza: “¡Contra las pasiones tristes, contra el aburrimiento, y con muchísima alegría, afirmando la vida y nuestros cuerpos por delante de todo!”

Es la otra pata del “no nos representan”: no sólo los políticos, también eran los grandes medios, los tertulianos, los opinadores, los expertos, los que no nos representan. Todo ese entramado mediático-cultural que se sustenta sobre la idea de que la gente somos idiotas. Sobre la idea de que la inteligencia sólo es la de los saberes especializados, las de los tecnócratas, la que se puede traducir en dinero. Inteligencia patriarcal, individualista y productivista a la que el 15M opuso su inteligencia feminista, afectiva, colectiva y solidaria.

La historia que cuentan los medios es sencilla: cada uno va a lo suyo, los políticos engañan, la gente quiere su seguridad y bienestar personal. Los medios se dedican a difundir esa imagen mediocre y lamentable de la realidad. Sin embargo, ahí está la PAH, la Marea Blanca, la Marea Verde, la Marea Violeta, la Marea Granate, Gamonal, Can Vies, la marcha contra la violencia machista y tantas otras cosas. No es sólo “protesta”, no es sólo “indignación”, no es tampoco siquiera una cuestión de altruismo contra egoísmo. Son mundos en los que la gente perdemos el miedo a ser considerados idiotas, nos damos cuenta de nuestras capacidades cuando estamos juntas, de nuestra potencia colectiva. Son mundos en los que nos damos a nosotras mismas otra vida, más alegre, más inteligente. Nos comprometemos a ayudarnos, no porque seamos “muy buenas personas”, sino porque nos da asco la vida de aislamiento, desconfianza y miseria a la que nos condenan.

Me parece que a esos mundos es a dónde podemos ir para encontrar historias que vuelvan a emocionarnos. Conocí el otro día por casualidad a un chico turco: a los dos minutos pronuncié la palabra “Gezi” y ya era como si nos conociéramos de toda la vida. Los dos habíamos vivido lo mismo: un momento de ruptura en el que en un país que parecía condenado a confirmar la imagen miserable que sus políticos y sus medios proyectaban sobre él, se negó de pronto a hacerlo. “La sorpresa más grande fue descubrir de repente que había muchísima gente igual que yo, que pensaba lo mismo que yo”.

Una y otra vez, se nos reprochará que creemos que todo el mundo es como nosotros, que no sabemos ver más allá de la gente que tenemos a nuestro alrededor. Ombliguismo, wishful thinking, etc. Pero hemos visto multitudes salir a las calles a contradecir lo que las encuestas decían de ellas, lo que los telediarios decían de ellas, lo que la versión oficial de la realidad decía de ellas: que la gente es egoísta, que busca sólo su propio interés, que es incapaz de sostenerse sin un Estado que la organice.

Sabemos que aunque las plazas de 2011 no hayan durado, eso no borra su valor. Que las fuerzas de la versión oficial de la realidad hayan recuperado su pulso en momentos de bajada de marea como el actual, no borra el valor de las insurrecciones pequeñas y grandes que constantemente siguen teniendo lugar. Alguien me dijo una vez: “lo que pasa, no despasa”. Por el camino, otro imaginario, otra sensibilidad se va fraguando. “Otra idea de la vida, que consiste, por ejemplo, en compartir antes que en economizar, en conversar antes que en no decir palabra, en luchar antes que en sufrir, en celebrar nuestras victorias, antes que en defenderse de ellas, en entrar en contacto antes que en ser reservado”. Sabemos ahora que tenemos muchas amigas y amigos por el mundo, muchos a los que todavía no conocemos.

Y a lo mejor nos resulta difícil emocionarnos cuando quien marca los términos y el lenguaje es el aparato depresivo-informativo y su política de “los mejores”. Pero quizás lo que sí podemos es, como los zapatistas, hacer una especie de “otra campaña”. Como la PAH, plantear las cosas en nuestros propios términos: “¡Sin #Las5delaPAH, yo no os voto!” Una campaña paralela, una campaña no tanto por un partido, sino por el entusiasmo, una especie de #OccupyPodemos resucitado, una campaña que vampirice lo electoral para segregar la alegría que nos hace fuertes. Como la Marea Granate de los emigrados, que hace su propia campaña, que reclama los #DosMillonesdeVotos que otra vez nos van a robar en estas elecciones. Como la pequeña campaña, a pie de calle, de Ahora Alto-Aragón en Común/Podemos, que ha conseguido en Huesca la generosidad que ha faltado a nivel estatal para lograr la famosa confluencia. Como la campaña que hacen cada día miles de amigos tuyos, a los que a lo mejor no conoces, para que la vida deje de apestar a miedo, a desconfianza, a miseria y aislamiento. Otra campaña.

Una que a lo mejor nos llena de tanta potencia y alegría, que hasta logramos, entre otras cosas, volver a entusiasmarnos con Podemos y votar.

Turkey

 

Un día en la revolución democrática

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La mañana: el niño medio dormido me mira a los ojos mientras inclina la cucharilla para dejar caer deliberadamente el yogur sobre su camiseta, la mesa y el suelo. ¿Habéis oído hablar del ‘estrés del bebé’? A veces los bebes lloran sin ningún motivo aparente, y se dice que tienen ‘estrés’: que están experimentando más novedad de la que su cerebro puede procesar, y que eso genera estrés. Pero, ¿no hay también a veces una especie de llorar porque sí, sin más? Después, cuando ya no son bebés, los niños parece que tienen momentos en los que necesitan hacer lo que saben que va a molestar a los adultos. Para ver qué pasa, probar ese camino, hacer que estalle el enfado, masticar el conflicto. ¿Cómo no explorar también esa zona? ¿cómo no tirarse la comida por encima?

Entro en la guardería y 21 niños con bata me miran y me rodean exigiendo mi atención, como los internos de un manicomio. “A veces los niños tienen reacciones que no podemos entender”. Está también esa especie de efecto bola de nieve, la rabieta, que va creciendo como por retroalimentación: cuanto más llora más se asusta de su propio estado, y más llora aún. Todo esto es demasiado. Cuando ya le has cambiado cuatro veces de camiseta y tienes que lavar otra a mano y no llegas al trabajo de mierda en el que te espera tu jefe para echarte la bronca. Cuando tienes que “escolarizar” a cientos de miles de niños, y las aulas están abarrotadas. “Hasta ahora lo importante es que jueguen, pero a los tres años hay que prepararles ya para la escuela de los mayores”. En España se exige que los niños de tres años ya no lleven pañal en la escuela. Circula una leyenda negra entre las mamás y los papás: “que en algunos sitios se niegan a cambiarles si se hacen pis o caca, y que te llaman por teléfono para que vayas a cambiarle tú”.

Salir corriendo del trabajo de mierda para ir a la escuela a limpiar la caca. La calle, tragando tubo de escape, está presidida por los emblemas de nuestra democracia: anuncios con mujeres semi-desnudas, turistas con un billete de 50 euros en la mano y hombres de traje que entran en coches, oficinas, restaurantes e instituciones oficiales. Recuerdo el miedo muy bien, si me esfuerzo lo puedo sentir todavía en el estómago: el año que viene vas a ir ya a cuarto, vas a tener que hacer exámenes y deberes, os van a cambiar al edificio de los mayores, vas a ser el único que no ha hecho la comunión, no te van a poner en el equipo titular, el entrenador no se va a querer arriesgar a perder el partido por sacarte, ni siquiera en los últimos cinco minutos. Vas a suspender matemáticas, no vas a sacar suficiente nota en selectividad, esa carrera no tiene salidas, llevas tres años en la universidad y todavía no te conoce ningún profesor, así nunca vas a conseguir una beca doctoral. No has rellenado los impresos, no has completado los trámites, no has sido seleccionado, lo siento, no te han llamado para el trabajo.

El niño que huele a caca espera en la esquina a ser modernizado y equiparado con el resto de países desarrollados, su cara toda hecha mocos y lágrimas, casi irreconocible, desfigurada de tanto llorar. Por la ventana se oyen voces acaloradas de la televisión que algún vecino tiene puesta como música de fondo: “¡pues ahora tienen que gobernar, eh!, ¡ahora ya se ha acabado la historia esta de ir dando lecciones de ética, a ver ahora si son tan listos o son más casta de lo que ellos mismos se creen…!”.

En el parque, mi hijo no puede jugar solo en el balancín. Espera en el suelo pacientemente, a que alguien quiera subirse al otro extremo, para compartir subidas y bajadas. Cuando me quiero dar cuenta, ya hay una niña subida, y el juego ha empezado. Su abuelo se acerca a pegar la hebra conmigo: “desde luego es una vergüenza lo que hace el Ayuntamiento con esta plazas”, y señala al enorme escenario que están montando un centenar de hombres. Por un rato charlamos desde cierta camaradería entre desconocidos, casi incluso desde la ternura que nos inspiran esos pequeños a los que cuidamos. Pero no puedo evitar sugerir que a lo mejor ahora las cosas se van a poder cambiar, señalando a la plaza, y poco a poco sus gestos se empiezan a crispar; parece mirar a su alrededor como buscando una salida. La encuentra en la agresión: habla de gente que “recibe dinero de países extranjeros”, “que va desnuda por ahí y quiere quemar iglesias”. Intento mirarle a los ojos, pero ya no se deja. Me doy cuenta de que estamos reproduciendo una especie de teatrillo televisivo ante los niños, que se han quedado parados mirándonos, en equilibrio. Sin entender, pero entendiendo todo muy bien al mismo tiempo. Me alejo un rato, pero vuelvo después, no quiero dejar las cosas así: “mire, yo soy uno de esos de los que habla usted, ¿de verdad piensa que yo no voy de buena fe?”. Supongo que por pudor, me dice que no, que no piensa eso. “A lo mejor tenéis buenas intenciones, pero no vais a poder cambiar nada”.

Camino en busca de otro parque, pero son escasos en la zona centro. A cambio, a los jóvenes que podemos permitirnos vivir aquí, se nos concede el título de emprendedores. Andamos en busca de atención. Fabricamos contenidos que atraen la atención y los clics, y permiten subir los precios de las cosas y de las casas. Pienso en este texto que voy a escribir luego. Cómo hacer para que no se convierta en otra marca compitiendo por las miradas, para que pueda permitirnos un respiro. Se dice a los niños: “qué grande estás”. A las niñas: “que guapa te has puesto”. Y los que intentamos escribir: “qué bien escribes”. El texto publicado y la pila de platos sin fregar, al final mi compañera lavará los pantalones del niño a mano porque ella lo sabe hacer mejor, claro. Así perdemos menos tiempo en este año de la revolución democrática. Tic, tac.

Pero, ¿sabéis?, alguien de Podemos me dijo un día: “siempre va a haber una forma de fracaso, pero hay formas de fracaso que son aceptables y otras que no”. ¿Sería posible una política sin idealización, para que sea también una política sin decepción? Yo sé que mucha gente no tiene tiempo ni fuerzas ni ánimos para limpiar pacientemente el yogur de la camiseta de sus hijos por octava vez. O para dejar llorar a sus niños, acompañándoles, sin miedo a la rabieta, sin cortarles el llanto con distracciones. Tengo el privilegio de poder hacer esas cosas, casi siempre. Y tengo además algo de tiempo para pararme y escribir sobre todo esto, ahora por la noche.

Cuando era pequeño, en mi pueblo había un bar diferente, se llamaba el “Primer Paso”. Yo fui un niño triste, el peso de la realidad se me caía encima y hasta la adolescencia no tenía casi herramientas para hacerle frente. Pero me acuerdo vagamente de que la existencia de aquel bar, de “hippies”, de “gente rara”, brutalmente diferente al resto del pueblo, me consolaba. No todo era lo mismo. Mucho más tarde iba a conocer a alguna de la gente que salía y entraba de ese y otros bares similares, de algunos con las caras quemadas por el sol que trabajaban cogiendo fruta por los pueblos, iba a saber de gentes que montaban una granja-escuela, de otros que tenían un grupo de música y no trabajaban, de algunas que se iban a estudiar a la ciudad y vivían en la calle durante una temporada, de otros que se alcoholizaban y de muchos que “habían terminado muy mal”. Iba a entender incluso que mi incomodidad con la realidad se debía sobre todo a que mis propios padres venían de ese mundo que no era lo mismo, que habían hecho el camino inverso al que yo haría: de la ciudad en la que intentaron vivir de otra manera al pueblo en el que yo quedaría sepultado por una montaña de normalidad de mierda.

Medio mareado por el sol del centro de esta ciudad sin parques -un coche pasa y me roza el codo con el retrovisor. No hay aceras. Corremos hacia la próxima oposición, el próximo examen, la próxima entrevista de trabajo, la próxima venta, la próxima pelea con nuestro jefe, la próxima bronca con nuestras familias, las próximas elecciones, el próximo cabreo con el niño: “¡ya está bien, joder!”. Y ahora, cuando debería caer la tarde pero no lo hace porque aquí el sol no se acaba hasta las 10 de la noche, corremos todos también en pos de nuestros grupitos y grupúsculos para comentar la jugada, para hablar de los otros y decir de ellos lo que nunca les diríamos a la cara. La Mala Hostia.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo nos hemos dejado estafar tanto, tanto, o cómo nos hemos estafado tanto a nosotros mismos? ¿Que la vida era esto?

Pero a veces nos desviamos, todavía. El carrito del niño rueda por la avenida hacia una plaza o un parque en la que de repente se atisba algo que no son terrazas para los turistas y los locales, algo tan sencillo como un grupo de gente sentada en el suelo, en círculo. Mujeres con el pelo blanco, que llevan más de 20 años dando clase en un cole, veteranas de la Marea Verde. Argentinos psicoanalistas, activistas con perilla de barrio, jóvenes antropólogas en paro, madres jóvenes con su bebé sobre la cadera, señores con barba, chavales con pendientes, los que están con la cara pegada a la pantalla y otras que no paran de tomar notas en cuaderno. Un poco de espacio para respirar, un sitio al que no se va para estar con los tuyos, sino para mezclarte, un lugar donde no estamos para quejarnos, sino para escucharnos.

Nuestra revolución es muy, muy contenida. Muy distinta a aquellas estridencias del “Primer Paso”. Por eso yo no me atrevo a decir casi nada. Hablaría sí, de la existencia de esas plazas en las que mi compañera y yo sabemos que a nuestro hijo no se le va a echar encima una tonelada de imposibilidad y normalidad. Mirar a la maestra de la guardería a los ojos y encontrar un atisbo de algo que no sea puro agotamiento y derrota. No sé cuantos concejales o diputados hacen falta para eso. Foros de participación que ya están aquí. No estaría mal tener también maneras un poco más delicadas de ilusionarnos, canciones que podamos cantar sin que se nos atragante el llanto, formas de reconocer el deseo de otra vida en medio de esta putrefacción de títulos, progresos, modernizaciones y noticias del día. No estaría mal tener 10 canales de televisión emitiendo las 24 horas día programas que fueran nuestra Bola de Cristal del siglo XXI. No estaría mal el delirio colectivo como contribución a la revolución democrática.

La canción de la noche. Cuando el niño duerme. No habrá redención, nada calmará su llanto a las cuatro de la mañana. Pero lo cantaremos mejor si tú me ayudas.

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Imágenes de Begonia Santa-Cecilia

Carta de amor a Madrid, ahora

No tengo palabras para tanto amor. Amor del dulce pero también del amargo, del que madura con desencuentros. Madrid, mayo de 2015. Imaginemos que un grupo de neoyorquinas y neoyorquinos aterriza en medio de una ciudad en la que una bola corre por las calles, haciéndose cada vez más grande. Una bola de nieve, un rumor, un runrún. Las neoyorquinas caminan por esa cuesta abajo acompañando la bola hacia las grandes avenidas, pero derivan también por otros pasajes y pasadizos, donde se oyen otras palabras de amor.

Las neoyorquinas han oído hablar de un Madrid del abrazo, del Madrid de la Marea Blanca, del Madrid de Acampadasol, del Madrid del Patio Maravillas. Quieren aprender y escuchar esas palabras. Y para hablar de amor hay que hablar de cómo se aguantan o se queman los cuerpos, y para entender cómo se sostienen las vidas hoy hay que hablar de dinero. Hablar de dinero para que no todo pase por el dinero, para que podamos construir ciudades en las que se pueda sostener y dar valor a la vida sin que el dinero nos mande. “Hablamos una vez al año de dinero”, nos dice la gente del Patio. En Occupy Wall Street, que es lo más parecido al 15M de nuestros neoyorquinos, se aceptaron casi un millón de dólares en donaciones y se competía todo los días por ese dinero. En Acampadasol se aceptaron 0 euros. Tenemos, entonces, que hablar de dinero: esa cosa que sólo da valor a cambio de ponernos a competir contra otros y contra nosotros mismos.

Pero tenemos que hablar de dinero también justamente para que nadie se crea la gran mentira de que el dinero es lo que sostiene al mundo. Queremos escuchar al Madrid de Territorio Doméstico, queremos escuchar a estas mujeres migrantes que se reúnen en Lavapiés, trabajadoras domésticas que dicen “nadie habla por nosotras”. “Estar en el colectivo te empodera, pero también tiene costos. A mi, me echaron del trabajo. Y estoy subsistiendo gracias a esta red”. Nosotrxs queremos escuchar a este Madrid de redes de subsistencia, el Madrid que le ha conseguido ese pedazo de local a Traficantes de Sueños y al Madrid de las mujeres que dicen “la lucha, con alegría”.

Mujeres que están trabajando día a día para que los desencuentros se conviertan en amores, porque para llegar de la ciudad del encuentro a la ciudad del abrazo hay que pasar por la ciudad del dolor. La ciudad de la PAH: “al principio llorábamos tanto en la asamblea, que salíamos destrozadas”. Ahora, Abu está a punto de conseguir la condonación de su deuda, pero aparecen nuevos problemas que ponen a trabajar al límite la inteligencia colectiva de la asamblea de los lunes. Abu baja la cabeza, “no va a ser fácil”, dice. Las mujeres, esas mujeres que están ahí cada lunes y cuyos nombres no se van a llevar el mérito, responden contundentes: “nadie dijo que fuera fácil, pero lo vamos a hacer juntas, en colectivo, no estás solo”. La mano se posa sobre el hombro levemente, sólo lo justo.

Con ese mismo pudor hablaba otra de esas mujeres, de la generación anterior, el otro día, antes de la manifestación. Con ese pudor, les dijo a las personas que la policía acababa de identificar por llevar una pancarta sin desplegar: “nos preocupéis que hay testigos, nosotras estábamos aquí y lo hemos visto todo, somos de la Solfónica”. “Sí, ya os conocemos, claro”. No hace falta darse los teléfonos ni los emails porque el 15M no ha terminado. Vamos juntas a Sol a escuchar cantar a esas mujeres otra vez “Madrid que bien resistes”, sin nostalgia, pero toda mi espina vertebral es emoción y veo llorar al chico de la camiseta roja que hace fotos a la multitud con las manos alzadas y esconde sus lágrimas detrás de la cámara. Y yo lloro ahora también de amor escribiendo, ¿sabéis?, porque esas mujeres que están cantando ahí en primera fila, y sosteniendo al mundo son también mis abuelas, mi madre, mi hermana, mis amigas, mis compañeras de lucha o experimento político (o como lo quieras llamar), y el amor de mi vida, que es también la madre de mi hijo.

Pero “si empezamos a llorar no acabamos nunca”. No se resiste 8 años con las puertas abiertas a cualquiera llorando, sino aprendiendo cómo sobrevivir a las peleas internas, a las diferencias políticas, a las contradicciones vitales, a las invasiones por parte de quiénes quieren sacar tajada, al desánimo y también a los desalojos, claro. Por eso en el Patio Maravillas tienen una pizarra donde está explicado su funcionamiento, que es un monumento a la inteligencia colectiva (echadle un ojo si pasáis por allí). Y cuando digo inteligencia hablo tanto de otras vísceras como del cerebro.

Vísceras parlantes, palabras de amor e inteligencia. Protocolos experimentales: imaginemos que en ese Madrid alguien llega a su Centro de Salud acompañado de otra persona. La relación entre ambas es difícil de entender. “¿Pero tú quien eres?”, le preguntan a la que no necesita ser atendida. ¿Un activista? ¿Una abogada? ¿Un representante? No, soy una vecina y estoy aquí para explicarte que si quieres atender a esta persona que no tiene tarjeta sanitaria, puedes hacerlo. Si quieres, puedes. “Yo no sé hacerlo”, “la ley no nos los permite”, “pero, ¿qué pasa si entonces vienen TODOS?”. ¿Todos? ¿quiénes? En realidad, es una buena pregunta: ¿qué pasa, cómo es la vida cuando una se abre a que le vengan “todos”, todos los encuentros y todos los posibles desencuentros en los que madura el abrazo? Las neoyorquinas escuchan atentamente a yo Sí Sanidad Universal, toman buena nota de lo que dicen estos otros activistas del acompañamiento. No subestimen a los americanos, ¿saben?, es tan fácil hacerlo: pero la verdad es que saben escuchar sin miedo a lo que no saben.

Van tomando buena nota. Vamos tomando buena nota, porque este chaval de un pueblo de Huesca que escribe lleva tanto tiempo fuera que ya no sabe ni de dónde es, pero caminamos juntas hacia las grandes avenidas, sin olvidar los pasadizos donde los abrazos duelen, porque a veces uno se clava los huesos del otro. Y nosotras, las americanas, nos encontramos con otras voces ahora, que tienen más eco, y de las que se han dicho ya muchas cosas en este año electoral. Pero detrás de esas voces asertivas, detrás de esos logotipos contundentes, están los cuerpos cansados, exprimidos al límite. Ir a comprar el pan sabiendo que ahora hay algo diferente, que formamos parte de algo que abre un horizonte para que no todo sea una mierda. Que Podemos. Que estamos pudiendo, aunque las “jornadas de 20 horas de trabajo, el sacrificio inmenso, no sea sostenible”, y aunque “si esto se convierte en un partido político como los demás, todos mis amigos se irán”.

Pero no hablemos del futuro. Aquí el ahora es Ahora Madrid. Una campaña electoral, por definición tiende a hablar del futuro. Pero es también un presente: “llegar hasta aquí ha sido un proceso muy duro, pero en la campaña está apareciendo una nueva confianza entre nosotros”. Podemos + Ganemos Madrid: hablando de abrazos que duelen. Pero que no dejan de ser abrazos.

No, no hablemos tanto del futuro ni del pasado, Ahora. Ya veremos el domingo, ya veremos qué pasa cuando llegue el dinero a las benditas Juntas de Buen Gobierno de los distritos de Madrid, y ojalá que éstas lleguen, ya veremos qué pasa cuando salgamos de este tren que nos lleva desde Madrid a las americanas a otra ciudad del abrazo y del dolor: Barcelona.

Yo solo quiero mirar a un lado y a otro, aquí y ahora, y observar a dos desconocidos: el señor que junto a mi, cierra los ojos escuchando en sus auriculares a Leonard Cohen, es decir, escuchando las canciones que me enseñaron lo que era la poesía. Y, al otro lado, a la mujer que da el pecho a su bebé de tres meses, y que ahora no dice nada. 7cd2d2f629be0d8f56f7b1c7dec08e9d6ed56e76100eb407dea3c7d950e9bfd1.JPG.620x0_q90_crop-scale

It’s about Changing Life. The Spanish ‘Democratic Revolution’ beyond Podemos

provisionart_03The Case of Spain

In a world shaken by growing inequality and recurrent economic meltdowns, the case of Spain has gained international attention as a paradigmatic example of the destructive consequences of neoliberal capitalism. At the same time, Spain has also stood out as a leading country in the construction of alternatives to a system based on widespread competition for financial and individual profit. Spain has a long tradition of Mediterranean sociability and political experimentation, which in the last years reappeared through a strong social movement against austerity and neoliberalism: the 15M or Indignados movement, which had a decisive influence on the emergence of the global “Occupy” wave in 2011. The transformative energy of 15M has been partly canalized towards new political parties and electoral platforms such as Podemos, Ahora Madrid, and Barcelona en Común, which stand serious chances of achieving institutional power. Perhaps, however, the spectacular rise to prominence of these platforms has reduced the visibility of the transformations that were already underway.

Two fundamental ways of organizing value (cultural and material) are in crisis in Spain: first, the power of so-called ‘experts’; second, neoliberalism as a way of life based on widespread competition.

Experts vs Anyone

There is a long tradition in every society that tends to establish a group of people ‘in the know,’ and another group ‘in the dark.’ In its ‘modern’ technocratic version it grants legitimacy only to those who participate in certain disciplines and institutions, which give them the title of ‘experts’. In recent years, the economic disaster in Spain has generated such a huge drop in the credibility of political institutions that it has begun to affect this hierarchical cultural system. This has driven many people supposedly ‘in the dark’ to trust in their own abilities to collaboratively construct the knowledge they need in any given situation, and effective answers to the problems that confront them.

One of the best examples of this is the Plataforma de Afectados por las Hipotecas, or PAH (People Affected by Mortgages Platform). It would be difficult to dispute that the PAH is one of the institutions most recognized for its legitimacy in Spanish society today. Its legitimacy has not been gained through the authority of ‘experts,’ but earned through the democratic processes of something we could call a ‘culture of anyone.’ The exceptional empowerment that the PAH inspires must be attributed, among other things, to its determined rejection of a ‘service’ model through which housing problems would be confronted with the aid of a series of legal experts, mediators, or activists being offered to an undifferentiated contingent of so-called ‘victims’ whose abilities and ways of knowing would not be relevant. On the contrary, the key to the PAH’s success – as noted by those who began it and maintain it day to day – is that everyone who is affected participates in the process of the struggle for all the cases, with everyone contributing his or her own kinds of knowledge and abilities, and themselves becoming advisers for other affected people.

This is not an isolated example. More and more since the occupied squares of 2011, we have seen these ‘cultures of anyone’ arising mostly around grassroots social movements and in collaborative spaces fostered by digital technology, but they are spreading to many other social milieus, including those traditionally reserved for institutional ‘culture’ and ‘politics.’ They tend to promote the idea that the people affected by or involved in a situation should be the ones to participate in changing it, but not from a perspective of ‘anything goes.’ Rather, they promote processes of empowerment and collaborative learning that allow the development of anyone’s abilities and knowledge base.

Neoliberalism as a way of life…

Through this creation of collaborative value, they also confront neoliberalism, which should be understood not only as a set of State or market policies, but also as a widespread way of life that pushes everyone into understanding and living our lives as if they were a competitive business company. As Dardot and Laval have explained, neoliberalism operates on many levels: “For more than thirty years, this rule of existence has dominated public policies, rules global economic relations, and remodeled subjectivity. The circumstances of this normative success have been described frequently, be they the political aspect (the conquest of power by neoliberal forces), the economic aspect (the rise of globalized financial capitalism), the social aspect (individualization of social relations at the expense of collective solidarities, with extreme polarization between rich and poor), or the subjective aspect (appearance of a new subject and development of new psychological pathologies)”.

…and how to get out of it?

This very omnipresence and monstrosity of neoliberalism has often been used to support the well-known argument of the ‘glass ceiling’ of social movements: movements would have reached the limit of their processing capacity, and it would be necessary to conquer political institutions to go further and stop the feet of the neoliberal attack. However, what the Latin American experience of ‘progressive governments’ (in Argentina, Ecuador, Bolivia, Brazil, etc) shows is that, in reality, it is unclear if it is possible for the State to depart from neoliberalism. The issue is extremely complex. But let me just ask this: is it not true that in some of the institutional platforms that have emerged in the Spanish state to curb neoliberalism there is a very important sensitivity towards the ‘politics from below’? This seems certainly true in Barcelona en Comú, which has worked hard to articulate itself with neighborhood movements—making its own the Zapatista motto of ‘caminar preguntando’— but also in Ahora Madrid and other municipalist platforms. Even with respect to Podemos, despite its drift toward a seemingly more statist populism and its flirtations with a technocratic discourse, I do not think one can say that the experience of collective intelligence and empowering of the 15M cycle is no longer relevant at all.

It is not so hard to imagine, perhaps, a ‘multilevel politics’ as the Argentinian Colectivo Situaciones says, or a network in which Podemos is just another node, and has to work with many other nodes of social movements and citizens, as Margarita Padilla proposes: a distribution of roles in which the takeover of the institutions would not involve an interruption of the creative possibilities opened by the movements to other ways of life, but rather its intensification. A non-‘state-centric’ politics, as has been proposed by Raquel Gutiérrez and Amador Fernández-Savater. Because, in the end, it’s about building ‘a good life’, about changing a way of life in which ‘experts’ and competition don’t have the last word, and perhaps that is something that State institutions cannot do on their own. As expressed by Débora Ávila and Marta Malo: ‘to break through the glass ceiling against which we often stumble, and to build the foundation for a good life, there are more ways than the electoral. Roads we travel and others that we must dare to make. Small realities, palpable, inhabited, to build an independent voice that can dialogue with institutions and demand they “govern by obeying”, but from a radical difference.’

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*The images come from Provisionart

*The text is an adaptation of extracts from a book that will be published and made available for free online in June 2015: Cultures of Anyone. Cultural Democratizations in the Spanish Neoliberal Crisis