¿Se está produciendo una democratización cultural en el estado español?

El ciclo de movilizaciones sociales (15-M, PAH, mareas) que se vienen produciendo en los últimos años en relación con la gestión de la llamada “crisis económica” por los poderes políticos y financieros no puede entenderse sólo como una protesta contra estos poderes. Junto a la protesta y la denuncia se han generado toda una serie de procesos colectivos propositivos que podemos llamar “culturales”, entendiendo cultura en su sentido amplio de circulación de significados y formas de vida compartidos.

Para pensar esos procesos culturales resulta útil recordar los inicios del mencionado ciclo de movilizaciones. La defensa de la “libertad en Internet” en la lucha contra la “Ley Sinde” constituyó, como ha sido ya suficientemente probado y estudiado, un factor clave en la posterior irrupción del movimiento 15-M. Pero lo importante es que las campañas de rechazo a la Ley Sinde intensificaron y combinaron dos realidades sociales capaces de generar una cultura emergente: por una parte, la desafección de gran parte de la población (en su mayoría joven) hacia las instituciones y, en general, hacia la oficialidad de una sociedad que, al abrazar el neoliberalismo salvaje, les condenaba a la precariedad. Por otra parte, la difusión de prácticas culturales colaborativas en Internet (la más visible fue el intercambio de archivos a través de sistemas P2P), y en general, la irrupción de Internet y la cultura digital como un espacio potencialmente ajeno a esa oficialidad.

Durante las protestas contra la Ley Sinde (después Ley Sinde-Wert), se genera por tanto el imaginario de un “ellos” y un “nosotros”, que tiene muchos nombres y versiones, y que corre siempre el riesgo de la simplificación, cuando no de la demagogia (“los autores contra los internautas”, “los políticos contra los ciudadanos”, “los corruptos contra la gente”, etc.). Pero, al mismo tiempo, este imaginario expresa también el choque entre dos formas de crear valor cultural que son muy reales y concretas. Por un lado, las culturas digitales, en tanto que utilizan arquitecturas descentralizadas, tienden a favorecer el reconocimiento de la interdependencia colectiva como clave de la creación cultural: la riqueza cultural se mantiene y se potencia colectivamente, porque todo aporte bebe de lo que otros han hecho y hacen. Por otro lado, las formas hegemónicas de creación de autoridad cultural en Occidente han tendido desde el siglo XVIII a poner el énfasis en el momento individual de la creación, difuminando la importancia de lo colectivo. Esto ha sido así, en parte gracias al poder de dos figuras centrales de autoridad cultural, en las que vale la pena detenerse un momento: el Autor y el Experto.

El Autor tal como lo conocemos se inventa en el siglo XVIII, cuando se comienza a estipular que alguien que realiza un trabajo intelectual debe ser propietario del resultado de ese trabajo. Esta idea chocaba con un principio básico de la Ilustración, según el cual las ideas, el saber, debía pertenecer a todos los seres humanos. Pero, de todas formas, la figura del Autor tuvo éxito y se impuso, apuntalada más tarde por la creencia en la originalidad expresiva que defiende el Romanticismo: aunque las ideas puedan ser de todos, la forma en que las expresamos debe ser personal y única. La figura del Experto, por su parte, se asienta sobre la creencia surgida también en el siglo XVIII en que la realidad se divide en una zona oscura que conocemos a través saberes deficientes (“primitivos” o “populares”) y una zona de certezas que la ciencia va iluminando poco a poco, y que la tecnología va convirtiendo en “productiva”. El Experto es aquel a quien su saber especializado tecno-científico le confiere autoridad ante el resto de la sociedad, más allá del área estricta de su especialidad.

Al poner el énfasis en el momento individual de la cultura, las figuras del Autor y el Experto promueven una comprensión del valor cultural como producto de una supuesta excepcionalidad individual que se demuestra en la competencia con otros individuos. Aunque excede por completo a las posibilidades de este texto el demostrarlo, quiero proponer que esa primacía de la creencia en la excepcionalidad individual competitiva es una de las claves de lo que algunos han llamado “Cultura de la Transición” (CT): ese establishment surgido a finales de los ‘70 y que en su despliegue combina los mitos de la intelectualidad liberal (Autores) con los del neoliberalismo empresarial (Expertos).

En este sentido, si se está produciendo una democratización cultural en paralelo a los ciclos de protesta contra las instituciones de la CT, ésta hay que ir a buscarla en aquellos procesos de reconocimiento de la interdependencia colectiva como fuente principal de riqueza social y cultural en la que cualquiera (y no sólo individuos excepcionales) participa de forma cotidiana. Estos procesos de reconocimiento de la interdependencia y del valor de cualquiera no son, por supuesto, fenómenos exclusivos de la cultura digital. Tienen una historia larga que serpentea entre las culturas tradicionales rurales, las culturas obreras, las contraculturas juveniles, las culturas de lo público e incluso la ética de un cristianismo solidario que vemos resurgir en estos años de la “crisis”. De todos esos caudales parece llegar algo a la inevitablemente precaria, fragmentaria y aún confusa democratización cultural que acompaña a movilizaciones como las del 15-M, la PAH y las mareas.

Probablemente el entorno amplio de las culturas digitales (incluyendo sus intersecciones con ámbitos no digitales pero afines a las lógicas descentralizadas de la Red) sigue siendo el ámbito donde la democratización cultural tiene posibilidades de calar más hondo en el tejido social, aún a riesgo de hacerlo a largo plazo y sin estar en primera línea de las movilizaciones. Por supuesto, esta democratización no será tal si no se va consolidando la sostenibilidad de las culturas digitales mediante modelos basados en redes de interdependencia igualitarias, y no en la acumulación individual de valor. Existen ya modelos como los que han construido con éxito las redes de software libre y la Wikipedia, y como los que se siguen ensayando en el entorno de la Cultura Libre mediante el uso de licencias copyleft, el trabajo distribuido, la creación de infraestructuras compartidas y las campañas de micro-financiación.

Estas iniciativas de democratización económica son tal vez especialmente vulnerables a la constante privatización del valor construido colectivamente que ejerce el neoliberalismo, debido a la ambigüedad de la Red, que permite tanto el compartir como la persecución antisocial del beneficio individual. Como contrapartida, la cultura digital es hoy probablemente la mayor fuente de experiencia, imaginario y deseo democrático, en el sentido de que es en ella donde se da con más fuerza, como dice la hacker Marga Padilla, “otra experiencia del mundo”; una “que nos educa en la cooperación con desconocidos y diferentes”. En este sentido, resulta quizás algo ocioso ignorar la capacidad de dar valor a la interdependencia colectiva que tiene la Red, enfocándose tan sólo en las dificultades de las culturas digitales para protegerse de la reaparición del individualismo.

Tratando de explorar estas cuestiones, estoy llevando a cabo una investigación sobre una ecología cultural emergente que combina la propensión al compartir de la llamada web 2.0 (siempre con su lado privatizador), con las prácticas abiertas de la Cultura Libre y a veces también con la politización emanada del 15-M. En ella habitan proyectos de ciberactivismo, periodismo, editoriales, blogs, y creación artística que se caracterizan por, de una forma u otra, promover una cultura cuyo valor pasa por el reconocimiento de la interdependencia y la apertura a cualquiera.

(Más en próximos posts…)

*Algunas referencias más:

Sol-personaje-John-Locke-Perdidos_EDIIMA20130508_0793_13

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