Podemos: la crisis de un modelo cultural autoritario

(artículo publicado en Diagonal)

AsambleaCiudadanaEn estos días se va a decidir el modelo organizativo de Podemos. Está en juego que este proyecto político se parezca poco o más bien casi nada a los partidos tradicionales. Las propuestas más aceptadas hasta el momento coinciden en defender un modelo fuertemente participativo, con una Asamblea abierta a todo el mundo que se celebraría presencialmente cada dos o tres años y que se mantendría activa permanentemente a través de las redes. Pero hay diferencias importantes. Algunas propuestas dan más poder a esa Asamblea, otras a los órganos que se encargarían de llevar a cabo sus decisiones. En este debate está en juego también algo que quizás es más difícil de ver a simple vista: cuál es la mejor manera de responder a la presente crisis de autoridad de “los que saben”.

Y es que en las sociedades modernas tendemos a comportarnos como si existieran personas “que saben” y otras “que no saben”. A los primeros se les da prioridad para gestionar la vida en común (la política, la economía, los valores, etc). Los segundos pueden aspirar a ascender al otro grupo siempre y cuando demuestren haber cumplido una serie de requisitos pedagógicos, establecidos por los primeros. La profunda crisis económica y política que atraviesa el estado español ha hecho tambalearse este sistema cultural jerárquico: ¿Por qué tenemos que hacer caso a unos que se supone que saben cuando su gestión de la vida en común es desastrosa y corrupta? ¿Pero es que realmente saben? Ante esta pregunta aparecen dos opciones: sustituir a estos “que saben” por otros que “sepan más”, o bien mandar al infierno la distinción entre “los que saben” y “los que no saben”, y empezar a reconocer que todos sabemos algo, y que de hecho sabemos más y aprendemos más unos de otros cuando cada cual aportamos lo que podemos.

Esta segunda opción la hemos visto en la PAH, en las Mareas, en el 15M. No se han parado más de mil desahucios porque unos expertos nos hayan explicado cómo hacerlo, sino porque hemos confiado en nuestras propias capacidades para hacer frente colectivamente al problema de la especulación con la vivienda. No se ha impedido la privatización de hospitales en Madrid porque los médicos se hayan defendido corporativamente, sino precisamente porque la Marea Blanca se comportó como un movimiento abierto a cualquiera. Y lo mismo sucedió con el 15M: no suscitó el apoyo masivo del 80% de la población precisamente porque presentara una nueva vanguardia de líderes, sino porque la colaboración en las plazas tendía a sacar lo mejor de todo el que se acercaba. En ningún caso estas y otras muchas experiencias similares han despreciado a los saberes especializados o técnicos. Por el contrario, los han integrado y combinado con otras muchas capacidades y habilidades: cotidianas, de cuidados, éticas, relacionales, comunicativas, emocionales, creativas… En definitiva, en esta especie de revolución democrática se ha puesto en vigor el derecho de cada cual a participar en la elaboración colectiva de una vida digna. Una elaboración que no puede ser dejada en manos de ‘expertos’.

Podemos y otras plataformas surgidas en los últimos meses -como los diferentes Ganemos- han supuesto para muchos una esperanza de llevar esa lógica de empoderamiento colectivo a la política institucional. Pero en la enorme y caótica amalgama que hoy por hoy es Podemos, el modelo cultural autoritario tiene todavía cierto peso. A veces es como si se diera un paso atrás: cuando hablamos de gestionar cosas más complejas que un edificio recuperado por la PAH o un Centro Social, o una acampada, o un huerto urbano, aparece una especie de miedo escénico que nos lleva a volver al modelo de la autoridad única de los ‘expertos’. Entonces empezamos a hablar en tercera persona: “los de Podemos son gente muy preparada”. Pero, ¿no íbamos a ser todos los que cambiáramos las cosas? No es de extrañar que aparezca el miedo, por lo demás: es razonable pensar que Podemos va a conseguir poder institucional, y por tanto lo que está en juego es una posibilidad mucho mayor de intervenir sobre cuestiones que afectan directamente al pan, la salud y la vivienda de mucha gente. Hay mucho en juego.

Y además: pasar de un modelo cultural autoritario a otro más democrático no es simplemente una cuestión de elección. La desigualdad cultural, como la desigualdad económica, es uno de los pilares que organizan el modo de vida competitivo (neoliberal) que se ha infiltrado en todos los aspectos de nuestra existencia. El filósofo Jacques Rancière habla de una ‘pasión de la desigualdad’: prefiero pensar que hay gente superior a mí porque así me reservo la posibilidad de que al mismo tiempo otros se sientan inferiores con respecto a mí. Es una forma de vida. Para abandonarla hay que adoptar otra, y no siempre hay PAHs, Mareas o 15Ms que ayuden a hacerlo.

¿Es posible convertir Podemos en otra de esas herramientas colectivas para abandonar la lógica de la competición y del autoritarismo cultural? Me parece que afortunadamente hay mucha gente intentándolo.

¿Es mejor que Podemos tenga un solo portavoz o varios? ¿Es buena idea que algunos de los miembros de sus órganos ejecutivos sean elegidos por sorteo? ¿Es adecuada la presencia de personas asociadas con Podemos en programas de televisión? No son cuestiones meramente técnicas o de estrategia política, no pueden ser entendidas sólo como asuntos a decidir por una vanguardia de avezados politólogos. Si Podemos va a ser de todos, entonces los saberes y capacidades no especializados ni técnicos tienen que tener cabida en la configuración de su estructura y sus prácticas. ¿Un partido político que no reproduzca las jerarquías culturales autoritarias, que active las capacidades de cualquiera? Bueno, ¿por qué no? La verdad es que ya llevamos un tiempo viendo pasar cosas muy raras en el estado español.

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Un pensamiento en “Podemos: la crisis de un modelo cultural autoritario

  1. Estas instituciones, por su naturaleza, están hechas para que unos manden y otros obedezcan, así que la propia propuesta de Podemos, alcanzar el poder, es incompatible con esa pretensión de que no haya quienes saben y quienes no saben. O se destruyen/ignoran las instituciones para que por fin el pueblo decida, sin Estado, o seguiremos renunciando a nuestra capacidad de decisión para dejar que sean otros quienes lo hagan por nosotros. Hay que dejar de creerse milongas, que este camino ya sabemos adónde lleva.

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