Notas antes de desayunar sobre una performance de Laura Corcuera en ALCESXXI

¿Y ahora qué toca? Una performance.

Dudando de mi capacidad de atención, cansado, con resaca y falta de sueño, siempre a salto de mata corriendo detrás del apretadísimo programa de actividades de las jornadas, interrumpo mi vaso de cerveza, mi pincho de tortilla y la conversación con una compañera para volver al Salón de Actos. Nos han dicho: no os quedéis quietos, moveos por todo el espacio como queráis, “haced lo que queráis”.

Llegamos. Hay algunos elementos en el pasillo entre las butacas: un foco, un espejo, un taburete. Con ese ánimo de no quedarnos quietos, algunas caminamos hacia el escenario. Allí, bajo un foco que parece indicarnos “mirad aquí”, esta sentada en una silla una mujer anciana. Katryn empieza a hablar con ella, no puedo oír toda la conversación, pero sí que la mujer se pone enseguida a contarle que hace muy poco ha perdido a su marido, y que está muy triste porque lo hacían todo “junticos”. Katryn me mira por un momento con perplejidad. Después, como no puede oír bien a la mujer desde donde estamos, se sube al escenario, se sienta junto a ella y siguen hablando. Yo me quedo abajo. Pero alguien viene y dice, “bueno, vamos a empezar ya”. Ah, ¿es que aún no habíamos empezado?

Entra la performer. Escupe. Oigo a una compañera decir, como asustada, “eso es de mala educación”, después se sienta en una butaca y hace como que no quiere mirar, pero sigue mirando. La performer emite ruidos guturales, se mira en el espejo, sujeta el espejo con la boca, ¿llora?, hace viajar su reflejo por las paredes, se contorsiona lentamente.

Me doy cuenta de que a lo mejor no estaba tan cansado y de que mi capacidad de atención está a tope. Es que la performer de pronto puede hacer muchas cosas, y quizás entonces nosotras también. No lo digo como una deducción, o como un silogismo; más como un encantamiento. Puede caminar por encima de las butacas, puede abrir en canal el espacio del Salón de Actos, hacerlo cantar, reventarlo. Patada en la puerta lateral y aparece un maravillosa tarde de verano, el cielo inmenso, con sus canciones de piscina, me veo de pequeño yendo a comprar un polo al bar de la piscina, con la tristeza del fin de la infancia. ¿Quién de nosotras, alcesianas, había advertido esas puertas laterales en esta iglesia donde celebramos los ritos de nuestra secta pretendidamente hereje? Así de fácil, abres la puerta y sales: “Nos engañaron, sí había alternativas” escribe la performer en esas puertas laterales.

Ahora ya estoy completamente comprometido con su posesión. La seguimos, aún con algo de miedo, pero también con fascinación, en sus devenires por el Salón de Actos. Con dos micrófonos, va haciendo sonar todas las rugosidades de las paredes, y su pecho. Llega hasta la anciana. Le pasa un micrófono. Se miran, la performer le da el beso más dulce y sigue su camino, hacia lo más alto del escenario, donde los demás, ahora sí, hemos dejado de seguirle. Poco a poco nos vamos sentando, como un público. Ella es ahora Fernando Segundo, rey de Aragón y así lo proclama con orgullo de pie, encima de la mesa donde estos días se ha hecho presentaciones y debates. Taconea sobre esa mesa, la usa como un suelo.

“Soy Fernando Segundo, rey, de Aragón y de Castilla. Y soy lesbiana. Y soy performer”.

Ese cuerpo tiene una voz. Nos habla de la expansión, vemos en las pantallas imágenes de la expansión del cosmos y de la expansión del Imperio Romano. Ese cuerpo, esa voz, esa persona, toca todas mis teclas, es capaz de ponerse boca abajo y temblar, de convertirse en un teleñeco o en un rey lesbiano, de ponerse unos tacones y pintarse los labios para mirarnos con desafío, se le caen los micros, por un momento parece que podría romperlo todo, quién sabe ahora lo que puede ese cuerpo. Nos tira los zapatos de tacón. Sí, podría habernos hecho daño.

Después, desanda el camino, por el pasillo hacia la puerta de salida. Repitiendo: “lo vas a decir y se va”. Y después: “se ha acabado”, “¿se ha acabado?”

¿Se ha acabado? Eso fue el miércoles. Ayer, viernes, hablaba con Berta y Jorge sobre lo increíble y maravillosa que fue la fiesta del día siguiente, del jueves. Jorge dijo: “creo que tuvo mucho que ver con la performance”. En la fiesta había otro escenario, y Pedro, de Zemos, fue nuestro DJ. La performer, ahora Laura, ahora nuestra compañera y “una más” (pero todavía inevitablemente ese cuerpo impredecible, tocado por la posesión), fue una de las primeras que se subieron a ese escenario, a bailar. Después, ahí sí, le seguimos muchas y empezó el hermanamiento colectivo. Cuando nos quitaron la música, la hicimos nosotras, seguimos, imparables, por las calles de Zaragoza, cantando y bailando, la calle fue nuestra, la posesión fue nuestra. Éramos, así lo vi yo, efectivamente Fernando Segundo de Aragón y éramos lesbianas y perfomers capaces de autonomía musical y vital aquí y ahora.

Escribo esto el sábado antes de desayunar, estirando la tercera noche en la que me he agarrado a esa frase (“soy Fernando…”) como un talismán. Entre mi sueño escaso y algo convulso he revivido la performance cada una de estas tres noches, añadiéndole fragmentos de todo lo demás que iba ocurriendo. Nuestro salto a lo performativo en el taller feminista de la mano de otra inteligencia imparable, la de Nuria. La generosidad nocturna de Patricia, Pepe, Ignasi, etc., el agradecimiento entusiasta en la asamblea a Palmar y el resto de nuestras compañeras del grupo motor de ALCES, los cantes sinceros que salen de las gargantas de Carmen, de Albert , de David y de cualquiera, cuando se dan las condiciones necesarias de cuidado y entusiasmo. Aitana liberándose de su muleta y entregando su pie inmolado a ALCESXXI.

No es una loa a la inmediatez.

Ayer, “terminamos” (¿se ha acabado? ¿se ha acabado?) estas jornadas con un encuentro aparentemente en las antípodas de la performance del otro día, o de la fiesta y de sus coletazos mágico-etílicos. Prosaico, arduo, complejo desenmadejamiento de todos los líos, malentendidos, silencios, potencias y dificultades que rodean el llamado “asalto institucional” con las compañeras de Nociones Comunes, facilitado muy oportunamente y justo a tiempo por Vicente.

La presencia ahí de Laura, con su lucidez discursiva, es para mi una prueba más de que, en realidad, hay una continuidad fundamental entre la noche y el día, entre la visceralidad de los cuerpos y la minuciosa inteligencia negociadora que necesitamos para construir nuestras propias instituciones. Instituciones capaces de seguir robando energías y recursos al mundo de la desigualdad y del miedo (un nombre para ese mundo sería hetero-patriarcado capitalista) y para transferirlas a ese otro mundo que está aquí ya aún no estando, aún tan frágil, tan intermitente, tan necesitado de nuestra convicción y alegría (y un nombre posible para es mundo sería la comuna).

Me parece que lo que hicimos ayer hablando de municipalismo y asalto institucional fue un exorcismo para quitarnos el miedo: miedo a los ataques de la prensa carca y del establishment bipartidista, a la cultura tecnocrática que nos impide reconocer que hay muchas cosas que no sabemos hacer.

Exorcizando el miedo, construyendo instituciones del común. Poseídxs, desde la víscera, construyendo ALCESXXI.

Y una idea que comentó Berta: que en las próximas jornadas de ALCESXXI, empecemos con una performance de Laura en el maldito Salón de Actos que nos toque en suerte esta vez, que nos lo mancille y nos lo desarme Laura desde el primer día y así nos lo deje preparadito. Empezar ya todas en el escenario, vamos.

Tengo que bajar a desayunar. Acogido, todavía piltrafa, en la casa amorosa de mi hermana, oigo abajo a sus hijos leyendo en voz alta, entrando en el mundo de la letra, sin mirar atrás. Begoña, mi compañera llega a Zaragoza con nuestro hijo Max esta tarde, ojalá la próxima vez se anime a venir a ALCESXXI y nos animemos todas a llevar a los niños.

Creo que ellxs nos pueden ayudar mucho a construir esto también.

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