Saludo a Trincheras permanentes, de Carolina León

El frío ha llegado muy tarde este año a Nueva York. Pero ha llegado. La primera nevada cayó la semana pasada, anteayer las primeras temperaturas bajo cero. Cuando terminé de leer Trincheras permanentes todavía no habíamos entrado en esta fase congeladora, en la dureza esta, áspera, bastante jodida, pero que desde luego te despierta, en la que nos pasamos casi la mitad del año las 8 millones y medio de personas que andamos por aquí. Era otra sensación.

Como digo, el frío tardó mucho en llegar, hemos tenido un otoño veraniego, largo, generoso, con mucho parque, tardes y tardes de parque que siempre parecían la última pero no. Mientras leía el libro de Carolina León, mi hijo empezaba a ir a una escuela nueva, feliz, con su inmensa capacidad de olvido, la de sus 5 años, y nosotrxs (Bego y yo), seguíamos su estela alegre. Nueva rutina mañanera, cruzar el río en el metro atestado cada día para llegar a esa escuela deseada y que efectivamente se confirmaba como un lugar donde podías mirar a la cara a la gente, y no tenías que refugiarte en el móvil cada vez que había un silencio. Un lugar de una extraña familiaridad, enseguida una segunda casa, con puertas bien abiertas y abundantes excusas para quedarte un rato más, su parque al lado, las canciones todos los viernes en el auditorio, amigas nuevas que nos recibían con curiosidad no disimulada, una calidez, nada espectacular pero sí muy consciente, buscada y defendida un poco a lo “pueblo galo” en medio de la vorágine de la metrópolis gentrificada y la era Trump.

Entrábamos en el año tranquilamente esta vez, resistiendo la costumbre del agobio, dando la bienvenida a nuevas complicidades en esa escuela, y todavía muy metidos en las sensaciones de un verano hermoso con casa comunal en el campo, tomándolo con calma y abriendo los libros que habíamos traído en la maleta. Leí Trincheras permanentes y pensé, una vez más: qué pocos libros enteros y del tirón leo ya. Y pensé también que quería escribir, como mínimo, un “gracias”, un “saludo”, así lo pensé, a este libro que siento como un libro amigo, especial. Un libro esperado, anticipado, que salía de un mundo por lo menos en parte compartido, cercano. Que hablaba de una politización que, así lo sentíamos, era la nuestra también.

“¿Para cuántas más estos años han estado marcados por la muerte de un familiar, la pérdida del trabajo, la amenaza del desahucio o la desestructuración del nido, y en el dolor o la confusión no ha sido posible entender ese acontecimiento como parte de algo general?”, pregunta Carolina al principio del libro.

Bego y yo, primero ella y después yo, subrayamos esta frase en la que la inclusión de “la muerte de un familiar” (como primer ejemplo, además) podría sorprender, al igual que quizás también esa “desestructuración del nido”, que es un poco, me parece, el punto de partida del libro: ese traumático proceso de divorcio que cuenta la autora. ¿Son la muerte de un familiar o la separación de una pareja tan “parte de algo general” como el paro o los desahucios?

La madre de Bego murió pocos días antes del 15M, pasamos los días previos a esa fecha clave en los pasillos y salas de espera de un hospital de Madrid, metidos en una película de terror privada, aislados de todo, y viendo como los cuidados paliativos nunca llegaban y la familia alrededor de esa mujer clave y pilar de muchos equilibrios inestables se empezaba ya a resquebrajar mientras ella agonizaba. Fue una muerte de esas que no sólo dan pena, sino también rabia. Nuestro 15M estuvo silenciosamente marcado por ella. Nuestra politización fue, de una manera un tanto extraña, alumbrada por la muerte de María Paz, desde ese momento en que nos encontramos con que algo había estallado ahí fuera, alrededor de nuestra rabia, y con que esta rabia ya no era privada (ni era ya solo rabia: también mutaba en alegría e inteligencia colectiva). Desde ese momento, hasta hoy.

De una manera quizás un tanto extraña, digo, se articuló nuestra politización con la muerte de un familiar. De una manera que no parece, sin embargo, resultar extraña en absoluto para Carolina León, al juzgar por esa frase que he citado.

No trato de hacer una “reseña”. Sólo, como decía, un saludo cariñoso a este libro, que de paso me ayude a articular también lo que me ha suscitado leerlo, lo que me rondaba al leerlo en el parque, en esos días de sol otoñal, y que aún me ronda en estos primeros fríos. Creo que si algo recordaré del libro es precisamente ese principio en el que vemos vagar a su protagonista y autora por las calles de Madrid, llorando en los transportes públicos y entrando en los bares, sin sabe qué hacer, “dónde meterse”. La relación entre el suceso supuestamente “privado” de su divorcio (con el dolor consiguiente) y su politización.

“No sé si habrás probado a pasear por una ciudad en la que no conoces más que a un puñado de personas siempre muy ocupadas y con sus respectivas parejas, sin dinero, un fin de semana tras otro”. Ese no encontrar dónde meterse, esa calle que está vacía porque todo el mundo anda en sus quehaceres múltiples y tratando de ganar o gastar dinero, es lo que recordaré quizás más claramente del libro, esa imagen. Porque esa calle es justamente la que se llena después, en el 15M. Nosotros participamos en Occupy Wall Street, aquí en Nueva York. Siempre nos preguntamos cómo teníamos tiempo para pasarnos horas y horas en la plaza ocupada (cómo teníamos tiempo tantas y tantas gentes), cuando ahora, se supone que nunca tenemos tiempo para nada (corriendo siempre detrás de mil obligaciones y proyectos). ¿De dónde sacamos entonces el tiempo? ¿Cómo “hicimos tiempo”?

Tratar de no ser nunca una de esas “personas muy ocupadas” y “con sus respectivas parejas” (haya o no haya plaza): he ahí un propósito claro que me regala este libro.

Pero no es nada fácil. La autora “rompió del todo el caparazón en el que vivía” y descubrió “otras realidades”. “Éstas estaban en la calle, a veces en la plaza del barrio, a veces en edificios ocupados o espacios que creaba gente diversa y estaban sucediendo delante de mis narices”. El libro yo lo he entendido un poco como un recorrido por esos espacios, que no dejan de tener sus dificultades propias. Hay una especie de doblez inesperada que se repite: en Calafou existe un propósito claro y unas normas de convivencia para una vida “post-capitalista”, pero también aparece un adolescente por allí, sin más, para quedarse y provoca una situación imprevista, una especie de “adopción colectiva”, en Garaldea justamente cuando parece que cierta “autosuficiencia material” se ha conseguido con mucho esfuerzo, es cuando surgen problemas profundos de convivencia y resulta que queda todo el trabajo del mundo por hacer, en el relato sobre La Casika de Móstoles hay dos partes claramente diferenciadas; la historia de un centro social de larga resistencia, con sus dificultades y victorias, y la confesión del trauma que ha supuesto el suicidio reciente de un amigo para esa comunidad, en la asamblea de Ganemos del barrio hay una separación clara entre la rigidez formal de las reuniones y la distensión posterior, cuando termina la conversación oficial, ya en el bar, donde “poco a poco se pudo ir incluyendo la vida”.

Muchos nombres para esa doblez (todos con sus insuficiencias): lo público vs lo privado, producción vs reproducción, política vs cuidados, mundo masculino vs femenino… Y también algunos momentos quizás diferentes, en los que la doblez puede seguir estando ahí, pero entramos, como si dijéramos, por el otro lado. Es el caso de las páginas, para mí hermosas e intensas, en las que, más allá del recorrido a través de experiencias explícitamente políticas, se conversa con gente tan especial como Marga de Vallekas, que adoptó dos niños que estaban en peligro, y Antonio, que se metió a cuidador de ancianos después de haber recorrido el mundo. En busca, tal vez, de “la radicalidad o la belleza del cuidado”.

“Los niños son de todos y hay que hacerlos felices”, dice Marga. “Ellas no han venido a mi vida a rellenar un vacío”. “Y no, no me estoy ganando el cielo, si hubiera el cielo alquilaría mi parte. Aquí abajo están el cielo, el infierno, todo.” “Los niños y los viejos son de todos”.

Y Antonio añade: “Hay veces que no es que yo esté ayudando, es que a mí me ayudan también, en el sentido de hacerme ver cosas que antes no veía. No es que esté haciendo un trabajo como ‘hermanita de la caridad’. Cuidando sientes que te cuidan. Es como ese intercambio de fluidos cuando estás criando al hijo. Con los mayores me ocurre igual”

Me quedé fijado en ese “hacerme ver cosas que antes no veía” y en ese “intercambio de fluidos”. Más tarde, ya en estos días de frío impepinable, fui a buscar una entrevista del Colectivo Situaciones a Suely Rolnik que me había fascinado cuando la leí. En ella Rolnik propone otro de esos binarismos, de esos nombres para la doblez. Percepción vs “cuerpo vibrátil”: “Por ejemplo, si yo te miro sólo con mi capacidad de percepción lo que veo es una forma que rápidamente asocio con mis representaciones y así puedo ubicarte inmediatamente como: argentino, hijo de desaparecidos, militante de tal grupo, etc. En dos minutos ya estás ahí, fuera de mí. Pero si yo pongo en actividad esa capacidad otra [el “cuerpo vibrátil”] de todos los órganos de sentido, del ojo, del tacto, del olfato, de la escucha, tu presencia viva como conjunto de fuerzas me afecta y pasas a ser una sensación en mi propia textura sensible, como si fueras parte de mi cuerpo. Pero esto no es una metáfora, es real”.

Intercambio de fluidos. Cuando Bego y yo adoptamos al bebé que ahora tiene 5 años, quería compartir con todo el mundo, maravillado, las primeras sensaciones de la crianza, quería contar a quien quisiera escucharme, ahora me doy cuenta, que ese nene se había hecho parte de mi cuerpo. Carolina escribe: “…cuidar es radicalmente hermoso porque te saca de tu ‘fantasía’ y te vincula sin dobleces”. Pero añade también: “Eso solo puede suceder cuando el cuidado no es condena o maldición. La radicalidad o la belleza del cuidado no es tal si se ha entregado la individualidad entera por una suerte de automatismo”. Los hombres como yo tenemos el privilegio de no haber sido “condenados” al cuidado, y por tanto también de poder elegirlo libremente. Carolina escribe: “Cuando ellos se escapan de su lugar asignado es casi delicioso, porque es muy libre”. Y también: “Hemos de poner a los pies de todas la oportunidad de no ser cuidadoras. No de las blancas y de clase media, de todas. Hemos de apartarnos un poco para que otros entren, antes de que emerjan otra vez los esencialismos de lo ‘femenino’. Y, mientras tanto, quizás seamos capaces de abrir el significado de los cuidados a nuestras prácticas políticas”.

Suely Rolnik asocia la capacidad del cuerpo vibrátil a las mujeres. Carolina León, escribe algo que, como hombre, nunca se me hubiera ocurrido decir con respecto a mi hijo: “En aras de la misma idea, quiero que mis hijas aprendan a caminar por los placeres, también ciertos, de la fantasía de su individualidad”.

Afuera sigue nevando, las noches son cada vez más largas. Aquí a veces me parece como si fuera de noche durante varios meses. Este es un textito para expresar mi agradecimiento y alegría por Trincheras permanentes. Desde el otro lado de un océano, desde el otro lado del género, a ¿cuántos años van ya? del inicio de esa politización compartida, quería contar que este libro me ha afectado, y me ha apelado. Hoy mismo Carmena, (la Carmena a la que, ya en junio del 2015, Carolina tuvo que recordar que su alcaldía se debía a una potencia colectiva), destituye por su cuenta a un concejal, y leo algo de una apelación a que decidieran “las bases de Ahora Madrid”. ¡Ay! Han pasado muchas cosas en estos años, ¿no? La parte “oficial”, “representativa”, la parte patriarcal, “política” (institucional) de nuestra politización común… ahí está, ocupando tantísimo espacio.

Otra cosa que ha pasado en estos años, afortunadamente, es que Carolina León ha perseverado en montar un libro que, en muchos sentidos, lo tenía todo en contra para existir. Que en ese libro ha trenzado otros hilos abiertos y fundamentales de esa vibración común que a muchxs nos cambió la vida.

El hilo de “los cuidados”, “la reproducción”, ese sostener el mundo al que María Paz dedicó la suya, hasta el último momento.

 

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Reseña de Marta Pérez sobre “Culturas de cualquiera”

En octubre de 2013, en un coloquio en la universidad de Columbia en Nueva York, el filósofo francés Ettiène Balibar compartía con los presentes su sensación de que no había intelectuales de izquierda que hubieran hecho una crítica vocal y ampliamente difundida de la crisis en Europa. Adam Tooze, historiador de la economía en Europa y su compañero en la mesa, le respondió que sí había intelectuales de la crisis: “están al otro lado y son economistas”.

Sucede con este tipo de intercambios que una se adhiere y al mismo tiempo se incomoda por su redondez asertiva: una esboza media sonrisa irónica en la cara y, a la vez, recoloca el cuerpo en la silla. El primer gesto es casi reflejo: la mezcla de melancolía y de comentario incisivo sobre la sustitución de “los nuestros” por “los suyos” fácilmente saca una sonrisa. El segundo gesto es más difícil: hay un trabajo en marcha cuando este relato no cuadra.

“Culturas de cualquiera”, el libro de Luis Moreno-Caballud, es un respetuoso registro de ese trabajo y, a la vez, parte del mismo. Nos cuenta que, lejos de estar separados, la función de los intelectuales y de los economistas ha ido de la mano en la profundización de la individualización de las vidas, desde el franquismo tecnocrático a nuestros días, pasando por los años en los que se forjó la Cultura de la Transición. Son “los que saben” los que conforman los mecanismos para asignar valor a unos saberes y no a otros, a unas formas de vida y no a otras. Por ejemplo, vale mucho el intelectual con su propia inspiración, que se ha separado de toda aquella colectividad que le enseña lo que sabe; mucho más que los que escriben pegados a la experiencia de, por ejemplo, comunidades rurales o urbanas obreras. Y es que vale mucho más el relato de la clase media que quiere ser moderna, europea y consumidora que el relato del paleto que sigue empeñado en una España atrasada. Estos relatos, de hecho, andan enfrentados, aún hoy.

Así, el trabajo de Moreno-Caballud, que nos cuenta cosas del pasado para poder entender el presente, es un código-fuente para poder seguir las líneas que estos mecanismos de asignación y extracción de valor han ido marcando hasta hoy. Nos sirve, y mucho, este libro, para aprender a no enredarnos en las redondeces asertivas y pasar a la discusión fuerte sobre los modos de vida. Nos relata que hay una continuidad en todos esos años que se agrega en torno al lugar que ocupan los expertos: los economistas conforman políticas públicas, pero los intelectuales, o filósofos, con su autoridad cultural para decir al público lo que es bueno, normalizan esas políticas. Esto va más allá de la crítica puntual, o incluso regular, de los intelectuales de izquierda a las políticas del PSOE en sus primeras legislaturas. Los casos en los que profundiza “Culturas de cualquiera” nos muestran que esas críticas, por muy incisivas que fueran, no ponían (ni ponen) en crisis la vida que se está conformando en torno al consumo y la individualización. En este sentido, tanto los economistas como los intelectuales le han servido bien a la crisis, que ha caído de pie en su proyecto neoliberal a pesar de haberse llevado por delante la seguridad vital de muchas personas.

Pero siempre hay vida que excede, y es esa que pone en crisis, palos en las ruedas, al proyecto neoliberal. El libro también recoge una hermosa genealogía de las múltiples formas de vivir que nos vuelven a juntar en la precariedad y en la cooperación, y los diversos intentos de inventar lenguajes que nos cuentan tal como somos y nos hacen existir frente al peligro de no ser reconocidos por ser raros. Volviendo a 2013, a aquella sala de la universidad de Columbia, a aquella expresión de melancolía por la falta de intelectuales de izquierda, una se recoloca en la silla ante una aseveración así porque recuerda a todos esos cuerpos expuestos a la crisis que han ido construyendo su sentido, juntos, a contrapelo de la crisis, con todas las dificultades que implica hacer una cultura que no se separa de lo material que la permite existir, con una existencia llena de incertidumbre por la dificultad de sostenerse en el tiempo y encontrar, si se buscan, anclajes institucionales lo suficientemente abiertos para continuar la tarea. Y claro, de lo que dan ganas es de alegrarse mucho de que la crítica a la crisis no venga de la cultura de los intelectuales “que saben”, sino de las culturas de cualquiera.

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Notas antes de desayunar sobre una performance de Laura Corcuera en ALCESXXI

¿Y ahora qué toca? Una performance.

Dudando de mi capacidad de atención, cansado, con resaca y falta de sueño, siempre a salto de mata corriendo detrás del apretadísimo programa de actividades de las jornadas, interrumpo mi vaso de cerveza, mi pincho de tortilla y la conversación con una compañera para volver al Salón de Actos. Nos han dicho: no os quedéis quietos, moveos por todo el espacio como queráis, “haced lo que queráis”.

Llegamos. Hay algunos elementos en el pasillo entre las butacas: un foco, un espejo, un taburete. Con ese ánimo de no quedarnos quietos, algunas caminamos hacia el escenario. Allí, bajo un foco que parece indicarnos “mirad aquí”, esta sentada en una silla una mujer anciana. Katryn empieza a hablar con ella, no puedo oír toda la conversación, pero sí que la mujer se pone enseguida a contarle que hace muy poco ha perdido a su marido, y que está muy triste porque lo hacían todo “junticos”. Katryn me mira por un momento con perplejidad. Después, como no puede oír bien a la mujer desde donde estamos, se sube al escenario, se sienta junto a ella y siguen hablando. Yo me quedo abajo. Pero alguien viene y dice, “bueno, vamos a empezar ya”. Ah, ¿es que aún no habíamos empezado?

Entra la performer. Escupe. Oigo a una compañera decir, como asustada, “eso es de mala educación”, después se sienta en una butaca y hace como que no quiere mirar, pero sigue mirando. La performer emite ruidos guturales, se mira en el espejo, sujeta el espejo con la boca, ¿llora?, hace viajar su reflejo por las paredes, se contorsiona lentamente.

Me doy cuenta de que a lo mejor no estaba tan cansado y de que mi capacidad de atención está a tope. Es que la performer de pronto puede hacer muchas cosas, y quizás entonces nosotras también. No lo digo como una deducción, o como un silogismo; más como un encantamiento. Puede caminar por encima de las butacas, puede abrir en canal el espacio del Salón de Actos, hacerlo cantar, reventarlo. Patada en la puerta lateral y aparece un maravillosa tarde de verano, el cielo inmenso, con sus canciones de piscina, me veo de pequeño yendo a comprar un polo al bar de la piscina, con la tristeza del fin de la infancia. ¿Quién de nosotras, alcesianas, había advertido esas puertas laterales en esta iglesia donde celebramos los ritos de nuestra secta pretendidamente hereje? Así de fácil, abres la puerta y sales: “Nos engañaron, sí había alternativas” escribe la performer en esas puertas laterales.

Ahora ya estoy completamente comprometido con su posesión. La seguimos, aún con algo de miedo, pero también con fascinación, en sus devenires por el Salón de Actos. Con dos micrófonos, va haciendo sonar todas las rugosidades de las paredes, y su pecho. Llega hasta la anciana. Le pasa un micrófono. Se miran, la performer le da el beso más dulce y sigue su camino, hacia lo más alto del escenario, donde los demás, ahora sí, hemos dejado de seguirle. Poco a poco nos vamos sentando, como un público. Ella es ahora Fernando Segundo, rey de Aragón y así lo proclama con orgullo de pie, encima de la mesa donde estos días se ha hecho presentaciones y debates. Taconea sobre esa mesa, la usa como un suelo.

“Soy Fernando Segundo, rey, de Aragón y de Castilla. Y soy lesbiana. Y soy performer”.

Ese cuerpo tiene una voz. Nos habla de la expansión, vemos en las pantallas imágenes de la expansión del cosmos y de la expansión del Imperio Romano. Ese cuerpo, esa voz, esa persona, toca todas mis teclas, es capaz de ponerse boca abajo y temblar, de convertirse en un teleñeco o en un rey lesbiano, de ponerse unos tacones y pintarse los labios para mirarnos con desafío, se le caen los micros, por un momento parece que podría romperlo todo, quién sabe ahora lo que puede ese cuerpo. Nos tira los zapatos de tacón. Sí, podría habernos hecho daño.

Después, desanda el camino, por el pasillo hacia la puerta de salida. Repitiendo: “lo vas a decir y se va”. Y después: “se ha acabado”, “¿se ha acabado?”

¿Se ha acabado? Eso fue el miércoles. Ayer, viernes, hablaba con Berta y Jorge sobre lo increíble y maravillosa que fue la fiesta del día siguiente, del jueves. Jorge dijo: “creo que tuvo mucho que ver con la performance”. En la fiesta había otro escenario, y Pedro, de Zemos, fue nuestro DJ. La performer, ahora Laura, ahora nuestra compañera y “una más” (pero todavía inevitablemente ese cuerpo impredecible, tocado por la posesión), fue una de las primeras que se subieron a ese escenario, a bailar. Después, ahí sí, le seguimos muchas y empezó el hermanamiento colectivo. Cuando nos quitaron la música, la hicimos nosotras, seguimos, imparables, por las calles de Zaragoza, cantando y bailando, la calle fue nuestra, la posesión fue nuestra. Éramos, así lo vi yo, efectivamente Fernando Segundo de Aragón y éramos lesbianas y perfomers capaces de autonomía musical y vital aquí y ahora.

Escribo esto el sábado antes de desayunar, estirando la tercera noche en la que me he agarrado a esa frase (“soy Fernando…”) como un talismán. Entre mi sueño escaso y algo convulso he revivido la performance cada una de estas tres noches, añadiéndole fragmentos de todo lo demás que iba ocurriendo. Nuestro salto a lo performativo en el taller feminista de la mano de otra inteligencia imparable, la de Nuria. La generosidad nocturna de Patricia, Pepe, Ignasi, etc., el agradecimiento entusiasta en la asamblea a Palmar y el resto de nuestras compañeras del grupo motor de ALCES, los cantes sinceros que salen de las gargantas de Carmen, de Albert , de David y de cualquiera, cuando se dan las condiciones necesarias de cuidado y entusiasmo. Aitana liberándose de su muleta y entregando su pie inmolado a ALCESXXI.

No es una loa a la inmediatez.

Ayer, “terminamos” (¿se ha acabado? ¿se ha acabado?) estas jornadas con un encuentro aparentemente en las antípodas de la performance del otro día, o de la fiesta y de sus coletazos mágico-etílicos. Prosaico, arduo, complejo desenmadejamiento de todos los líos, malentendidos, silencios, potencias y dificultades que rodean el llamado “asalto institucional” con las compañeras de Nociones Comunes, facilitado muy oportunamente y justo a tiempo por Vicente.

La presencia ahí de Laura, con su lucidez discursiva, es para mi una prueba más de que, en realidad, hay una continuidad fundamental entre la noche y el día, entre la visceralidad de los cuerpos y la minuciosa inteligencia negociadora que necesitamos para construir nuestras propias instituciones. Instituciones capaces de seguir robando energías y recursos al mundo de la desigualdad y del miedo (un nombre para ese mundo sería hetero-patriarcado capitalista) y para transferirlas a ese otro mundo que está aquí ya aún no estando, aún tan frágil, tan intermitente, tan necesitado de nuestra convicción y alegría (y un nombre posible para es mundo sería la comuna).

Me parece que lo que hicimos ayer hablando de municipalismo y asalto institucional fue un exorcismo para quitarnos el miedo: miedo a los ataques de la prensa carca y del establishment bipartidista, a la cultura tecnocrática que nos impide reconocer que hay muchas cosas que no sabemos hacer.

Exorcizando el miedo, construyendo instituciones del común. Poseídxs, desde la víscera, construyendo ALCESXXI.

Y una idea que comentó Berta: que en las próximas jornadas de ALCESXXI, empecemos con una performance de Laura en el maldito Salón de Actos que nos toque en suerte esta vez, que nos lo mancille y nos lo desarme Laura desde el primer día y así nos lo deje preparadito. Empezar ya todas en el escenario, vamos.

Tengo que bajar a desayunar. Acogido, todavía piltrafa, en la casa amorosa de mi hermana, oigo abajo a sus hijos leyendo en voz alta, entrando en el mundo de la letra, sin mirar atrás. Begoña, mi compañera llega a Zaragoza con nuestro hijo Max esta tarde, ojalá la próxima vez se anime a venir a ALCESXXI y nos animemos todas a llevar a los niños.

Creo que ellxs nos pueden ayudar mucho a construir esto también.

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Para acabar de una vez con la cultura del miedo. Notas sobre NegraBlanca y otros empoderamientos post-15M

(texto escrito con Helena de Llanos y publicado en Horizontal)

 

Imaginemos una gran máquina de hacer cultura.

Imaginemos una máquina imparable de producir valor cultural, de abrir convocatorias, de celebrar eventos, inaugurar exposiciones, simposios, etc.

Imaginemos ahora un diminuto rincón de ese sistema: un ayuntamiento rural, con su nuevo centro cultural, que se terminó de construir justo en el año de la llamada “crisis”, el 2008. Pero ahora el flamante centro cultural está vacío. “No hay dinero”, claro. Bueno, habrá que hacer algo para llenarlo, así que se lanza una convocatoria “low cost”: se usará el centro como “residencia de artistas”. Básicamente se deja que los artistas vivan allí, y se les pide a cambio un par de frases sobre su trabajo, para ponerlas en el informe de actividades o en la web, es decir, en lo que antes se llamaba “el prospecto”. Ya en el ‘84, en los inicios de la solidificación de la actual máquina cultural española, Rafael Sánchez Ferlosio había escrito, indignado: “la única función real de los actos culturales es que hayan llegado a celebrarse, y el prospecto es su testimonio perdurable”.

Pero lo que pasa es que, en 2012, para algunos jóvenes tener un sitio donde dormir y donde poder concentrarse en un proyecto artístico es más que suficiente. Parados o precariamente empleados, becarios o estudiantes eternos, obligados a vivir al día ante la debacle de las expectativas laborales de toda una generación, se han encontrado valorando las cosas de otra manera. O, según lo resumió el slogan de la organización “Juventud sin futuro”, se han encontrado “sin casa, sin curro, sin pensión: SIN MIEDO”.

Y sí, la verdad es que probablemente era necesario vencer unos cuantos miedos para hacer lo que hicieron los jóvenes que obtuvieron la “residencia de artistas” en el Centro Negra, Espacio de investigación y creación contemporánea de la localidad de Blanca, Murcia, en 2012. Llegaron y pusieron unos carteles por todo el pueblo que decían: “¿Hacemos una peli? Si te apetece que hagamos una peli entre todos, ven al MUCAB el lunes 15 de octubre a las 7:30 y verás como hay mil formas de participar.” Cuando llegó el día, las personas que acudieron (mujeres y niños en su mayoría), se quedaron muy sorprendidas de que no se les dijera qué película había que hacer. “No, no, eso lo tenemos que decidir entre todos.” Tras un momento de perplejidad, fue como si se abriera una presa: “¡uy, será por historias!, con todo lo que hemos pasao”, decían las señoras mayores. Mientras, los niños y niñas ya estaban escribiendo y dibujando las suyas.

Así, artesanalmente, se empezó a tejer lo que acabaría siendo la película NegraBlanca. Salió lo que podía salir, lo que estaba allí, latente en las ganas de contar de quienes llegaron a Blanca y de quienes en el pueblo se animaron a hacer la película. Pero había que poder. Había que poner en marcha miles de sutiles inteligencias colectivas para hacer una película capaz de dar espacio a las historias de crímenes y de misterio que se les ocurrieron a los niños, a la memoria del trabajo manual, de la pobreza y la violencia que arrastraban las mujeres mayores, a los deseos de hacer cine comunitario que traían las jóvenes de la ciudad. Pero también al presente neoliberal de un pueblo de 6,000 habitantes al que, como a tantos otros, le acababa de explotar una gran burbuja de especulación económica en la cara. Un pueblo, por lo demás, que ofrecía a la película sus impresionantes paisajes de piedra y árboles frutales, los ecos de su pasado morisco, y la presencia de sus trabajadores migrantes marroquís, su pequeña parte vieja casi derruida y su, no uno, sino dos recién construidos centros culturales, su casi desaparecida y un día floreciente industria del esparto, y sus escasamente resueltos conflictos políticos añejos, sus fantasías colectivas eternamente latentes y sus desbordantes leyendas, historias, rumores, maledicencias, esperanzas, solidaridades, pálpitos y trucos de magia.

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No era nada fácil, y por eso digo yo que me parece que había que meterse unos cuantos miedos en el bolsillo para poder. Lo “normal” es que esas cosas no se hagan, que cada cual se quede en lo suyo: los artistas a su arte, y los demás, a admirarlo. Y cuando digo “yo”, digo un tipo que creció en un pueblo también de árboles frutales, bastante más al norte, que nunca pisó Blanca, pero que siguió el proyecto a distancia con mucha ilusión. Lo seguí con emoción, sí, desde otro remoto rincón de otra monstruosa máquina de producir valor cultural: la universidad privada norteamericana, que me ofrecía el empleo que no había podido encontrar en España. En ese rincón había coincidido con Helena de Llanos, la “artista residente” en el Centro Negra, que es quien empezó esta historia, y quien ahora más o menos acepta que la llamemos “detonante” o incluso “motor” del proceso. El 15M nos sorprendió a Helena y a mí en ese rincón norteamericano, y allí compartimos la carcajada en la cara del miedo que supusieron para muchas personas los movimientos globales de las plazas, desde el 2011 hasta hoy. Sin duda espoleada por la potencia del 15M –y también por su trabajo con el colectivo Cine Sin Autor–, Helena se inventó “¿Hacemos una peli?” y se marchó a Blanca en el 2012. Abrió una presa para después tirarse de cabeza al agua y bucear ahí un buen rato, sin salir apenas a coger aire.

Y no se trata de idealizar el coraje de Helena, igual que cuando hablamos de lo que ha podido y puede hacer la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH), por poner un ejemplo no tan lejano como pudiera parecer: no estamos idealizando el coraje de personas como Lucía Delgado y las otras 5 activistas que fueron “detonantes”  y “motores” de la primera PAH.

Se trata de contar cosas concretas. Procesos que arrinconan al miedo. Y de los muchos miedos que había que meterse en el bolsillo para acometer NegraBlanca, dos me parecen centrales. Primero, el miedo a ponerse en la posición del “artista”, o en general, de aquel que produce cultura. Segundo, el miedo a hacerlo junto a aquellos a quienes no se les reconoce legitimidad para ponerse en esa posición.

Son muchas décadas de “grandes intelectuales” y de “grandes nombres”, de las “plumas más brillantes”, de las “cabezas más lúcidas de este país”. Son muchas ediciones de suplementos culturales de El País, de ARCO, de los Goya. Y el miedo no es solo a no ser lo suficientemente “artista”, lo suficientemente “genio”, lo suficientemente “inteligente”. Casi a veces parece que el miedo es más aún al posible ridículo que acecha a quien se aleje de esas figuras e instituciones del valor cultural. El miedo a no estar de vuelta de todo, el miedo a resultar ingenuo, a resaltar entre la espesura del cinismo imperante. A no haber leído lo suficiente para poder hablar, a no saber tanto como “los que saben”, a no ser lo suficientemente sofisticado, a no estar al día de lo que pasa en el mundo y en sus capitales culturales. El miedo a verse confundido con ese famoso monstruo llamado “la gente”: “es que la gente de este país es idiota”, “la gente lo que quiere es ganar dinero”, “la gente está abducida por la tele”, “la gente no lee”.

Qué, ¿te vas a un pueblo de Murcia a hacer una película con “la gente”?

En la película, hay un río, y una voz en off que dice:

“¿Cómo empezar una historia? / ¿hasta donde hace falta recordar? / La piedra nace con el mundo /El mundo ¿quién es? / El mundo es solamente una persona que va a terminar este mundo./ Hasta el fin del mundo. / Hasta el fin del mundo. /Un día moriremos no para dormir, /Sino para sacar la cuenta del pasado. /¿Cómo estamos en este mundo? /Una cuenta que nadie vivo puede sacar.”

Vemos las piedras, los frutales. Un posible origen geológico incontaminado es rápidamente desmentido por una precaria marca de pintura sobre la roca milenaria: alguien ha escrito “Blanca no vota”. La voz en off que recita esas frases es una voz extranjera al castellano. Eso, de alguna manera, no puede sino desmentir también cierta solemnidad inevitable. Pero además, antes ya, sobre el fondo del río, hemos oído muchas y plurales voces, acentos diferentes, registros léxicos claramente diversos hablando sobre la película. Ciudad y campo, jóvenes y viejas, educación formal o informal, escritura y oralidad. Todo ha resonado ya en esas palabras desde el principio, lo sabemos muy bien; nos hace falta muy poco para saberlo.

Porque en realidad, ¿quién no sabe que toda esa pantomima de “la cultura” es precisamente eso, un teatrillo? ¿Quién no sabe que si uno desvía la mirada de ese decorado orquestado por la gran máquina de fabricar eventos y productos culturales se va a encontrar no con un desierto, sino con una infinidad de materias vivas y en constante transformación? No es solo el pasado, las historias pendientes, sino todo lo que se está constantemente trabajando en lo cotidiano: una serie de historias y nociones que van constituyendo quiénes somos, qué es este pueblo de Blanca, dónde estuvieron y están sus límites, sus tesoros, sus potencias y sus agujeros negros. Si apartamos la vista del teatrillo de la cultura oficial nos encontramos con todo ese trabajo olvidado, que ahí está en marcha.

Hay un horno de leña, en la película, que conecta directamente por vía magia-cine con uno eléctrico. En un lado, el del pasado: las mujeres del pueblo hacen pan con sus manos, mientras cantan canciones populares, vestidas con ropas de otros tiempos. En el otro, el del presente: un panadero se va a jubilar y comenta con sus clientas la suerte que tiene por haber cotizado en la seguridad social, cosa que ellas no pudieron hacer cuando trabajaban haciendo esteras de esparto. “Haberlo exigido.” “Los jefes nos hubieran puesto en la calle.” “Ahora vuelven otra vez esos tiempos, que no van a cotizar por nadie.”

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Esas mujeres son un pilar fundamental sobre el que se asienta todo este otro trabajo, toda esta otra cultura, y podríamos decir toda esa otra especie de realidad paralela que conocemos muy bien, que está ahí delante de nuestras narices, pero tan devaluada que a veces parece que no existe. No cotiza. Pero ahí está: cuando Helena se presentó en Blanca, un grupo de mujeres al que en el pueblo llaman “las atrevidas” enseguida se apuntó al experimento, y la película fue posible en gran parte por ellas. Pero, ¿tan especial es Blanca? No quiero hacer sociología barata, pero sé muy bien que en todos los pueblos hay algo parecido a unas “atrevidas”, que en todos los pueblos hay mujeres que montan obras de teatro, que no dudan en empezar a hacer yoga a los 60 años, que traen comida y bebida a la plaza para hacer meriendas populares, que cantan en un coro y que, en fin, se apuntan a no quedarse en casa solas y a probar cosas nuevas juntas. Que se animan y se atreven. Por eso en Blanca las llaman “las atrevidas”.

Pero no son solo ellas. Si apartamos la vista de la televisión y del suplemento cultural, ¿qué pueblo (o qué barrio) no está lleno de gente que tiene “ganas de hacer cosas”, y de gente que las hace? Y para hacer esas cosas, hay historias, hay materiales que están ya allí, si los quieres usar. Se dice que desde el castillo de Blanca, “en tiempo de los moros”, se construyó una galería subterránea que lleva hasta el río. Se cuenta también que los moros tenían una máquina de hacer dinero escondida en alguna parte. En todos los pueblos hay también una o varias casas encantadas. En la de Blanca, si abres la puerta ves un asesinato que está sucediendo allí dentro eternamente, una y otra vez. Hay también un tipo que camina con un negro nubarrón sobre su cabeza, al que las lenguas maldicen y que habita los confines del pueblo. Porque los pueblos están llenos de habladurías y de maledicencias también, claro que sí. Y de heridas abiertas. Cuando los niños de Blanca empezaron a desarrollar sus historias de crímenes para la película, algunos adultos pensaron que estaban basadas en los crímenes reales que habían sucedido durante la guerra y el franquismo. ¿La realidad supera a la ficción? Más bien la realidad está construida con historias, y un pueblo, ¿no será al fin y al cabo las historias que es capaz de contar?

“¿Hacemos una peli?” potenció capacidades y cambió lo que Blanca cuenta de sí misma. Y por tanto lo que es. Dio a luz a una versión posible de Blanca: NegraBlanca. Hasta el siglo XII, Blanca se llamó Negra, por la peña Negra. Y es que otra de las cosas que descubres cuando dejas de mirar hacia las “grandes luminarias de nuestra cultura”, es que la cultura que no es ese teatrillo del prestigio. La cultura que se sostiene cotidianamente y no a base de “grandes eventos” o “grandes nombres” se hace con el cuerpo. Y que ese cuerpo no solo es blanco, ni “europeo”, ni de “clase media”. Ese cuerpo, además, necesita comer y ser cuidado para vivir, aquí y ahora, y por eso nada de esto es una especie de “folklore” que podamos arrinconar en el pasado.

Tampoco la memoria es solo la famosa “memoria histórica”, que tan afanosamente se ha dedicado a comercializar la inmensa máquina cultural. Se trata también una memoria del trabajo manual, de la subalternidad femenina, del hambre. “Como éramos ocho y no teníamos para harina, la cogíamos de la que tiraban a los marranos.” Una memoria bien presente y con efectos bien reales sobre el presente. Recreando el trabajo artesanal de esas estereras que fueron “las atrevidas” cuando eran jóvenes, nos topamos con las manos sangrantes de las estereras en activo (algunas de ellas visten un hiyab). Cuando la gente de Blanca traía ropa supuestamente antigua para las escenas ambientadas en el pasado remoto, la sorpresa es que muchas prendas eran en realidad solo de unas décadas atrás. El proceso que había puesto en marcha “la peli” había descabalado el tiempo. De pronto Blanca era mora otra vez, por sus calles corrían niños con chilaba, Blanca era republicana y franquista otra vez, Blanca era pre-capitalista otra vez, campesina, artesanal, comunitaria y caciquil y al mismo tiempo naufragaba en el maremoto neoliberal.

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Blanca había abandonado por un momento, gracias al experimento, el camino recto y teleológico de la Modernidad. La promesa del paraíso en la que se funda el capitalismo, que a su vez sostiene la cultura oficial, se había desvanecido por un momento. La máquina de hacer dinero y de producir prestigio cultural (y miedo) se había encallado. Como en el 15M, como en las plazas ocupadas, había hecho falta una cosa un poco rara (eso de quedarse a vivir en la plaza, eso de que hagan una peli los que no hacen pelis), para que el otro mundo que estaba allí latente apareciera, cobrara valor. Un mundo en el que cada cual trae lo que tiene, y entre todas se va construyendo la vida. En este mundo hacer una película es pasarse tardes ayudando a hacer los deberes a un “actor”, es que un peluquero se anime a ofrecer gratis unos peinados antiguos complicadísimos, es que personas que nunca pensaron que podrían estar en la misma habitación se hablen y tengan que tomar decisiones juntas, es procurarse alimento y cobijo colectivamente tanto como cámaras e iluminación, es que una mujer de pueblo a sus 70 años deje de pensar que no ha hecho nada en su vida, y diga que ahora se da cuenta de que ha hecho muchísimas cosas. Es una transvaloración. Algo parecido a esa “Spanish revolution” que nadie esperaba en 2011.

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Pero, finalmente, es más fácil hablar de Podemos. Es más fácil apresurarnos a hablar de las figuras emergentes de una nueva cultura. Hacer una lista de los nuevos políticos, de los nuevos intelectuales y de los nuevos artistas que van a ocupar el lugar de los que la crisis del 2008 se ha llevado por delante. Es más fácil constatar la emergencia de nuevos académicos, como Luis Moreno-Caballud, que se encarguen de convertir el 15M en un tema adecuado para la máquina de producción cultural. Los “nuevos nombres”. De ahí la duda que me asalta cuando me proponen publicar artículos como este, en los que nos arriesgamos a ser tragados por la máquina de miedo y de desprecio que es a menudo la cultura de los intelectuales y de los artistas. Y si me animo a hacerlo, es justamente porque me jode que, por lo menos cuando se habla del 15M, no aparezcan experimentos como NegraBlanca. Me animo porque pienso que si cuelo por aquí las historias de las que se animan, a lo mejor otros se animarán también.

Sin purismos, pero al mismo tiempo sin confundir las cosas. El 15M no es Podemos, y eso no significa que el 15M sea algo “puro”. Significa que hay cosas que sí se pueden conseguir sin representación en las instituciones políticas. Otras, fundamentales, vitales, no. Sin “máquinas electorales”, sin “grandes ideólogos”, sin campañas mediáticas se pueden poner en marcha procesos de empoderamiento colectivo que no, no son solo para jóvenes privilegiados de clase media. Lo hemos visto en la PAH. Procesos que sostienen vidas.

Sin necesidad de reproducir el exceso de autoridad individual que nos ha legado la cultura burguesa –y que el capitalismo explota–, sin necesidad de reproducir prácticas narcisistas, jerárquicas, patriarcales, tan enraizadas en las figuras del intelectual y el artista, se pueden poner en marcha procesos de experimentación con formas de vida: “cultura”. Negrablanca no está sola. Hay todas las dificultades y contradicciones que quieras, pero en los últimos años han surgido posibilidades para otras prácticas culturales, otros “empoderamientos” alrededor del 15M. Haré una lista rápida, corriendo así todavía más el riesgo de reducir a “nuevos nombres” estas prácticas, de convertirlas en mercancía empaquetada y lista para la máquina. Pero lo haré porque me llena de alegría la existencia de estas prácticas, y pienso que a otra gente le puede pasar igual si las lee aquí, y que a lo mejor, si no las conoce, va en su búsqueda.

Me llena de alegría que haya existido un colectivo musical como Orxata Sound System, que mezcla música tradicional valenciana con cumbia y dembow y que canta “omplim la vida de vida, un cos que vibra, juntes no tenim por!”. Igual que me llevé un alegrón cuando encontré el libro de relatos El sur, de Silvia Nanclares, en el que leí: “Todos fuimos adiestrados para servir y ser servidos por el capital. Para perpetrar convenientemente el fin de la Historia.” Me fascina ver como aún con todo en contra hay quien consigue estar a la altura de su tiempo; ser un grupo de música o ser una escritora y aún así ser a la vez otra cosa, no dejarse asfixiar por las expectativas de la figura del artista y del autor. Como María Salgado, la poeta que ha hecho vibrar el ruido del 15M como si fuera un mundo entero, capaz de hacernos existir por vía de un lenguaje lo suficientemente concreto y extraño. O el Niño de Elche, Le Parody, Pony Bravo y otras muchas que con la poesía y la música destrozan las barreras entre lo “popular” y lo “experimental”. Como otros proyectos que deliberadamente han trabajado para alterar las infraestructuras de la autoría y el prestigio narcisista: Fundación Robo en la música, o el propio Cine sin Autor en el audiovisual, o experimentos de relato oral colectivo como Somos CocaCola en Lucha. Y como otros colectivos experimentales, capaces de romper con la maldición pedagógica y la pasión por la desigualdad: Zemos98, el Seminario Euraca, la Escuela de Afuera

Y como otros muchos que seguro no conozco. Ojalá que este texto sirva entonces, por lo menos para cambiar eso: estoy en morenocaballud@yahoo.es, si me queréis contar algo que me alegre la vida.

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Luis abre este texto invitando a imaginar. Para cerrarlo extiendo la invitación hasta los recovecos de un valle encantado, el valle de Ricote. Uno de los pueblos que lo habita es Blanca, que junto con otros tres municipios da forma al último asentamiento morisco que permaneció en la península allá por inicios del siglo XVII. Blanca antes se llamaba Negra y aunque no se han encontrado documentos que atestigüen los motivos del cambio, quizás los caballeros de la Orden de Santiago, acérrimos defensores de la cruzada cristiana, tuvieron algo que ver. Ese sustrato morisco está más vivo de lo que parecería, está en los canales de irrigación que alimentan las huertas, llenas de albaricoques, melocotones y chatos en verano, de limones, naranjas y mandarinas en invierno. Está en los callejones de la zona vieja y está en el safaá, pan tradicional marroquí que venden recién hecho en la carnicería halal, a 50 céntimos de euro. Y está en Ammar, un hombre argelino de unos 45 años que vive en Blanca desde hace 15, al que conocí por pura casualidad.

Le explico por qué estoy en el pueblo, y le invito a que se una al proyecto y a que suba a La Negra cuando le apetezca. Ese fin de semana proyectamos una película (creo que era La aldea maldita, dirigida por Florián Rey en 1930, el mismo director que hizo una segunda versión más a gusto del régimen en 1942), y Ammar asistió. Recuerdo que no lo vi ni oí entrar; a mitad de la película me giro y lo veo en una esquina, lejos, apartado del resto, me dirijo a él con un gesto de la mano para que venga, pero responde con el brazo que no. Terminada la película, tampoco se acercó al pequeño grupo ni intervino en la conversación, pero al final, cuando las demás se fueron, se quedó un rato y estuvimos charlando. Así comienza su participación en el proyecto y una amistad que dura hasta hoy. Su condición de extranjero inmigrante y de persona sola en Blanca lo acercó más a nosotros, era de los pocos que se animaba a subir las cuestas que nos separaban del pueblo para llegar hasta La Negra, pero no asistía a las reuniones generales; decía que a la gente del pueblo no le gustaba. La primera vez que se animó a venir a una sesión de grupo, llegó un poco bebido, en parte para ser capaz de afrontar la situación. Al principio, algunas personas estaban algo incómodas con su presencia, poco a poco la cosa se normalizó. Un día una de “las atrevidas” consideró oportuno comentarme: “que digo Helena, que el moro, que por qué viene a las reuniones, que qué pinta él en la película.” “Pinta lo mismo que tú y que yo”, respondí, añadiendo algo vago sobre ser inmigrante, y seguimos adelante con el trabajo.

Ammar comenzó a participar desde su lugar discreto, cariñosamente respetuoso, habitando un perfil bajo que se transformaba en alto cuando bebía un poco. Siempre con ideas en la cabeza y dispuesto a echar una mano. A veces tomábamos unas cervezas al final del día, arriba en la montaña, y ahí Ammar se desplegaba en toda su potencia. A base de esos encuentros y de otros a plena luz del día, charlas por el río escuchando la música de su país por un pequeño altavoz que funcionaba con la batería de un Nokia de los antiguos, se fue creando un vínculo emocional importante. A menudo daba ideas para el guión, y si teníamos paciencia para escuchar su respuesta, su español es muy suyo, exponía delicadas apreciaciones que mejoraron la película. Casi nunca conseguía trabajar a cambio de dinero, siempre había algo en el aire pero no llegaba a concretarse, lo que permitió que pasara muchas horas en la oficina cinematográfica que teníamos en la montaña. Ammar tenía tiempo y ganas de hacer una película. Un día llegó con sus zapatos de cuero hechos a mano y su turbante; Irene Núfar seleccionó algunas ropas de Madrid, y así fue apareciendo el hombre que todo lo ve: un ser atemporal de origen árabe, que transita entre tiempos y espacios, que protege y facilita el camino de los distintos personajes por callejones moriscos, campos de limoneros y calles paridas por el desarrollismo franquista, entre sueños, soñando.

Durante la fase de montaje de la película, los últimos 2 meses aproximadamente, Ammar se sentaba junto a Miguel Ángel Rodríguez o junto a mí, o más atrás, un poco aparte, y miraba las pantallas, a veces comentaba algo o escribía en un papel, y así fue componiendo las palabras que harían de entrada y salida al mundo de NegraBlanca. Fuimos grabando su texto, matizando juntos y volviendo a grabar, así mientras nosotros hilábamos imágenes, él las devolvía (o resolvía) en palabras: un día moriremos no para dormir, sino para sacar la cuenta del pasado. ¿Cómo estamos en este mundo? Una cuenta que nadie vivo puede sacar.

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Efectivamente, NegraBlanca se fue elaborando como un pan o una alfombra de esparto, sin parar y con las manos, en un proceso que nos llevó nueve meses de cine-vida. No teníamos capital, solo unos pocos ahorros que nos gastamos en transporte, comida y discos duros, pero bien mirado, esto facilitaba inmensamente la gestión de presupuestos. Contábamos con la tecnología necesaria y nuestra energía, y podíamos permitirnos no cambiarla por dinero. Hablo yo, Helena, que se crió en ciudad capital, que poco conocía de la vida rural, y que llegó a Blanca sin apenas prejuicios sobre lo que podía encontrarse, o si acaso con prejuicios favorables, confundida por la cultura- espectáculo, escéptica ante las instituciones, curiosa y emocionada ante la idea de hacer una película con mucha gente, desde esa gente.

Hubo de todo, tomaduras de pelo por parte del ayuntamiento en la figura del alcalde-cacique, que constantemente me decía que sí, mirándome a los ojos. Hubo aprendizajes sobre un tipo de prestigio que articula las relaciones del pueblo con el poder local. Hubo enfados, malentendidos y cansancio, hubo un grupo de personas que por llamarse “artistas” y llegar al pueblo subvencionados por el Ministerio de Cultura acapararon los espacios destinados a la creación. Pero a la lucha por el control de los imaginarios se le escapa la gente que no para de hacer cultura. Se trata justo de eso. Para mí NegraBlanca constata que cuando hacemos cultura hacemos política, y si no que le pregunten a Sansi, en la película el leñador repudiado por las habladurías, que un día de rodaje, entre toma y toma, nos mira y dice: “Si fuéramos capaces de organizarnos y de ponernos de acuerdo para las cosas de la política igual que estamos haciendo aquí con la peli, anda que nos iría mejor a todos.”

Intercambio, interdependencia, escucha, experimento, relatos, conflicto, creatividad, historia, memoria, imaginación. Es precisamente la comunidad la que dota a “¿Hacemos una peli?” de la capacidad de existir. Nuestro método fue variando con el día y a día, trabajamos y nos relacionamos (nos cuidamos) en comunidad, lo cual tiene unos efectos, y pone en juego unos afectos, que son siempre políticos: la horizontalidad posibilita (¿hace que emerja?) una pedagogía del compartir y un entender el arte como motor-mecanismo de transformación social. Intentamos evitar la jerarquía tradicional todo lo posible, lo cual no implica que desaparezca la organización y la asignación de tareas, ni que esquivemos la realidad: es dificilísimo negociar y compartir el poder. Sin embargo, me resulta igual de evidente que la horizontalidad tiene repercusiones, algunas acaso inconscientes, en el modo en que nos pensamos y nos vivimos, afectando en formas insospechadas e imprevisibles a nuestra experiencia de lo real y a la vida de lo común.

Me cuesta fijar esta experiencia en palabras porque tiendo a pensar que el ejercicio se convertirá en una auto-palmadita en la espalda, una simplificación, una zona equívoca que evito a través del mero hacer, y de mostrar su resultado. El proceso de “¿Hacemos una peli?” puede seguirse en el blog que acompañó la andadura (hacemosunapeli.wordpress.com), y NegraBlanca puede verse online o descargarse (https://vimeo.com/112402824). ¡Buen viaje!

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La confluencia desde abajo ya ha ocurrido: el caso de Ahora Alto Aragón en Común

(artículo publicado en Rebelión)

No sé si habéis oído hablar de la confluencia que tuvo lugar en Huesca para las pasadas elecciones generales, Ahora Alto Aragón en Común (AAAeC). Probablemente no, y si me dejáis, me gustaría preguntarme por qué.

A 5 años del 15M, intento no dejar nunca de recordarme a mí mismo una de las sensaciones más potentes y sorprendentes que viví en ese momento. No es un cosa mía particular, la he contrastado en muchas conversaciones con personas que me dicen que también la sintieron. Fue la emoción de encontrar a tanta gente que de una forma u otra “estaba en lo mismo”, “pensaba igual”, “se juntaba”. ¿De dónde había salido toda aquella gente? ¿Dónde habían estado antes todas esas personas que aparecieron en las plazas, en las redes, en las calles, en las asambleas, en la simpatía generalizada que recibió el movimiento? ¿De dónde habían salido todos aquellas nuevas amigas y amigos?

De esa sorpresa nació una experiencia de confianza en la posibilidad de tener algo en común con la inmensidad de desconocidos que nos rodea. No sé para vosotras, pero para mi desde el 15M ya no es lo mismo pasear por la calle, ir a un parque público, entrar a comprar en el supermercado, tomarme una caña en un bar. Sé que puedo estar rodeado en ese mismo momento de gente que pasó por las plazas, que se emocionó o se indignó, o que por lo menos dijo “ya era hora de que esta juventud hiciera algo”. Más que nada, lo que no puedo ya dar por hecho es que la persona que está a mi lado clavándome el codo en el vagón de metro, la que me molesta con la radio demasiado fuerte, la que se cruza en mi camino haciéndome dar un traspiés, sea alguien con quien no puedo hablar o entenderme. Incluso, ¿por qué no?, un potencial compañero o compañera.

En mi asamblea del 15M (algo peculiar, por ser una de las que hicimos los emigrados en ciudades de todo el mundo, pero en realidad no tan diferente a las demás), había gente con la que a lo mejor nunca hubiera pensado que podría tener nada que ver. Gente a la que tal vez nunca hubiera mirado a la cara; esos “bultos” que van por la acera, esas sombras a veces casi hostiles en las que nos convierte la “prisa urbana” (eufemismo para evitar decir: “el capitalismo”). Y sin embargo, con esa gente compartí algunos de los momentos de complicidad más intensos de mi vida.

He hecho el esfuerzo de no olvidar esa sensación en estos cinco años, porque me parece que había allí una lección que necesitaba y sigo necesitando. No se trata de idealizar, ni de caer en el “buenismo”. Pero sí de una liberación: quitarse de encima ese prejuicio tan arraigado –en la izquierda, en el mundo de “la cultura”, en España- de pensar que “el común de los mortales” o es estúpido, o, cuando menos, es un ser esencialmente ajeno, algo de lo que uno necesita apartarse para existir. Esa idea de “la gente” como una especie de masa informe de la que hay que desconfiar. La idea de que uno no es “la gente”, de que de la gente se habla siempre en tercera persona. Creo que para muchas el 15M fue liberarse de ese prejuicio.

Sí, somos la gente.

Yo crecí en un pueblo de la provincia de Huesca, Fraga, en el que se habla catalán, pero toda mi familia es de Caspe, pueblo castellano-parlante de la provincia de Zaragoza. Ese cruce de lugares y lenguas, desde luego no contribuyó mucho a que me sintiera de algún sitio durante mi infancia y adolescencia. Si a eso le añades que me marché a los 18 años para vivir en Barcelona, luego Madrid y desde hace ya trece años en Estados Unidos, pues imagínate. Esa deslocalización, esa diáspora en la que andamos no sé ya si una generación o varias, no ayuda nada a ponerle cara y sacar de ese mito de lo informe a “la gente”. ¿La gente de dónde, si uno no consigue dejar de estar de paso?

Con el 15M, para mi sorpresa, volvió esa afinidad y esa identificación con “la gente”, y con ella volvió para mi también un lugar, Huesca, el lugar donde había crecido. Entre el caos de hiper-actividad y sobre-información del momento, me llegaban signos muy buenos de lo que pasaba en la provincia pirenaica, señales de un 15M oscense muy potente, de asambleas en los pueblos, de nuevos encuentros entre gente a la que le valió de mucho encontrarse, y de renovada energía para quienes no se habían conformado con la identificación del mundo real con el neoliberalismo.

Después, en el momento en que la energía del 15M empezó a canalizarse en gran parte hacia lo electoral, de nuevo era de allí de donde, con mayor sorpresa aún si cabe, llegaban las mejores noticias. En Huesca estaban consiguiendo eso que en principio parecía que iba a ser tan fácil pero que luego se volvió de pronto tan difícil: crear una herramienta electoral capaz de estar a la altura de las exigencias del 15M. La herramienta se llamó, y se llama Ahora Alto Aragón en Común (AAAeC), y ya otras compañeras y compañeros han contado con precisión su breve historia: aquí y aquí. Sí, se trata de una “confluencia desde abajo”, con primarias abiertas, con presencia importante de las redes ciudadanas del 15M, no manipulada por decisiones de partidos, y que encima logró acabar con el imperio del bipartidismo en una provincia de 3 diputados como es Huesca, presentándose en coalición con Podemos, pero con un cabeza de lista independiente.

Lo que yo quiero añadir es simplemente una pequeña reflexión sobre por qué quizás no hemos oído hablar más de este caso, que podría haber sido exhibido a diestro y siniestro como una pequeña pero significativa victoria. ¿No será que una vez más, volvemos a creer con tanta fe en la incapacidad de “la gente” que llegamos hasta a negar lo que tenemos delante de nuestros propios ojos? Esa famosa “confluencia desde abajo” de la que tanto se habla y que tan inalcanzable parece, ya sucedió. En las pasadas elecciones, en Huesca, una provincia, sí, pequeña. Pero, ¿más que un problema de tamaño no será que Huesca es un lugar demasiado apto para ser identificado con esa masa informe e insignificante que sería “la gente”, para ser identificado con esos bultos incapaces que supuestamente nos rodean? ¿No será que no vemos a Huesca y a AAAeC porque no queremos mirar a la cara de la gente, es decir, a nuestra propia cara?

A 5 años del 15M, mi agradecimiento a lxs compañerxs de AAAeC por recordarnos que sí es posible hacer las cosas desde abajo, también en el plano electoral, y que aunque la política institucional esté llena de compromisos eso no significa que nos tengamos que conformar con una política de “grandes líderes”, ni que tengamos que ponernos a hablar de repente como políticos profesionales, ni que pensemos que tenemos que “darle a la gente lo que quiere”, porque lo que quiere la gente lo decidimos entre todxs nosotrxs.

 

 

 

 

 

 

 

¿Podemos volver a emocionarnos?

Hace unas semanas, un Pablo Iglesias visiblemente cansado le decía en una entrevista al filósofo Santiago Alba Rico que Podemos había perdido cierta capacidad de emocionar, y les pedía a quienes habían mantenido la frescura que contribuyeran aportando nuevas historias. Alba Rico, a su vez, reconocía la dificultad de transmitir mensajes políticos adaptándose al lenguaje de los medios de masas: “tener que decirlo todo en 10 segundos”.

Se ha hablado mucho de la relación de los líderes de Podemos con los medios y no quiero entrar a valorar aquí sus estrategias. Parto del reconocimiento al trabajo de las compañeras y compañeros. Pero sí quiero contribuir a recuperar algunas historias que creo que pueden todavía emocionarnos, especialmente si nos damos la oportunidad de no contarlas en 10 segundos.

Pienso en varios momentos recientes en los que la Voz del Telediario iba por un lado, y las voces de los “cualquiera” iban por otro. El pásalo de los teléfonos móviles tras el 11-M, el clamor de los primeros días del 15-M -ausente en las portadas de los periódicos-, los últimos momentos de la campaña municipal, particularmente el #EfectoCarmena que recorrió las calles y las redes de Madrid ocupando una frecuencia imperceptible para los dos o tres grupos mediáticos que gobiernan el estado (de opinión) español. Momentos en los que las calles y las redes dicen una cosa, y los medios de masas, otra.

Era esa misma mujer, Manuela Carmena, la que le espetaba en esos días a una periodista conservadora en pleno prime time: “no me hagas preguntas de sí o no, eso era en el catecismo”; la que una y otra vez se negaba a contestar a preguntas estúpidas y malintencionadas, poniendo en evidencia su estupidez y su mala intención, aunque le llevara más de 10 segundos. Y la votaron muchas madrileñas. Porque, como muy bien sabe Alba Rico (guionista de La Bola de Cristal), se puede hacer televisión sin necesidad de actuar como si la gente fuera idiota. Algo así le oí decir a Santiago Auserón en el mitin de cierre de campaña de Barcelona en Comú: “estamos hartos de que nos traten como si fuéramos tontos”. Se puede, entonces, como hizo Ada Colau en Madrid, acabar otro mitin crucial con una cita oculta al filósofo Spinoza: “¡Contra las pasiones tristes, contra el aburrimiento, y con muchísima alegría, afirmando la vida y nuestros cuerpos por delante de todo!”

Es la otra pata del “no nos representan”: no sólo los políticos, también eran los grandes medios, los tertulianos, los opinadores, los expertos, los que no nos representan. Todo ese entramado mediático-cultural que se sustenta sobre la idea de que la gente somos idiotas. Sobre la idea de que la inteligencia sólo es la de los saberes especializados, las de los tecnócratas, la que se puede traducir en dinero. Inteligencia patriarcal, individualista y productivista a la que el 15M opuso su inteligencia feminista, afectiva, colectiva y solidaria.

La historia que cuentan los medios es sencilla: cada uno va a lo suyo, los políticos engañan, la gente quiere su seguridad y bienestar personal. Los medios se dedican a difundir esa imagen mediocre y lamentable de la realidad. Sin embargo, ahí está la PAH, la Marea Blanca, la Marea Verde, la Marea Violeta, la Marea Granate, Gamonal, Can Vies, la marcha contra la violencia machista y tantas otras cosas. No es sólo “protesta”, no es sólo “indignación”, no es tampoco siquiera una cuestión de altruismo contra egoísmo. Son mundos en los que la gente perdemos el miedo a ser considerados idiotas, nos damos cuenta de nuestras capacidades cuando estamos juntas, de nuestra potencia colectiva. Son mundos en los que nos damos a nosotras mismas otra vida, más alegre, más inteligente. Nos comprometemos a ayudarnos, no porque seamos “muy buenas personas”, sino porque nos da asco la vida de aislamiento, desconfianza y miseria a la que nos condenan.

Me parece que a esos mundos es a dónde podemos ir para encontrar historias que vuelvan a emocionarnos. Conocí el otro día por casualidad a un chico turco: a los dos minutos pronuncié la palabra “Gezi” y ya era como si nos conociéramos de toda la vida. Los dos habíamos vivido lo mismo: un momento de ruptura en el que en un país que parecía condenado a confirmar la imagen miserable que sus políticos y sus medios proyectaban sobre él, se negó de pronto a hacerlo. “La sorpresa más grande fue descubrir de repente que había muchísima gente igual que yo, que pensaba lo mismo que yo”.

Una y otra vez, se nos reprochará que creemos que todo el mundo es como nosotros, que no sabemos ver más allá de la gente que tenemos a nuestro alrededor. Ombliguismo, wishful thinking, etc. Pero hemos visto multitudes salir a las calles a contradecir lo que las encuestas decían de ellas, lo que los telediarios decían de ellas, lo que la versión oficial de la realidad decía de ellas: que la gente es egoísta, que busca sólo su propio interés, que es incapaz de sostenerse sin un Estado que la organice.

Sabemos que aunque las plazas de 2011 no hayan durado, eso no borra su valor. Que las fuerzas de la versión oficial de la realidad hayan recuperado su pulso en momentos de bajada de marea como el actual, no borra el valor de las insurrecciones pequeñas y grandes que constantemente siguen teniendo lugar. Alguien me dijo una vez: “lo que pasa, no despasa”. Por el camino, otro imaginario, otra sensibilidad se va fraguando. “Otra idea de la vida, que consiste, por ejemplo, en compartir antes que en economizar, en conversar antes que en no decir palabra, en luchar antes que en sufrir, en celebrar nuestras victorias, antes que en defenderse de ellas, en entrar en contacto antes que en ser reservado”. Sabemos ahora que tenemos muchas amigas y amigos por el mundo, muchos a los que todavía no conocemos.

Y a lo mejor nos resulta difícil emocionarnos cuando quien marca los términos y el lenguaje es el aparato depresivo-informativo y su política de “los mejores”. Pero quizás lo que sí podemos es, como los zapatistas, hacer una especie de “otra campaña”. Como la PAH, plantear las cosas en nuestros propios términos: “¡Sin #Las5delaPAH, yo no os voto!” Una campaña paralela, una campaña no tanto por un partido, sino por el entusiasmo, una especie de #OccupyPodemos resucitado, una campaña que vampirice lo electoral para segregar la alegría que nos hace fuertes. Como la Marea Granate de los emigrados, que hace su propia campaña, que reclama los #DosMillonesdeVotos que otra vez nos van a robar en estas elecciones. Como la pequeña campaña, a pie de calle, de Ahora Alto-Aragón en Común/Podemos, que ha conseguido en Huesca la generosidad que ha faltado a nivel estatal para lograr la famosa confluencia. Como la campaña que hacen cada día miles de amigos tuyos, a los que a lo mejor no conoces, para que la vida deje de apestar a miedo, a desconfianza, a miseria y aislamiento. Otra campaña.

Una que a lo mejor nos llena de tanta potencia y alegría, que hasta logramos, entre otras cosas, volver a entusiasmarnos con Podemos y votar.

Turkey