“Expertos en todo” y culturas democráticas: ¿nos libraremos del 78 en 2015?

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(este artículo saldrá publicado en el número 3 del fanzine El Burro, en diciembre de 2014)

Noche del 23 al 24 de mayo de 1978: Alfonso Guerra, del PSOE, y Abril Martorell, de la UCD, se reúnen en un reservado del restaurante José Luis para negociar 25 artículos clave de la futura Constitución Española. En cinco horas nocturnas, de las diez a las tres de la madrugada, estos dos políticos decidieron cosas tan fundamentales para el futuro de los (así llamados) “españoles” como que su estado iba a ser definido como una “monarquía parlamentaria”, que sus representantes iban a ser elegidos mediante una ley electoral que favorecía a los partidos políticos mayoritarios, que su educación no iba a tener lugar en una escuela pública única y laica y que, finalmente, la propia Constitución que disponía todo esto iba a ponérselo muy difícil para introducir cualquier cambio en ella desde la ciudadanía.

¿Cómo puede llegar a concentrarse tanto poder en tan pocas manos? Guerra y Martorell ni siquiera formaban parte del grupo de los 7 expertos oficialmente encargados de escribir la Constitución. Ni siquiera habían estudiado derecho. Pero, según el propio Guerra, tenían “una cosa que para un jurista es fundamental: el sentido común”.

“El sentido común”. Dos personas, mano a mano, en un reservado, decidiendo nuestro futuro porque “tienen sentido común”.

Michel de Certeau ha explicado que en el mundo moderno occidental se abrió una gran brecha por la cual un tipo específico de saber humano -la tecno-ciencia- quedaba legitimado, y el resto se veían relegados a lo “primitivo”, a la “superstición”. Una marca fundamental de esa legitimidad ha sido la especialización, reconocida mediante títulos universitarios. Pero esa especialización ha producido al mismo tiempo un efecto paradójico: a menudo al especialista se le acaba considerando una persona “autorizada” en general, un Experto a secas, olvidando que su competencia se refiere a un tipo de conocimiento especializado en particular. Es así como, por arte de magia, el “experto en algo” –en una cosa determinada y concreta- acaba por convertirse en “experto en todo”.

Los “expertos en todo” pasan a ser así simplemente “los que saben”, frente al resto, que automáticamente pasan a ser “los que no saben”. En lugar de que cada cual aporte sus saberes y capacidades concretas, que tendrían un valor u otro según la situación que las requiera, se tiende a organizar la sociedad como si hubiera unas pocas personas cuya valía fuera intrínseca y absoluta, y a ellas hubiera que preguntarles siempre y sobre todas las cuestiones: desde las técnicas, hasta las éticas, pasando por las políticas, claro. Se trata de esa gente de la que se dice que “están muy preparados”, sin que se sepa a veces muy bien para qué están preparados. Y a menudo sus opiniones personales se acaban percibiendo como “sentido común”, no necesariamente porque representen lo que la mayoría piensa, sino más bien porque se espera que todo el mundo piense como ellos.

El “experto en todo” acaba convirtiéndose así en un representante autorizado de ese “sentido común” que Guerra considera la clave del éxito de Martorell y él mismo como artífices de la norma legal de convivencia social que lleva casi 40 años operando en el estado español.

Me parece que si del ciclo de movimientos y procesos políticos surgidos en torno a la llamada “crisis económica” (15-M, PAH, mareas, Podemos, Ganemos, etc) va a emerger algo más que un recambio de élites o un maquillaje que permita la permanencia de las actuales, probablemente uno de los factores decisivos será el desplazamiento de este modelo de autoridad de “los que saben”, de los “expertos en todo”. Aunque excede por completo a las posibilidades de este texto el demostrarlo, quiero proponer que ese modelo es una de las claves de lo que algunos han llamado “Cultura de la Transición” (CT): ese establishment surgido a finales de los ‘70 y que en su despliegue combina los mitos de la intelectualidad liberal (Autores) con los del neoliberalismo empresarial (Expertos).

Pero, ¿cómo desplazar ese paradigma?

Se ha empezado a hacer ya, mediante formas de cultura colaborativa no elitista.

Pensemos en la Plataforma de Afectados por las Hipotecas. Si la PAH es hoy en día una de las instituciones con mayor legitimidad en el estado español no es porque esté capitaneada por unos “expertos”. Es, me parece, porque se trata de un movimiento social abierto a cualquiera en el que se cultivan y se ponen a colaborar saberes y capacidades diversas como la solidaridad, la empatía, el cuidado mutuo, los conocimientos jurídicos, el análisis de políticas públicas, la comunicación, etc. En la PAH hay saberes especializados, claro que sí, pero no se utilizan para crear una distinción entre “quienes saben” y “quienes no saben”, sino que más bien se construyen las condiciones de posibilidad para que todo el mundo pueda aportar lo que ya sabe o lo que ya puede hacer, y para que además mediante esta colaboración se multipliquen las capacidades y saberes de todos. Dudo mucho, la verdad, de que la PAH hubiera sido capaz de parar más de 1000 desahucios y de realojar a más de 1000 personas si se hubiera basado en la cultura de los “expertos”. Lo que ha hecho ha sido “empoderar” las capacidades de cualquiera.

Ahora bien, ¿es la PAH un caso aislado, una especie de anomalía? No lo creo. Frente a la creencia en la supuesta excepcionalidad individual de expertos a los que habría que otorgar toda la autoridad, existen históricamente otras tradiciones culturales que reconocen la interdependencia colectiva como fuente principal de riqueza social y cultural, riqueza en la que cualquiera (y no sólo individuos excepcionales) participa de forma cotidiana. Hay una historia larga que serpentea entre las culturas tradicionales rurales, las culturas obreras, las contraculturas juveniles, las culturas de lo público e incluso la ética de un cristianismo solidario que vemos resurgir en estos años de la “crisis”. Una historia de prácticas de colaboración a la que las culturas digitales, aún con su vulnerabilidad frente a la cooptación neoliberal, han aportado un rico y fértil capítulo.

Por eso la PAH no está sola. Hay Centros Sociales Autogestionados, instituciones relacionadas con la Cultura Libre, Mareas en defensa de lo público u otras como la Marea Granate (de los emigrados), proyectos de economía solidaria, colectivos de investigación, e infinidad de redes activistas, culturales, vecinales, o simplemente de sociabilidad y amistad que tienden, con mayores o menores dificultades, a empoderar las capacidades de cualquiera mediante la colaboración y el respeto a saberes y aptitudes diversas.

Se dirá que estas redes no han sido capaces de cambiar las políticas públicas, que son reductos minoritarios. Tiene algo de cierto. Y los dispositivos como Podemos y los Ganemos surgen para suplir esa carencia. Ahora bien: si para conseguir el poder institucional estos dispositivos tienen que funcionar fomentando la cultura autoritaria del “experto en todo”, entonces, tenemos un problema, ¿no?

¡Eh! Que yo también quiero que los niños coman, que no echen a nadie de su casa, que haya una masiva redistribución de la riqueza. Que eso es lo primero, claro que sí. Antes de empezar a tachar este texto de “asamblearismo ingenuo”, o “elitismo democrático”, atentos, por favor, al matiz, que creo que no es menor: yo no sé si de verdad para ser “eficaz” en la conquista de las instituciones políticas hay que meterse tanto en el papel del “experto en todo” como se están metiendo algunos compas, especialmente en Podemos. Probablemente es muy difícil hacerse un sitio en la arena mediática sin jugar a eso. Pero, en cualquier caso, como no soy yo el que está trabajando en esos dispositivos electorales, y está claro que alguien tenía que hacerlo, pues todo mi respeto para ellos y mi apoyo total, y mi total agradecimiento. ¡Ánimo valientes que os echáis a esas arenas llenas de fieras! Si llega el bendito día en que podáis poner en marcha políticas como la Renta Básica Universal, pues obviamente la democracia económica va a facilitar mucho que haya también democracia cultural, es decir, que la gente no nos quedemos achantados ante los supuestos “expertos en todo” (aunque, es verdad: Podemos y los Ganemos empoderan también de otras formas ya aquí y ahora: mediante el desbloqueo, la esperanza y formas de participación múltiples, que ahí están). Pero en cualquier caso, ¿no estaría bastante bien que fortaleciéramos al máximo esos otros dispositivos que empoderan las capacidades de cualquiera sin correr los riesgos que entraña el jugar al juego de la autoridad excesiva del “experto en todo”?

Es lo único que digo. No vaya a ser que empecemos a pensar que todo se juega en Podemos. O que todo lo demás no son más que “culturas de resistencia”, movimientos sociales que protestan, o que en todo caso pueden servir como viveros de futuros expertos que se integrarán en la gestión del nuevo estado. Alguien tiene que mantener en marcha prácticas de convivencia en las que los saberes técnicos y especializados no se conviertan en pasaportes para una autoridad excesiva, prácticas que nos entrenen en la habilidad de componer lo que cada uno sabemos hacer con lo que los otros saben, sin que lo que unos saben acabe aplastando las capacidades de otros. Cosa que, ojalá no pasara, pero que, como nos muestra la historia cultural del estado español, tiende a pasar, ¡y mucho!

Ya que parece que el fuerte de Podemos (en tanto que recurra -voluntaria o involuntariamente- a la autoridad del “experto en todo”) quizás no es -por el ahora- el empoderamiento de las capacidades de cualquiera, aunque sí sirve estupendamente para alcanzar el poder institucional, pues tal vez mejor no pedirle que haga lo que no puede hacer, y entonces fomentar que esa otra parte la sostengan los colectivos y redes que ya la vienen practicando. Pero entonces, claro, ¡máximo respeto entre esos diferentes dispositivos que conviven haciendo labores diferentes pero necesarias!

No vaya a ser que nos emocionemos tanto con el “asalto” a las instituciones que acabemos redactando constituciones en reservados.

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*Imágenes:Company of Men 2001, de Melanie Baker, carboncillo sobre papel, 540 x 156 inches + foto del blog “¿Hacemos una peli?” (proyecto de cine participativo)

Podemos: la crisis de un modelo cultural autoritario

(artículo publicado en Diagonal)

AsambleaCiudadanaEn estos días se va a decidir el modelo organizativo de Podemos. Está en juego que este proyecto político se parezca poco o más bien casi nada a los partidos tradicionales. Las propuestas más aceptadas hasta el momento coinciden en defender un modelo fuertemente participativo, con una Asamblea abierta a todo el mundo que se celebraría presencialmente cada dos o tres años y que se mantendría activa permanentemente a través de las redes. Pero hay diferencias importantes. Algunas propuestas dan más poder a esa Asamblea, otras a los órganos que se encargarían de llevar a cabo sus decisiones. En este debate está en juego también algo que quizás es más difícil de ver a simple vista: cuál es la mejor manera de responder a la presente crisis de autoridad de “los que saben”.

Y es que en las sociedades modernas tendemos a comportarnos como si existieran personas “que saben” y otras “que no saben”. A los primeros se les da prioridad para gestionar la vida en común (la política, la economía, los valores, etc). Los segundos pueden aspirar a ascender al otro grupo siempre y cuando demuestren haber cumplido una serie de requisitos pedagógicos, establecidos por los primeros. La profunda crisis económica y política que atraviesa el estado español ha hecho tambalearse este sistema cultural jerárquico: ¿Por qué tenemos que hacer caso a unos que se supone que saben cuando su gestión de la vida en común es desastrosa y corrupta? ¿Pero es que realmente saben? Ante esta pregunta aparecen dos opciones: sustituir a estos “que saben” por otros que “sepan más”, o bien mandar al infierno la distinción entre “los que saben” y “los que no saben”, y empezar a reconocer que todos sabemos algo, y que de hecho sabemos más y aprendemos más unos de otros cuando cada cual aportamos lo que podemos.

Esta segunda opción la hemos visto en la PAH, en las Mareas, en el 15M. No se han parado más de mil desahucios porque unos expertos nos hayan explicado cómo hacerlo, sino porque hemos confiado en nuestras propias capacidades para hacer frente colectivamente al problema de la especulación con la vivienda. No se ha impedido la privatización de hospitales en Madrid porque los médicos se hayan defendido corporativamente, sino precisamente porque la Marea Blanca se comportó como un movimiento abierto a cualquiera. Y lo mismo sucedió con el 15M: no suscitó el apoyo masivo del 80% de la población precisamente porque presentara una nueva vanguardia de líderes, sino porque la colaboración en las plazas tendía a sacar lo mejor de todo el que se acercaba. En ningún caso estas y otras muchas experiencias similares han despreciado a los saberes especializados o técnicos. Por el contrario, los han integrado y combinado con otras muchas capacidades y habilidades: cotidianas, de cuidados, éticas, relacionales, comunicativas, emocionales, creativas… En definitiva, en esta especie de revolución democrática se ha puesto en vigor el derecho de cada cual a participar en la elaboración colectiva de una vida digna. Una elaboración que no puede ser dejada en manos de ‘expertos’.

Podemos y otras plataformas surgidas en los últimos meses -como los diferentes Ganemos- han supuesto para muchos una esperanza de llevar esa lógica de empoderamiento colectivo a la política institucional. Pero en la enorme y caótica amalgama que hoy por hoy es Podemos, el modelo cultural autoritario tiene todavía cierto peso. A veces es como si se diera un paso atrás: cuando hablamos de gestionar cosas más complejas que un edificio recuperado por la PAH o un Centro Social, o una acampada, o un huerto urbano, aparece una especie de miedo escénico que nos lleva a volver al modelo de la autoridad única de los ‘expertos’. Entonces empezamos a hablar en tercera persona: “los de Podemos son gente muy preparada”. Pero, ¿no íbamos a ser todos los que cambiáramos las cosas? No es de extrañar que aparezca el miedo, por lo demás: es razonable pensar que Podemos va a conseguir poder institucional, y por tanto lo que está en juego es una posibilidad mucho mayor de intervenir sobre cuestiones que afectan directamente al pan, la salud y la vivienda de mucha gente. Hay mucho en juego.

Y además: pasar de un modelo cultural autoritario a otro más democrático no es simplemente una cuestión de elección. La desigualdad cultural, como la desigualdad económica, es uno de los pilares que organizan el modo de vida competitivo (neoliberal) que se ha infiltrado en todos los aspectos de nuestra existencia. El filósofo Jacques Rancière habla de una ‘pasión de la desigualdad’: prefiero pensar que hay gente superior a mí porque así me reservo la posibilidad de que al mismo tiempo otros se sientan inferiores con respecto a mí. Es una forma de vida. Para abandonarla hay que adoptar otra, y no siempre hay PAHs, Mareas o 15Ms que ayuden a hacerlo.

¿Es posible convertir Podemos en otra de esas herramientas colectivas para abandonar la lógica de la competición y del autoritarismo cultural? Me parece que afortunadamente hay mucha gente intentándolo.

¿Es mejor que Podemos tenga un solo portavoz o varios? ¿Es buena idea que algunos de los miembros de sus órganos ejecutivos sean elegidos por sorteo? ¿Es adecuada la presencia de personas asociadas con Podemos en programas de televisión? No son cuestiones meramente técnicas o de estrategia política, no pueden ser entendidas sólo como asuntos a decidir por una vanguardia de avezados politólogos. Si Podemos va a ser de todos, entonces los saberes y capacidades no especializados ni técnicos tienen que tener cabida en la configuración de su estructura y sus prácticas. ¿Un partido político que no reproduzca las jerarquías culturales autoritarias, que active las capacidades de cualquiera? Bueno, ¿por qué no? La verdad es que ya llevamos un tiempo viendo pasar cosas muy raras en el estado español.

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Un viaje al primer verano de Podemos

“No les van a dejar”. “Son gente muy preparada”. “¿Tendrán tiempo para conseguir suficientes candidatos que se presenten en las listas?” “A mi no me gusta ningún partido político, pero les voy a votar”. “Les han insultado tanto que la gente aún les apoya más”. “Se han bajado los sueldos”. “Los del PP y el PSOE están acojonados”.

Y una especie de esperanza contenida, un estar a la expectativa pero sin querer hacerse demasiadas ilusiones: eso es lo que hemos visto este verano, en otro de nuestros regresos siempre insuficientes y algo perturbadores a esa Ex-paña de la que nos fuimos hace ya algún tiempo.

Yo me fui a Nueva York para dos semanas y llevo 11 años aquí. La universidad española me había vomitado, como a tantos otros, y andaba sin oficio ni beneficio, escribiendo cosas en plan freelance. Mi compañera se había hecho un hueco precario pero adictivo en el caos neoyorquino, que tiene mil maneras de masticarte. Después de unos años me enteré de que podía estudiar un doctorado en español en USA; lo hice, me saqué una plaza de profe de literatura en Filadelfia. Ahora tenemos un hijo que ya dice algunas palabras en inglés con una pronunciación perfecta que nosotros nunca lograremos.

Pues bien. Llegó 2011 y la politización de las vidas: como a tantos otros el 15M y Occupy Wall Street nos dieron espacios comunes -pequeños oasis de encuentro en medio de la constante obligación de buscarse cada cual la vida por su cuenta. Espacios físicos, pero también afectivos, espacios muy precarios, claro, porque por todas partes reaparece ese buscarse la vida, en mil formas que nos enfrentan, que nos agotan, que nos convierten en seres autopromocionales y depredadores. Yo trabajo para una universidad privada en la que la matrícula anual cuesta 47.668 dólares. Dependemos del juego del dinero para sostener nuestras vidas: casa, comida, atención médica, guardería, etc. Tenemos la enorme suerte de pertenecer a ese sector de la población que por lo menos tiene acceso al juego. Desde 2011, tenemos incluso la suerte de poder escamotear algo de tiempo al juego, para intentar seguir manteniendo esos espacios en los que intentamos –siempre con muchas dificultades y contradicciones- que no todo pase por el dinero, que no todo pase por la competición. Por lo menos hacer sitio para imaginar otra cosa.

Cuando volvemos a España encontramos a nuestros amigos y a nuestras familias con sus historias de buscarse la vida. Todo el talento, las ganas, el cariño. Verdaderos despliegues de imaginación y esfuerzo en medio de la aridez. Más niñas y niños van llegando, otros crecen, todo sigue misteriosamente adelante, pero lleno de cicatrices y heridas profundas por dentro.

Miro a los ojos de mi amigo. Quién me iba a decir que las cosas iban a ir así. Soy de esas personas que sigue manteniendo a su pandilla del colegio. Pero ellos están aquí y yo allí. Desde el 15M a veces nos da apuro, pero no dejamos de sacar la conversación sobre “lo que está pasando”. Detectamos esa contención, incluso ahora. Para nosotros es más fácil ilusionarnos, eso seguro. No estamos trabajando 12 horas al día en una empresa de mierda, no nos acaban de echar, no hemos tenido que volver a vivir con nuestros padres.

Y sin embargo. Mi hermana me cuenta que están en una asociación haciendo cosas para mejorar la escuela del pueblo. Mi madre sigue con sus grupos de lectura, cada vez hay en más sitios. Mi cuñada y su marido renuncian a producir más vino ecológico del que pueden hacer bien, aunque lo podrían vender, y tienen que matarse a trabajar. Un amigo ha conseguido hacer su vida en bici en la ciudad, y quiere que le defiendan más a las bicis. Otra anda en un grupo de madres solteras por elección, nos cuenta todas las cosas que la ley no les reconoce. Mi suegro ha oído lo de la derogación de las rentas antiguas y está preocupado por perder su piso a los 80 años.

Pero cuando sale Podemos en la conversación, a pesar de la generalizada ilusión –contenida- cuesta hilar el tema, es como si ese fuese otro capítulo. Comentamos resultados, encuestas. Hasta su jefa ha votado a Podemos, dice mi cuñado. “¿Viste como dejó en ridículo a Esperanza Aguirre?”. Constantemente reaparece la referencia a esos personajes, a esos archi-villanos que de pronto son muy importantes para canalizar algo, para dar nombre a algo (Marhuenda, etc…). Nos sorprende como siempre se vuelve a ellos.

Mis padres están intentando contribuir a poner en marcha el círculo Podemos de su comarca y vamos con ellos a una reunión. Dos temas dominan la conversación: por un lado, hacer programas electorales para los pueblos (lo cual implica también, aunque no se dice, elegir candidatos para que se presenten con esos programas). Por otro lado, conectarse con cosas que la gente ya está haciendo (luchas contra el fracking, agricultura cooperativa, turismo sostenible, etc…). En Guanyem Barcelona oímos mucho la idea de “no queremos sustituir a nadie”. No tanto en Podemos, aunque también. En la reunión las mujeres hablan muy poco. Parece que lo de hablar de proyectos futuros les va más a los hombres. En esos días nos llega la información de que alguien de Podemos comentó que el aborto no debería ser un tema prioritario en el discurso del partido. Déjà-vu: ¿no ha pasado esto ya en Latinoamérica? Nos acordamos también de las amigas feministas que están en Podemos, volcadas.

De vuelta a lo que ya extrañamente es nuestra casa, en este otro país. Nuestro hijo reconoce sus juguetes. Y nosotros, ¿qué hacemos aquí? ¡Hablando de desconexiones! Un grupo de Marea Granate Nueva York (la marea de los emigrados) arranca a duras penas, es dificilísimo encontrar un día que nos vaya bien a todos para quedar. Los amigos no españoles andan organizando cosas en torno al cambio climático, va a haber una gran protesta. Parece que de una forma u otra el partido Demócrata está metiendo dinero en esto. Nos reencontramos después del verano, con los que son aquí lo más parecido a la familia de nuestro hijo: amigos y, desde 2011 -aunque a duras penas- algo así como “compas”. En Filadelfia se está por formar un círculo Podemos, que pone en marcha gente no sólo de mi universidad, sino de mi departamento. No puedo asistir a la primera reunión porque tengo que acompañar a mi hijo en su primera semana de guardería –esa guardería que nos cuesta una pasta. Pero iré, claro. A lo mejor podríamos conectar las cosas de la Marea Granate con el Podemos de aquí. Tocar suelo. Cosas como la red Federica Montseny, que no son sólo programáticas, sino de ayuda mutua. Pero, ¡uy!, ya estoy, haciendo programas…

Y es que, en fin, queremos tocar suelo, pero cómo no pensar que estaría muy bien que hubiera una concejala que facilitara al grupo de mi hermana los recursos que necesitan para mejorar su escuela, una presidenta de comunidad autónoma que fomentara empresas sostenibles y ecológicas como la de mi cuñada, un Estado que se pusiera al servicio de organizaciones asamblearias como la PAH, que pelean por el derecho a la vivienda desde el terreno. Etc.

Ayer, tomo unas cervezas con un amigo colombiano. ¿Es posible eso, un Estado que no se coma la energía de los espacios comunes y democráticos, que más bien los apoye? Él no dice que sí ni que no, pero dice que, sin ánimo de molestar, ve en los españoles una ingenuidad política que le hace tener más esperanzas que en el caso Latinoamericano. Que los españoles se han reencontrado recientemente con la política, dice, y que por eso son menos dados al cinismo.

Por mi parte, no sé si por ingenuidad, decido dejarle a él la última palabra.

Voces a destajo

(Esta es una carta enviada al proyecto Los dosmiles a destajo para ser leída en una “cita [secreta-pública] con el presente del pasado”)

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Queridos dos miles a destajo,

Aquí van, rápidamente, algunas voces descontextualizadas y remezcladas que se me han metido en la cabeza desde hace un tiempo; un tiempo que podría ser una especie de saco de gatos y décadas; desde los ‘70 y hacia atrás, hasta los dos miles y más allá:

¡Ay, déjame que chille….!

…el día uno de agosto las viejas se ponían en la plaza del pueblo cantando,
con tambores, venía la tuna –muy antiguo pero muy gracioso- y se ponían:
‘¡el primer día de agosto,
con muchísimo esplendor, celebra el cielo celeste, anunciando los cohetes,
la fiesta de la asunción…!’

Barcelona era una fiesta. La Ramblas, el Zeleste, la Plaza Real, el
Born, todo era una fiesta. Pero aunque cada día era una fiesta y para
Ocaña cada día era carnaval, porque se disfrazaba de mujer y se iba a
cantar al café de la Opera, se reservaban las mejores galas para el
Carnaval de verdad, los diez días de febrero en los que todos nos
disfrazábamos.

Una fiesta de puta madre.
Todavía los historiadores no se han puesto de acuerdo en si los comuneros estaban a favor o en contra del progreso, pero aquí son un símbolo para levantar una región que está bastante fastidiada.

Lo que debiera ser locura, orgía, desenfreno, esperma, mierda, pasote y
ábrete de piernas corazón, se ha convertido en una estructura
domesticada, controlada, manipulada y atada (y bien atada, que dijo no
sé quien) por esa entidad facha de toda la vida (desde los cuarenta más
o menos) que es la Junta Central Fallera.

El término fiesta popular yo lo reservaría para aquellas fiestas que
carecen de espectadores, que son auténticamente fiestas de
participación generalizada del pueblo en su conjunto y en donde el
divorcio entre espectadores mirantes y un grupo de actores no se ha
producido todavía.

No queremos que la gente emigre del campo a la ciudad, que los pueblos sean pueblos, que no sean vertederos de basura, como son hasta hoy.
Los pueblos Castellanos son una puñetera porquería, la juventud emigra, no tienen puestos de trabajo, no tienen colegios, no tienen ni retretes.

-Abuela, podríamos montar un rancho en el campo.
-Dabuti, tío.

España se entrelaza definitivamente, dentro de una misma melodía armónica, con el tema europeo. Sueño inalcanzado por sucesivas generaciones de españoles a lo largo del ochocientos y del novecientos, y que ha venido a cumplirse al doblar juntos siglo y milenio.

La religión cristiana te bautiza, pero por lo menos, luego te pide la confirmación. En cambio la sociedad te inscribe en el registro civil sin preguntarte.

Frente a la idea romántica y derogatoria de una España diferente, salvaje, orientalizante, auténtica pero amoderna, queríamos una España que fuera plenamente europea e incluso su vanguardia, dejar de ser el patito feo de los países europeos, dejar de ser diferentes y singulares para normalizar, homologar España.

Llevamos 60 años en una Europa sin guerra. Eso ha producido a unos jóvenes indefensos, que no saben en qué consiste la violencia real y cuando llega una guerra del tipo de las actuales -y eso que se llama crisis es una guerra- no tienen herramientas. No se les ha educado en el estudio, la disciplina, el esfuerzo, el sacrificio. ¿Cómo puede ser que sean asamblearios? Si se sabe que la asambleas se han controlado siempre… ¿Cómo no entienden que sin programa o sin estudios nunca saldrán?

¿Cuántas matrículas tuviste tú, Marhuenda?

Aquí, en esta casa, la libertad de expresión es una regla de oro, particularmente para quienes están representando a los grupos de oposición. Pero tenemos unos límites, señora Colau. Usted hoy, si hubiera sido diputada, le hubiera tenido que llamar al orden en un momento determinado de su intervención por graves conceptos ofensivos que ha manifestado usted hacia el interviniente anterior. Le quiero pedir que retire, para que se retire, porque esto naturalmente queda escrito.

La sociedad funciona mejor si incorpora los conocimientos expertos de la ciudadanía y la fuerza innovadora de su sociedad civil. Ahora que las tecnologías de la información y la comunicación lo permiten, ha llegado el momento de incluir en las formas de gobierno la capacidad que tiene la sociedad para mejorar directamente sus instituciones y leyes.

…fui a la calle Obrador un viernes por la tarde, para ver cómo era aquello y vi lo que estaba pasando: que lo mismo que yo, había, pues un montón; había miles. Entonces expuse mi caso y me apoyaron, y a través de ellos me ha dao la moral de estar donde estoy, e incluso yo apoyar a gente que me apoyan a mi, o sea que si no nos apoyamos entre nosotros aquí no hay manera de hacer nada. Y gracias a la Plataforma, pues me ha dao moral pa estar donde estoy, porque esto es para volverse loco… Esto es para volverse loco.

¿Tú sabes por qué quiere la gente que pase la crisis? Para volver a hacer exactamente lo mismo que hacía antes: para volver a comprarse un coche, una hipoteca, para irse de nuevo a Cancún de vacaciones…

Organiza tu rabia. No gestiones tu dolor individualmente porque eso es lo que quieren. ¿Qué es morirse en España sin dinero? Buscar artículos y gente que esté trabajando en eso. Que un paciente pueda decidir su fin. Escribir lo que le cuesta a un pensionista desenterrar y enterrar.

-Yo creo en el sistema.
-Yo también creo en el sistema.
-Pues por mecanismos democráticos, todo es posible.
…Y desde luego has conseguido un minuto de gloria.

Un mundo sólo se para con otro mundo.

El 15M y la Voz del que Sabe

(Este texto se publicó en el blog Interferencias, de eldiario.es)

Crecimos aplastados por la Voz del Telediario, que nos decía: “esto es lo que hay”. Búscate la vida, este es el menos malo de los mundos posibles. Estudia, gana dinero y algún día tú también les podrás decir a otros: “esto es lo que hay”.

Pero, ¿por qué creíamos -y aún a veces seguimos creyendo- en esa Voz?

Tal vez porque no era sólo la Voz del Telediario: era la Voz del que Sabe. Siglos de autoridad, de expertos, de datos, de cifras, de intelectuales, de “grandes hombres”, de “ese tipo es un genio”, de “progreso moderno europeo”, de “todos los países más avanzados”, no pueden estar equivocados. ¿O sí?

27 de octubre de 2013: unos 4,7 millones de personas ven el primer episodio de la séptima temporada de Salvados, “¿La vida sigue igual?”, que se pregunta si algo ha cambiado desde que comenzó la crisis. Y ahí está otra vez la Voz del que Sabe, hablando ahora por boca del periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte:

No va a cambiar nada, Jordi, no va a cambiar nada de nada. Si hoy hubiera una revolución la gente saldría a ver si le han quemado el coche lo primero. ¿Tú sabes por qué quiere la gente que pase la crisis? Para volver a hacer exactamente lo mismo que hacía antes: para volver a comprarse un coche, una hipoteca, para irse de nuevo a Cancún de vacaciones…

Nos suenan esas frases. El que Sabe nos explica siempre lo que “la gente” realmente quiere. Pero se le ve nervioso, alterado. Últimamente grita más, como si tuviera más dificultades para hacerse oír: “¡el acriticismo, la incultura, el cainismo, la vileza, la envidia, eso somos nosotros, somos los españoles!”, insiste Reverte. Parece que hay que añadir ahora el consumismo y la irresponsabilidad, según confirma el propio presidente Rajoy: “En España nos hemos pasado gastando lo que no teníamos. Hemos comprado a crédito segundas viviendas, televisiones de plasma, viajes al Caribe…”

Y nuestros “grandes hombres”, sentencian:

“Lo natural es la barbarie, y no la civilización”: Muñoz Molina, 2013.

“Las masas son previsibles y -como es lógico- gregarias”: Javier Marías, 2012.

“La masa es lo que no actúa por sí mismo. Tal es su misión. ha venido al mundo para ser dirigida, influida, representada, organizada…”: Ortega y Gasset, 1929.

Hemos visto demasiadas películas de ciencia-ficción como para no saber lo que es una profecía auto-cumplida. El eco de la Voz del que Sabe se reproduce inevitablemente en miles de comentarios por todas partes:

“la gente es idiota”, “es que la gente es inculta”, “el país está adormecido”, “en este país no hay educación”, “tenemos los políticos que nos merecemos”…

O también:

“yo de política no entiendo”, “no tengo estudios, no sé hablar bien”, “nosotros no podemos opinar porque no sabemos”…

Y por supuesto, estos otros:

“no es mi problema”, “a mi que me dejen en paz”, “cada cual a lo suyo”, “ellos roban, pero yo haría lo mismo si pudiera”…

Son tantos y tan fuertes estos miles de ecos, efectos y resonancias de la Voz del que Sabe, que a veces se nos olvida lo fácil que es dejar de escucharlos.

Pero en un momento alguien se planta y rompe el círculo. Simplemente preguntando: “¿y si no fuera así?” Alguien apuesta por la inteligencia de los demás, y por la suya propia, y en ese momento ya se ha roto el hechizo. La gente somos nosotrxs y no tenemos ni un pelo de tontxs.

La Voz del que Sabe no se callará, en cualquier caso: “son antisistema”, “la consigna está tomada del libro de Stephan Hassel Indignaos, un libro que no es nada”, “¿se puede cambiar el mundo? Es muy difícil, estamos viendo un mundo dominado por el dinero, por el consumismo, esto es lo que hay…”, “los jóvenes de hoy viven mucho mejor que hace 40 años”…

Hasta que alguien, cualquiera -en este caso una mujer llamada Cristina, de Burgos- marca el número de teléfono de la Radio y rompe el círculo:

Tengo 46 años, estuve en la manifestación de Madrid este domingo y tengo que decir algo: había muchísima gente joven, pero éramos gente de todas las edades y condiciones. ¿Antisistema? Sí, evidentemente: los políticos y los banqueros y los que realmente están apoyando esas medidas que están recortando todos los derechos que a nuestros padres y a nuestros abuelos les costó sangre, sudor y lágrimas ganar, nuestros políticos a los que hemos votado, que están dirigidos evidentemente por las mismas manos del capital que están dirigiendo también los medios de comunicación, son los que están convirtiendo a nuestros jóvenes, a nuestros hijos, en antisistema. Porque los están dejando fuera del sistema.

Y cuando el círculo se rompe, no es para saber más que la Voz del que Sabe, sino para saber de otra forma: sabiendo que hay cosas sobre las que todo el mundo sabe. Como la dignidad. Sabiendo que no es más digno quien sabe redactar una propuesta de ley para abolir los desahucios que quien sabe ponerse delante de una puerta para que nadie pase -o quien sabe aportar un abrazo, un grito o un tuit a tiempo. Sabiendo que no es más digno quien sabe instalar un equipo de megafonía, que quien sabe cocinar una paella. Ni lo es más el que maneja el bisturí que quien ha sacado adelante a cuatro hijos.

Cuando el círculo se rompe, de repente nos damos cuenta de que la gente sabemos hacer millones de cosas. Y lo que se somos capaces de hacer se multiplica. ¿Un 80% de la población apoyando a un movimiento de plazas ocupadas en las que se vive sin dinero? ¿Más de mil desahucios parados y más de mil personas realojadas? ¿La privatización de los hospitales de Madrid ilegalizada y su responsable obligado a dimitir? ¿Cancelados también proyectos de urbanismo salvaje y especulativo como los del barrio de Gamonal? ¿Infinidad de proyectos cooperativos, colaborativos, de solidaridad vecinal proliferando por todo el estado? Nada de esto era posible según la Voz del que Sabe. Pero lo ha sido.

Crecí, en fin, tan aplastado por la Voz del Telediario, por la Voz del Experto, por la Voz del Opinador, por la Voz del Maestro, por la Voz del que Sabe, que nunca imaginé que iba a vivir una apuesta tan fuerte por la inteligencia y la capacidad de cualquiera como la que se sigue viviendo hoy en el estado español.

Me alegro mucho de haberme equivocado.

Feliz 15M.

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Notas a partir de Fuera de lugar, de Amador Fernández-Savater

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Todo el mundo piensa y todo el mundo se cuenta lo que le pasa, de una u otra forma. Pero a la mayoría de la gente no se le reconoce la autoridad suficiente ni se le garantiza el acceso a las mínimas condiciones de vida necesarias para dedicar tiempo y dar valor a lo que piensa y cuenta.

Si no damos valor a lo que pensamos, otros nos piensan; si no damos valor a lo que contamos, otros nos cuentan. En sociedades económicamente muy desiguales como las que ha producido el capitalismo, la posibilidad de dedicarse a pensar y contar tiende a estar también desigualmente repartida. En el estado español, concretamente, hay una larga tradición de élites “expertas” e “intelectuales” que se han encargado de pensar y contar la realidad a través de medios escritos, y que han creado, como se dijo en la web de Contratiempo, una gran meta-narrativa para interpretar todo lo que pasa en España: “la gente es inculta y bárbara, y sólo cuando las élites cultas progresistas son capaces de dirigir a las masas hacia la Modernidad, éstas puede escapar de su barbarie, y de la manipulación de las otras élites, las conservadoras”.

La aparición de los “medios de comunicación de masas” restó indudablemente protagonismo a los escritos de esas élites “expertas” e “intelectuales”. Pero, me parece, -y estas cosas son bien difíciles de demostrar-, que no anuló esa gran narrativa elitista, aunque sí la transformó. Desde luego en España los medios de masas continúan bombardeando hasta hoy con la mitología del Progreso y la Modernidad, incluso con la gastada promesa de Europa, aunque estos ideales son cada vez más difíciles de creer, según los países mediterráneos confirman su destino como mano de obra barata y fuente de entretenimiento (turismo-casino-prostíbulo) para los del norte.

Es cierto, sin embargo, que este tipo de narrativas sobre un supuesto progreso colectivo al que nos llevarían las élites han cedido protagonismo a otras que ponen al individuo en el centro y le prometen la felicidad –o cuando menos le ofrecen algo que desear-, mediante la constante promoción de innumerables objetos de consumo (materiales e inmateriales). Pero, ¿es esto muy diferente del elitismo? ¿No se trata en realidad de una especie de generalización del mismo, por la cual cada consumidor se convertiría en una especie de líder de su propio “progreso” individual, demostrando una desconexión con sus semejantes que se parece bastante a la distancia y superioridad con que las élites miran a “las masas”?

En cualquier caso, lo que está sucediendo en el estado español durante los últimos años –la llamada “crisis”- se puede interpretar como un desgaste acelerado de esas narrativas del progreso y del consumismo individualista. Cada vez es más difícil creer en ellas, dar sentido a la vida con ellas. Hay una sensación de estafa: nos habían prometido progreso moderno y consumo individual y en lugar de eso tenemos élites corruptas y precariedad colectiva.

Pero hay también algo que es todavía más importante, y que Fuera de lugar, el libro polifónico publicado por Amador Fernández-Savater en el pasado año 2013, me da que pensar: junto a la crisis de esas narrativas, de esas promesas, se da también una crisis del derecho de las élites, de los medios de masas, e incluso de esos individuos egoístas-consumistas en que nos tienden a convertir, a establecer unilateralmente esas narrativas y esas promesas. No es sólo una crisis de contenidos, es también una crisis de continentes. De formatos. Una crisis en la forma de organizar el derecho a pensar y contar lo que nos pasa.

Y puesto que todos, constantemente, estamos siempre pensando y dando sentido a lo que nos pasa, las posibles alternativas están ya ahí, y empiezan a ganar visibilidad. En las calles y en las redes digitales van cobrando importancia espacios y procesos que podrían servirnos para pensar y contar lo que nos pasa de una forma que ya no es la del experto, ni la de los medios de masas, ni la del individuo aislado. Una especie de marea de voces cotidianas, hasta ahora no autorizadas, empiezan a encontrar lugares donde pensar y contar lo que sucede.

Conversaciones callejeras, asambleas, manifestaciones, acampadas en plazas públicas, experiencias del tipo “la universidad en la calle”, redes sociales, blogs, listas de correo, pads colectivos, fanzines, editoriales copyleft, centros sociales autogestionados, radios libres, proyectos de investigación colectivos. Sin duda todos estos son posibles espacios para esas voces “no autorizadas”, que habría que analizar uno a uno, y probablemente por todos ellos ha transitado Amador Fernández-Savater, antes, durante o después de su experiencia manteniendo el blog “Fuera de lugar”, en la edición digital del periódico Público, desde 2007 a 2012, de la que sale este libro de entrevistas.

Amador es una persona que se ha dedicado a explorar formatos experimentales de pensamiento colectivo. Estos formatos, puesto que trabajan con el pensamiento al que habitualmente no se le da valor ni se le prestan las condiciones necesarias para una existencia digna y sostenible, a menudo están fuera de lugar en la realidad tal como la conocemos. Para dar valor y tiempo a un pensamiento no reconocido hay que inventar espacios que a veces no existen como tales, componer con piezas heterogéneas algo diferente. Una forma de hacerlo es mediante “contrabandos”, “infiltraciones” y “contagios” entre los espacios institucionalizados del pensamiento, el saber, la información o incluso el entretenimiento y aquellos otros -precarios, híbridos y en construcción-, en los que se ensaya un pensar y contar basado en relaciones que reconocen una interdependencia más igualitaria.

En el periódico Público, como el propio Amador cuenta en el prólogo del libro, el blog “Fuera de lugar” aparece como una especie de “alien”, un octavo pasajero que quiere habitar ese espacio pero sin someterse a su lógica. Particularmente, Amador realiza un trabajo intenso para zafarse de la función del “opinador”, ese que “dice lo que hay que pensar” desde una supuesta autosuficiencia deslocalizada. En lugar de cumplir esa función, Amador pone en marcha una serie de dispositivos que permitan un pensamiento situado en experiencias colectivas, implicado y dispuesto a hacerse preguntas y cuestionarse a sí mismo. Quizás el más visible de esos dispositivos sea el uso de las entrevistas, una forma efectiva de dar la palabra a otros y escapar al “columnismo”. Porque además esos otros a los que se da la palabra justamente no vienen a reconstruir la misma figura de autoridad que Amador evita, sino que constituyen voces de todo tipo, expertas y no expertas, reconocidas y desconocidas, a menudo presentando discursos que parten de investigaciones o experiencias personales propias que no se pueden reducir fácilmente al formato de la “opinion” periodística. En el libro se continúa ese proceso con otros medios, con todo un trabajo intenso de edición, selección, y organización de los materiales mediante secciones, “tags” que señalan posibles conexiones entre las entrevistas, codas ofrecidas por los entrevistados dos años después y el propio prólogo que reflexiona sobre todo esto. Todo esto conforma un material muy rico, que propone líneas de interpretación del momento actual, realmente un libro extraordinario que por su organización no se parece en nada a lo que sería un “tratado” sobre la crisis, pero que sí constituye una herramienta excelente para habitar críticamente los espacios en los que se la intenta pensar.

Me parece que no tiene sentido aislar este libro de otros procesos en los que, junto con muchas otras personas, Amador ha venido construyendo dispositivos diversos de pensamiento y auto-representación colectiva, como la Red Ciudadana tras el 11-M, el programa de radio de “filosofía de garaje” “Una línea sobre el mar”, el Grupo de Trabajo de Pensamiento de Acampadasol, el Laboratorio del Procomún en Medialab, las residencias para investigadores independientes en Matadero, o el propio blog al que ahora dedica gran parte de su tiempo, “Interferencias”, alojado en El diario.es. No se trata de exponer un curriculum vitae. Se trata de recordar que este libro forma parte de una serie de intentos concretos y materiales por construir plataformas de pensamiento y cultura igualitarias, democráticas. Aunque nos puedan gustar más o menos los resultados de estos intentos, aunque podamos encontrarles miles de problemas y de contradicciones (a menudo reconocidos e investigados por quienes los acometen), me gustaría enfatizar la extraordinaria necesidad de construir este tipo de plataformas. Me parece que sólo si somos capaces de pensar desde otro lugar, que a menudo es ese fuera de lugar, podremos dejar de reproducir el pensamiento del experto autoritario, del consumismo mediático y del individuo egoísta o, mejor, “empresario de sí mismo”.

En serio, ¿cuántos más expertos en posesión de la verdad, cuántos más “salvadores de la(s) patria(s)”, y cuántos más “líderes de los movimientos sociales” nos podemos permitir? ¿Y cuantos más “nuevos nombres”, “brillantes intelectuales”, “jóvenes en la vanguardia del pensamiento”, o “transgresores culturales” nos podemos permitir? Porque quizás lo peor que tienen todas estas figuras es que detrás de cada una de ellas hay un ejército de individuos críticos esperando la oportunidad para denigrarles, insultarles, acusarles de querer acumular protagonismo, en un eterno juego de desprecio y competición que nos impide tratar de pensar y vivir juntos, cada uno aportando sus capacidades y necesidades, desde formatos que no nos jerarquicen.

Cuando aparece alguien como Amador, no va a faltar quien rápidamente vea en él a otra de esas figuras de poder a las que dirigir críticas. Y eso que Amador ni siquiera está vinculado directamente con instituciones tradicionales del saber “experto”, como es el caso de otros muchos que dependemos para nuestra subsistencia, a través del salario, de las universidades. Pero no importa, se le reprochará su apellido, su herencia material o simbólica, su “posición desahogada”. Sin embargo, la cuestión es que Amador está participando en procesos concretos de desplazamiento de la posición de poder no sólo del intelectual, sino también del “militante”, entendido como una suerte de experto en los movimientos sociales, que tendría un derecho prioritario respecto a la acción política. Frente a esos derechos territoriales del intelectual y del militante, Amador opone también una práctica muy simple, pero muy poco frecuente: utilizar su visibilidad para dársela a otros que no la tienen, por ejemplo publicando constantemente textos de otras personas en su blog. La tranquilidad de que otros piensen por nosotros, y de que así nosotros podamos o bien criticarles por hacerlo o bien seguir sus dictados, es la que el trabajo de Amador pone en peligro.

El libro Fuera de lugar no es ninguna solución ni ningún ejemplo de nada. Pero es un dispositivo entre muchos otros que trabaja mediante su propio formato en la desarticulación de lecturas jerárquicas de la realidad, como son el elitismo intelectual, la militancia autoritaria y el “opinionismo” mediático. El libro está vinculado a un experimento concreto, la colaboración de Amador en Público, y ofrece gran cantidad de material valioso y creativo para pensar la “crisis” a partir de entrevistas que surgieron de esa experiencia, que ya terminó. En este sentido, me parece que invita a seguir construyendo otros formatos experimentales, por más que precarios, contradictorios e inestables, que nos permitan pensarnos y contarnos “fuera de lugar”, en vez de resignarnos a que nos piensen los defensores de las categorías jerárquicas que organizan la realidad.

 

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¿Qué puede “la cultura” respecto al ataque neoliberal?

(Este texto ha aparecido en el blog Fuera de clase, del periódico Diagonal)

Me parece que a menudo seg­uimos usando una concepción de la cultura que nos condena a la impotencia. La cultura como la guinda del pastel, como el adorno o el premio que sólo llega cuando lo otro, lo importante, está asegurado. ¿Y qué es lo otro? Las condiciones de vida materiales, la alimentación, la vivienda, la salud. El cuerpo, lo físico, lo tangible.

Pero la cultura se hace con el cuerpo. La cultura son formas de entender, representar y valorar el mundo sostenidas y practicadas por cuerpos vivos. Cuerpos que necesitan alimentación, cuidados y cobijo para seguir vivos. Pero que además, ¡atención!, necesitan también a esa propia cultura para entender, representar y valorar qué significa seguir vivo, qué significa vivir.  Antonella Picchio lo ha explicado muy bien desde la economía feminista:  “no se trata de analizar por separado cuerpo, mente y relaciones, sino de intentar conceptualizar una mente incorporada (embodied) que encuentra en la comunicación con otros cuerpos las claves de la supervivencia y del desarrollo humano”.

¿Qué significa sobrevivir y vivir como una persona? Eso es algo que decidimos constantemente con otros. No hay vivienda si no hay cultura, no hay cuerpo, comida, reproducción ni vida ni muerte si no hay cultura, porque la cultura son las formas de entender, valorar y vivir que hacen del mundo lo que es. Porque siempre llevamos las gafas de la cultura puestas, no nos las podemos quitar (aunque las podamos cambiar por otras).

Entonces, las condiciones de vida materiales son siempre también culturales. Los grupos humanos están constantemente decidiendo cuáles son las condiciones de vida que hay que conseguir y mantener, quién las va a mantener y cómo lo va a hacer. Esa decisión se toma en medio de enormes debates implícitos o explícitos en los que nos auto-representamos como seres vivos, y en los que se construyen narrativas, imágenes y contra-imágenes de una vida deseable o al menos digna.

 Me parece que si en el estado español ha pasado algo interesante en medio del ataque neoliberal que se viene sufriendo durante estos últimos años, ha sido en relación con ese enorme debate implícito y explícito sobre qué es una vida digna. Amador Fernández-Savater ha explicado que si 50 personas pueden parar un desahucio no es por su fuerza física, sino por algo que tiene que ver con ese debate sobre la dignidad. Y lo interesante es que con la “crisis” ha cambiado no sólo el contenido de ese debate, sino las propias condiciones de su existencia. Porque antes de la llamada “crisis” había una cultura predominante, una forma de vida muy asentada por la cual se esperaba que los expertos en materia económica y política se encargaran de garantizar los medios para que todo individuo pudiera dedicarse a perseguir sus deseos individuales. Es decir, (y dejadme que exagere y simplifique por la claridad del argumento), que en realidad no había debate explícito y abierto sobre cómo queremos vivir juntos: cada cual vivía para sí mismo y lo suyos, dejando a los “expertos” (políticos, economistas, líderes de esto o lo otro; en general: “los que saben”) que diseñaran los medios para que no chocáramos demasiado unos con otros.

Pero esta forma de vida, esta cultura, ha ido entrando gradualmente en crisis, según esos expertos han ido fallando una y otra vez tan brutalmente que hasta el más apático y amigo de “las cosas como están” se ha preguntado, ¿pero qué pasa aquí?

Esta cultura es enormemente fuerte y no se cae en un día. Hay una fuerte inercia que nos lleva a muchos a volver a ella, porque estamos hechos de ella, nos ha hecho ser lo que somos, en gran parte. Tiene dos caras: por un lado es tecnocrática, porque entiende la política como una cuestión técnica a resolver por expertos, como una cuestión de medios y no de fines; y por otro lado es consumista, porque entiende la vida como la experiencia de la elección y consecución de una serie de objetos de deseo por parte de individuos, a imagen y semejanza de lo que sucede en la transacción comercial.

 Las cosas no son blancas o negras. Pero lo cierto es que, especialmente desde que irrumpió el 15M, se ha dado un reencuentro de mucha gente con esa economía y política (con esa “economía política”) de la que se suponía que se debían ocupar los expertos, y, al mismo tiempo, también un reencuentro de la gente consigo misma, en tanto que gente que de pronto se ve en la necesidad de decidir en común cómo vivir, de empezar a construir colectivamente una vida digna para todos, en lugar de simplemente perseguir unos supuestos deseos individuales.

 Vale, pero ¿cómo se hace eso? No lo sé. Pero lo que quería decir aquí es que no sólo se hace haciendo manifestaciones, barricadas o lo que sea. Se hace también imaginando, pensando, representando, diciendo esa vida digna común que queremos construir desde plataformas no tecnocráticas ni consumistas. Por ejemplo, desde esas “comunidades epistémicas experimentales” de las que habla Tomás Sánchez Criado en este excelente post: “grupos o colectivos que buscan las más innumerables maneras de intentar articular teórica y prácticamente “quiénes somos”, “qué nos está pasando”, de discutir “sobre la que se nos ha venido encima” y “qué podemos hacer con ello””.

 Y es que en realidad ese post de Tomás dice ya todo lo que estoy yo diciendo aquí, y lo dice mejor y con muchos más ejemplos, y deja claro que estos procesos de conocimiento son ya una transformación de la vida en tanto que crean democráticamente valores, desplazando la tecnocracia y el consumismo como formas de crear valor. También, en ese sentido Adolfo Estalella, Jara Rocha y Antonio Lafuente han articulado inteligentemente la noción de “procomún” como un “objeto epistémico experimental” que yo entiendo que funcionaría como una especie de propulsor de esas “comunidades epistémicas experimentales” de las que habla Sánchez Criado.

 Pero en relación con todo esto, quería añadir un par de cosas más y una coda final:

 1-  que quizás sería útil entender todo ese trabajo “cultural” intenso que está manteniendo abierta la pregunta por la vida digna común no tecnocrática ni consumista en relación con tres vertientes, siempre impuras y mezcladas: antagonismo, autorepresentación y especialización.

 2-    que a pesar del valor de todo este trabajo “cultural” entiendo la impaciencia que a veces se siente hacia él, aunque me parece que es una impaciencia producida por la misma dificultad central que encuentra cualquier proceso político democrático en el mundo neoliberal: la dificultad que supone que aún cuando se consigue sostener formas de trabajo colectivo capaces de crear valor social de forma democrática, éstas a menudo se ven desplazadas o parasitadas por ese gran sistema tecnocrático de atribución de valor que constituye el dinero en el sistema económico-político capitalista.

 Desarrollo la 1:

1- Una primera vertiente podría ser ese momento antagonista, de rechazo y enfrentamiento con el sistema tecnocrático y consumista, que se canaliza, en gran parte, a través de la notablemente activa esfera pública de la Red, principalmente a través de redes sociales, blogs y otras plataformas participativas que permiten elaborar contestaciones y contra-versiones inmediatas de las historias difundidas por los poderes políticos y mediáticos. Los ejemplos son innumerables, pero por elegir uno especialmente significativo, mencionaré  la campaña 15MpaRato, que combina la recogida de información colectiva en la red con la intervención legal en contra de Rodrigo Rato, uno de esos supuestos “expertos” que iban a garantizar los medios “técnicos” necesarios para la felicidad de los individuos y que ha acabado por costar, con su ineficiencia, varios millones al erario público.

En segundo lugar, se da una vertiente más orientada hacia la autorepresentación de ese cuerpo político emergente que se quiere verdaderamente democrático y abierto a cualquiera, y por extensión la autorepresentación del espacio de lo común que ese cuerpo político trata de configurar. En este sentido desde el 15M han sido muy importantes los debates que se han generado en torno a la necesidad de desplazar identidades como las de “izquierda” y “derecha” y para sustituirlas por otras inclusivas como las de “el 99%” o simplemente “las personas”. Frente a concepciones agresivas del individuo que a veces se encuentran tanto en la estética activista como en el capitalismo competitivo, el clima de politización actual ha puesto sobre la mesa una autorepresentación de lo humano en términos de vulnerabilidad, interdependencia y cuidado mutuo, en parte gracias a las valiosas aportaciones del feminismo y los grupos queer y de diversidad funcional. Por otro lado, los debates sobre lo “común” o el “procomún” que ya mencionaba, están siendo también, creo, bastante claves en cuanto a proporcionar justamente un terreno común en el que cuestionar y retroalimentar los procesos de apertura de disciplinas, saberes y ámbitos en principio ajenos como la cultura libre, el urbanismo, la ecología y un gran etcétera.

En tercer lugar, y en relación con fenómenos como estos del “procomún”, se podría enfatizar la existencia de nuevas composiciones de los saberes especializados con espacios comunes y democráticos. Toda la estética y el discurso de las “mareas en defensa de lo público”, por ejemplo es un desplazamiento de identidades especializadas y corporativas muy fuertes como son las de los profesionales de la salud o la educación, que se han recombinado junto a las de los usuarios de los servicios públicos creando un nuevo espacio común. Algo parecido ocurriría a través de formatos híbridos entre lo especializado y lo “amateur” como pueden ser las experiencias del tipo “la universidad en la calle” y las múltiples instituciones y procesos de auto-formación, investigación colectiva o saberes compartidos que se dan en la Red y fuera de ella (el ejemplo típico sería Wikipedia, pero hay muchos otros como los cursos de Nociones Comunes, que se imparten en centro sociales y culturales de varias ciudades, el Laboratorio del Procomún en Medialab Prado o los colectivos de investigación Observatorio Metropolitano en Madrid y en Barcelona, etc, etc). Merecen una mención especial los trabajos de asesoría legal y en materia de economía que muchos profesionales llevan haciendo durante estos últimos años a los movimientos sociales, y que permiten pequeñas victorias como las que constantemente sigue consiguiendo la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, que hace poco recibió el respaldo del tribunal europeo de derechos humanos.

Y ahora la 2:

2- Todo este trabajo de impugnación de las jerarquías tecnocráticas, de apertura de espacios comunes para la política de cualquiera y de integración de los saberes especializados en esos espacios democráticos sigue manteniendo abierto un clima de intensa politización que, sin embargo, produce a veces la extraña sensación de que el estado español es un hervidero de actividad en el que, paradójicamente, no cambia nada. Como adelantaba, quizás lo que produce esa impaciencia de ver que a pesar de todo no cambia nada son las grandes dificultades de todos los procesos políticos, y particularmente de los que trabajan principalmente en el universo simbólico, para establecer valores propios que no se vean parasitados o fagocitados por la gran maquinaria de reproducción de valor que es el capitalismo.

 Stephano Harney ha señalado que uno de los desarrollos más importantes del sistema capitalista en las últimas décadas ha sido la implementación de formas de convertir en beneficio empresarial el valor que la recepción activa del público añade a las mercancías. El capitalismo neoliberal ha aprendido a poner a trabajar a el ocio y las capacidades creativas de la gente, a usar en su beneficio todo el caudal inmenso de producción cultural que los nuevos públicos activos educados en la cultura de masas y ahora en la cultura digital canalizan cotidianamente.

 ¿No está pasando lo mismo con todo el conocimiento práctico autogestionado? Así lo sugiere de nuevo Harney, en esta entrevista, donde afirma que el neoliberalismo está gradualmente desarticulando la Universidad porque le resulta más beneficioso extraer el conocimiento y el valor cultural que necesita directamente de esas comunidades de base que lo producen colaborativamente. En fin. Nada de esto es nuevo, por lo demás: los teóricos de la revista Multitudes plantearon hace tiempo su teoría de cómo el capitalismo parasita lo que llamaron cuencas creativas urbanas dando un uso mercantil (a veces mediante la privatización que permite el copyright) a símbolos, estilos de vida, lenguajes o prácticas urbanas que surgen espontáneamente. Otra de esas formas de parasitismo es la que el geógrafo David Harvey ha hecho ilustre: la utilización de la efervescencia cultural urbana para la revalorización financiera de espacios físicos de los que después se benefician grandes empresas constructoras o inmobiliarias. Harvey señala además que, en general, lo que sigue haciendo especiales a las mercancías culturales es que permiten al capitalismo extraer de ellas lo que llama “rentas de monopolio”, es decir beneficios derivados de la supuesta excepcionalidad que la cultura aporta a ciertos lugares, objetos o experiencias. Para el caso del estado español tenemos la enorme suerte de contar con excelentes estudios concretos sobre este tipo de dinámicas como los realizados por Rubén Martínez y Jaron Rowan.

 Lo que cada vez parece más claro es que el logro de ciertas condiciones de sostenibilidad auto-gestionada por parte de personas que colaboran sin ánimo de lucro no es en absoluto algo que detenga la máquina de producción de beneficios financieros. De forma simplificada y esquemática lo que sucedería cada vez más es que los inversores de los grandes monopolios del capitalismo global obtienen rentas financieras a través de mecanismos que la auto-gestión de la vida cotidiana no necesariamente obstaculiza, como son los de la deuda individual o estatal. En el caso de España esto se ve muy claro: que la gente se una para auto-gestionar sus necesidades culturales, alimentarias, de vivienda, salud o educación no supone en realidad una gran amenaza a este tipo de capitalismo financiero mientras el estado siga pagando la enorme deuda nacional en la que ha incurrido debido a las presiones de la especulación financiera. De hecho, cuanto más se cuiden mutua y autónomamente los ciudadanos, menos recursos tendrán que dedicar el Estado a los servicios públicos, y más a sus obligaciones con los grandes actores de la macro-economía mundial, esos a los que hay que rescatar hagan lo que hagan porque son “too big to fail”.

 Coda final:

Termino: a pesar de todo esto, me parece que no podemos limitarnos a poner la cultura autogestionada, experimental y democrática en una especie de stand-by hasta que se logren instituciones político-económicas que garanticen que el valor creado por esa cultura no va a ser parasitado de uno u otro modo por la lógica del dinero -por lo que Harvey llamó “la comunidad del dinero”: esa forma de organizar y esconder la interdependencia humana a través del uso del dinero como medida de todo valor social. Me parece que el reto es poder apreciar por sí mismo el valor social generado democráticamente a pesar de que, en otro nivel, desde otros intereses, ese mismo valor esté siendo al mismo tiempo puesto al servicio de la “comunidad del dinero”. Lo uno no anula lo otro, creo. No siempre, no del todo, no necesariamente. Porque, como dicen Antonella Picchio y otras economistas feministas, una de las cosas que necesitamos reproducir para reproducir la vida, además de cuidados, alimentación, y cobijo, es el propio proceso cultural de valoración y decisión de qué es lo que vale la pena reproducir, de cómo queremos vivir. Se tiene que trabajar por la elucidación colectiva de esos valores, y esa elucidación es ya una parte de su realización.

 Finalmente: de acuerdo, probablemente la mayoría de todo ese trabajo cultural democrático que se está dando en el estado español lo están realizando cuerpos precarizados, explotados, a los que las instituciones político-económicas vigentes les sustraen el valor de su trabajo, obligándoles a trabajar también para la comunidad del dinero. Pero, ¿no podría ser que aún así ese trabajo cultural esté siendo ya una forma de hacer otro mundo, otra vida? ¿no podría ser que todo ese trabajo de crear valor no tecnocrático ni consumista fuera ya una parte fundamental del diseño de las instituciones que van a asegurar que sea posible una vida no tecnocrática ni consumista? En fin, con esto no pretendo ni mucho menos hacer una justificación de la precariedad laboral ¡Sólo faltaría! Pero sí una defensa de la cultura como parte fundamental del proceso de reproducción social, como parte de la vida que estamos ya viviendo y reproduciendo, aquí y ahora.

Una invitación a seguir dándole valor a esa cultura democrática y a seguir construyendo formas de evitar que se lo quiten.

 niños en Acampada Sol

*Este post se nutre de aprendizajes compartidos recientemente en el seminario “Commoning the City & Withdrawing from the Community of Money”.